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«Genial —me dije—. O sea, que tu compañero no solo podría ser un espía de Homicidios enviado desde Sídney, sino también un grillado de esos a los que les gusta jugar con la psicología de la gente».
Caminé por el desierto, con Whitt siguiéndome a unos metros de distancia y el sudor cayéndome por las sienes y la mandíbula.
A los grillados sabía tratarlos. En Delitos Sexuales, casi todos los sospechosos eran zumbados adictos a los juegos de poder, la brutalidad y la sumisión, o modositos y contenidos como Whitt, que disfrutaban haciendo tambalear la confianza de una mujer, los que, sin duda, eran los más peligrosos.
En esta última categoría entraba el marido que le ponía un GPS a su pareja en el coche; el novio que lograba que su chica terminara aislada y distanciada de sus amigos a través de confundirla con mentiras.
Así, la apartaba de su red de apoyo, y ella comenzaba a creer que se estaba volviendo loca, haciendo que fuera muy fácil de controlar...
Esos eran los que maltrataban animales para demostrarles a ellas lo que podía ocurrirles si se pasaban de la raya.
Una araña aplastada era un mensaje muy sutil, pero significaba algo, o no me la habría dejado ahí para que la viera.
El calor seco del desierto me abrasaba la garganta.
Me detuve para consultar el mapa que Gabe me había hecho y dejar que Whitt me alcanzara.
Cuando salíamos del campamento, sonaba de nuevo el aviso dirigido a Amy.
No había dado señales de vida. Yo sabía que el mensaje se escuchaba por la megafonía subterránea, los transmisores portátiles y los altavoces de la sala de descanso, el edificio de administración, el comedor...
También en la zona donde aparcaban los camiones y en todas las estaciones de bombeo. Pero no había señales de Amy.
Tragué saliva y me limpié la frente.
—Aquí el sol pega de lo lindo —dije, y me quité la gorra para abanicarme—. Y no es ni mediodía.
—Mira la distorsión que produce el calor —contestó él contemplando el horizonte con los ojos entrecerrados.
En los llanos del desierto se formaban grandes espejismos que parecían extensos lagos negros.
El sudor se me metía en los ojos. Me acuclillé, las piernas me ardían—.
Aquí tienen camellos, ¿sabes? —continuó—.
Hay como medio millón de camellos salvajes en el desierto australiano.
Los trajeron los británicos durante la colonización.
—Seguro que caben todos —repliqué y doblé el mapa—. Vamos hacia allá. Hay que atajar por un valle que está más adelante.
Un cañón inmenso se alzaba delante de nosotros, con las paredes cubiertas de roca amarilla medio derruida. Descendimos con cuidado, descolgándonos por riscos a veces tan altos como nosotros.
—¡Fósiles! —exclamó Whitt deteniéndose delante de mí cuando llegamos al fondo y señalándolos con la botella de agua—. Debió pasar un río por aquí en algún momento.
—Acelera —le solté adelantándolo—. Esto es una búsqueda de personas desaparecidas, no un programa de National Geographic.
La botella de Whitt se soltó de su mano y se estampó contra las rocas produciendo un ruido estridente.
Segundos después, se escuchó un disparo que retumbó por todo el valle.
Nos detuvimos los dos, Whitt con la mano aún extendida, preguntándonos qué había pasado.
Más disparos alcanzaron la arcilla seca, levantando una polvareda.
—¡Al suelo! —gritó Whitt refugiándose tras un peñasco. Me arrastré como pude hasta él.
Los disparos acribillaron el suelo y un estrépito ensordecedor de estallidos superpuestos inundó el valle reventándome los tímpanos.
—¡Joder! —jadeé—. ¿De dónde vienen? ¿Ves algo?
Whitt se asomó por una rendija entre las rocas y observó hacia lo alto del cañón.
No había forma de saber de dónde procedían los disparos.
Me agazapé junto a una roca hirviendo. Tenía las manos y las rodillas doloridas, en carne viva, de arrastrarme por el suelo para ponerme a salvo.
Miré a mi espalda y vi que lo único que quedaba de la botella de agua de Whitt era el tapón y un trozo de plástico calcinado.
Arma de gran calibre con una mira telescópica bastante decente.
Cesaron los disparos y quedó solo el insufrible pitido de nuestros oídos traumatizados.
Estábamos atrapados a pleno sol.
Aferrada al peñasco, me temblaban las manos.