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Con el corazón aún desbocado, volví corriendo al barracón a cambiarme de botas y coger el protector solar.
Debía tranquilizarme. Cabía la posibilidad de que Amy siguiera en la mina, que nos la encontráramos volviendo del campamento de EarthSoldiers porque la noche anterior hubiera sentido la necesidad imperiosa de hablar con ellos cuando se disponía a cenar.
Era del todo absurdo, pero yo no podía hacer otra cosa que buscarla; ya me dejaría llevar por el pánico si no la encontraba.
Al llegar al barracón, oí que daban un aviso por megafonía, precedido de un sonido estridente: «Amy King, por favor, preséntese de inmediato en administración.
Amy King, por favor, preséntese de inmediato en administración».
Al entrar al cuartito que compartía con Whitt me detuve en seco.
Alguien había aplastado a la araña cangrejo en la ventana y el pringue amarillo de sus entrañas adhería sus patas peludas al cristal. Me resultó de lo más repugnante.
—¡Whitt! —grité, girándome bruscamente cuando lo oí subir los escalones.
—¿Sí...?
—¿Te has cargado a la puta araña? —le pregunté horrorizada.
Se hizo el silencio mientras Whitt procesaba lo que le decía. Asomó al cuartito con cara de extrañeza.
—¿Eh?
—La araña, gilipollas —dije señalando el pegote de la ventana—. ¿Por qué lo has hecho? Sabes que son inofensivas, ¿no?
—Ay, nooo... —espetó pasmado al verla en el cristal—. Sabía que andaba paseándose por el cuartito. Anoche estaba en el techo. Empezaba a encariñarme con ella. Era una mascotita curiosa.
—Entonces, ¿por qué cojones la matas?
—¡Yo no la he matado! No he sido yo, ¿te has vuelto loca?
—Vamos, que ha venido alguien a aplastarla y dejárnosla ahí de regalo...
—Eso parece —replicó encogiéndose de hombros.
Me senté en mi cama y empecé a desatarme las botas mientras él escudriñaba el cadáver de la pobre araña.
Me parecía raro oírle decir justo lo que yo pensaba (que era una pequeña alegría en un mundo atroz, una mascotita peculiar), pero me costaba creer que una persona hubiera entrado en nuestro cuarto y se hubiera quedado dando vueltas hasta reparar en el bicho y matarlo.
Además, ¿para qué iba a entrar alguien si no había nada de valor ni de interés?
Mientras pensaba que en realidad Whitt no tenía por qué mentirme, vi que de debajo de su almohada asomaba una caja que yo conocía muy bien. Me acerqué y la aparté de un manotazo y ahí estaban mis pastillas de diclofenaco.
—Pero ¿qué cojones...? —dije despacio.
Whitt estaba junto a la puerta, observándome.
—¿Qué...?
—Ni te atrevas —le ordené amenazándolo con un dedo—. No te hagas el tonto. Sabías que las estaba buscando. Te pedí que estuvieras atento por si las veías. Sabías que las necesitaba.
—Harriet, yo no las he puesto ahí —se defendió.
Escuché su respuesta y apreté los puños haciendo que se escuchara el crujido del blíster dentro de la caja que tenía en la mano. Enrabiada y con la sangre hirviéndome en las venas, escuché a lo lejos nuevamente el aviso para Amy.
—Vamos a ir a buscar a Amy —le dije— y luego hablaremos de cuándo te vuelves a Perth cagando leches y me dejas que me encargue yo de esto. No me fío de ti y, si no nos fiamos el uno del otro, esto es una pérdida de tiempo.
—Harriet, yo...
—¡No me hables! —Me calcé las botas de montaña—. No digas ni una palabra, Whitt, porque no vas a hacer más que empeorarlo.
Al pasar por su lado para salir del barracón, miré de refilón a la araña aplastada y luego a él a los ojos. Parecía hecho polvo. Mentía de maravilla.