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Whitt y yo doblamos la esquina del barracón de Amy y casi nos dimos de bruces con Richie y un joven minero, a quien se lo notaba visiblemente triste.
Estaban plantados allí, a la luz del día.
El ojo amoratado de Richie estaba ya muy oscuro, bordeado por ese amarillo sucio que tienen los morados en proceso de curación.
Su amigo minero se tensó al vernos y se fue con paso escurridizo, como aprovechando para escabullirse de una situación incómoda.
—No parecía una charla entre amigos —dije señalando con la cabeza al minero—. ¿Deudas?
—¿Por qué no te metes en tus asuntos, pajarita, y ya me encargo yo de los míos?
—¡Qué trabajo tan duro!, ¿eh? Esos yonquis no son de fiar.
—¿Qué? —bufó Richie—. Ahora es cuando me pongo a rajar de mis clientes y te cuento todos los entresijos de mi trabajo para que me puedas grabar, ¿no? Me parece a mí que te falta calle.
—No te estamos grabando —dijo Whitt.
—¡Menuda chapuza de operación! —soltó Richie con arrogancia—.
La tapadera de los mineros desaparecidos...
, una bola, claro. Venías a por mí desde el principio.
Pues aquí me tienes, cariño. Investígame todo lo que quieras; no soy un camello.
—Solté una carcajada—. Que no lo soy —insistió encogiendo aquellos hombros estrechos—.
Créete los rumores si quieres. Vas a perder el tiempo.
Soy un comercial autónomo especializado en entretenimiento.
—Se sacó un catálogo del bolsillo trasero del pantalón y me lo tiró en la cara.
En él pude ver cientos de títulos de deuvedé—.
Películas, juegos, consolas, libros, revistas...
—fue enumerando con los dedos de la mano—.
Te puedo conseguir pelis de otros países, rarezas, cine para adultos...
en veinticuatro horas. Tengo tarjetas prepago de internet, de telefonía; tarjetas de crédito, terminales móviles...
Y contactos en espectáculos en vivo solo para adultos.
—Estupenda tapadera —dijo Whitt dándole una palmadita en el hombro.
—No es ninguna tapadera. Os puedo enseñar los recibos.
Pasé un dedo por el catálogo y examiné el fino polvito blanco a la luz del sol. Me miraron los dos.
—¿Esto es cocaína? —pregunté. Richie tragó saliva. Me chupé la yema del dedo y me pasé un poco por las encías—. Desde luego, sabe a cocaína.
—El esfuerzo ha sido encomiable —le soltó Whitt con otra palmadita en el hombro.
—Como se te da tan bien trapichear en la mina, igual podrías decirnos quién ha estado vendiendo algunas cosas por ahí. —Saqué la libreta—. Un iPhone con funda azul que era de Danny Stanton, un iPhone con funda rosa de Tori King, una tableta, de color plata, posiblemente un iPad, que era de Hon...
—No, no, ni idea —me interrumpió con un manotazo al aire—. No me dio tiempo a pillar ninguna de esas cosas; por eso hoy he venido el primero, a ver si le echo el guante a lo de Amy. Me han dicho que tenía un portátil nuevo.
—¿Amy? —Miré de reojo a Whitt—. ¿Amy King?
—Sí, Amy King —contestó Richie señalando el barracón de al lado—.
Parece que anoche faltó a su turno y nadie la ha visto.
Tampoco ha fichado esta mañana. Mi contacto, que estará al caer, me confirmará si se ha presentado a trabajar.
Dicen que se ha largado a Darwin a buscar a su hermana, así que, si ese condenado portátil está ahí dentro, es mío.
Aparté bruscamente a Richie y subí los escalones del barracón.
El cuartito de Amy parecía una leonera, salvo la cama, que seguía hecha.
Me llamó la atención una bolsa de plástico que había junto al alféizar de la ventana, y acerqué a la luz dos recipientes de comida para llevar que eran del pub.
Al de arriba le faltaba la tapa y había un tenedor de plástico en el suelo.
Según el recibo, que estaba en el fondo de la bolsa, la compra se había hecho a las 18:37.
Se había llevado la cena para aguantar el turno de noche.
Había ido al barracón, abierto el primer recipiente... y le había pasado algo.
Alguien la estaba acechando.