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Busqué en sus ojos ese gesto involuntario que me confirmara que ya lo sabía, antes de que pudiera disimular. No lo vi. Por un instante, creí de verdad que ignoraba por completo lo de mi hermano.
—Perdona, no sé quién... —empezó a decir encogiéndose de hombros.
—El asesino del río Georges. —Me miró aún más extrañado—. Bueno, así lo llama la prensa. —Le robé un sorbo de café—. Pero yo no creo que él haya tenido nada que ver con todo eso.
Preferí no pedirle explicaciones por su particular empeño en evitar las noticias en cualquier formato.
Así, le expliqué sobre la mañana cuando estando en Sídney me había enterado de que a Sam lo iban a encerrar por sospechoso de ser uno de los asesinos en serie más violentos del país.
Y cuando empecé a hablar, ya no pude parar: se lo solté todo, sin mirarlo apenas.
Si estaba aquí trabajando como espía de mis compañeros en Sídney, se iba a enterar por mi propia boca lo perpleja y consternada que me tenía todo lo que estaban diciendo.
La acusación me sorprendía a mí más que a cualquiera.
—Tuvimos una infancia dura —dije—. Fuimos dando tumbos de familia de acogida en familia de acogida hasta que Sam fue lo bastante mayor para convertirse en mi tutor legal. Ahora los medios se están agarrando a eso para intentar explicar qué pudo haberlo trastornado.
—Ellos creen que está trastornado —me corrigió Whitt—. Por lo que cuentas, no lo parece para nada.
—Bueno... —empecé, pero no seguí.
Me había dejado llevar de tal forma que no era capaz de filtrar mis propios pensamientos antes de escupirlos.
—Bueno, ¿qué?
—Vi algunas cosas en la pizarra del caso en Sídney —dije—.
Fotos del interior de su apartamento, de lo que encontraron allí.
Además, voy recordando detalles de nuestra vida.
A veces nuestros padres adoptivos eran muy duros con él: le pegaban y yo qué sé qué más.
Siempre ha tenido mal genio. Siempre ha sido...
reservado. Hacíamos un equipo estupendo, ¿sabes?
—Asintió con la cabeza—. Lo necesitábamos para sobrevivir.
Pero siempre me ha ocultado cosas. Yo lo notaba: había algo ahí que nunca me mostraba.
Claro que ¿no nos pasa a todos? —Whitt me escuchaba con atención.
Por un lado, me costaba creer que me estuviera sincerando con él, pero, por otro, me aliviaba muchísimo poder expresar todo aquello en voz alta, contárselo a alguien—. ¿Cómo puedo pensar así? —pregunté.
—Piensas como lo haría cualquiera en tu situación —contestó al cabo de un rato—. Estás confundida, como lo estaría cualquiera.
Nos miramos y, sin quererlo, mi coraza volvió a aparecer. Mi cabeza entró en modo alerta. Abrirse era peligroso. Ya había hecho bastante daño y de pronto afloraba mi instinto.
—En fin... —espeté, alzándome de repente—. No hay tiempo para ponerse profundo. Levántate y vamos a hacerle otra visita a Amy. A ver si se acuerda de algo, ahora que ha tenido tiempo para pensar.
Me fui sin esperarlo.