Nunca jamás (Harriet Blue 1) 42
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Me encontré a Whitt en la sala de descanso, sentado delante de uno de los cafés saborizados que había traído.

Esa mañana lo había dejado dormir y me había ido a dar un buen paseo por la mina para reconocerla desde todos los ángulos mientras la enorme grúa central parecía seguirme como los ojos de un retrato.

La sala de descanso eran dos barracones acoplados que creaban un espacio amplio en el que había un gimnasio con montones de pesas y un rincón con sofá para esparcirse y leer.

En la zona de pesas, entrenaban unos cuantos mineros, mientras que, en el área de los sofás, un grupo de gente de apariencia también atlética se amontonaba en torno a un televisor gigante para jugar a un videojuego.

El grupo vitoreó al equipo que anotó un punto, pero no conseguí ver de qué juego se trataba.

Había un saco de boxeo colgado en otro rincón. Al oír aquellos chasquidos y crujidos familiares del cuero rojo, una sensación de emoción me recorrió el cuerpo.

—Buenos días —me dijo Whitt con cierta prudencia cuando me senté a su lado.

—Buenos días, compañero. ¿Preparado para atrapar a ese tío hoy?

—Voy a hacer todo lo posible, desde luego —contestó—. Acabo de hablar por teléfono con los padres de Hon. Querían coger un avión y venirse para aquí, pero les he dicho que no era buena idea. No van a hacer más que entorpecer nuestra labor.

—Se van a enterar de que no queda nada de su hijo —tercié—, ni un solo calcetín que dé testimonio de su presencia en la mina.

—Vaya, veo que has recuperado el optimismo —espetó.

—Me inquieta, Whitt. Me inquieta que no hayan desaparecido todas las pertenencias de esta gente. Es como si los hubieran borrado del mapa.

—Desaparecerá la mina entera en cuanto se agote la veta —respondió—. Cogerán todo esto y se lo llevarán al próximo sitio. Soplará el viento, tapará los túneles, rellenará los agujeros y enterrará lo que se dejen aquí. Son como nómadas.

—Me desespera —le solté, porque era verdad: toda aquella incertidumbre, la inminencia constante del momento de hacer las maletas, me recordaban a mi infancia.

—¿Qué sabemos de los padres de Tori y Amy? —preguntó.

—He hecho unas llamadas esta mañana para informarme. El padre es viudo. En 2011 quiso atropellar a Amy con el coche y lo llevaron a juicio por homicidio en grado de tentativa y consiguieron una orden de alejamiento. Han estado huyendo de él desde entonces.

—No es sospechoso, ¿no? ¿Las tiene localizadas?

—No, qué va —contesté—. Vive en un pesquero en Cairns. Al ser su pariente más cercano, la policía de Queensland le informó de la desaparición de Tori. No ha facilitado ningún dato de utilidad.

Nos quedamos en silencio y la tensión de la noche anterior reapareció entre nosotros. Yo todavía tenía atascadas en la garganta las palabras que no había podido decirle. Whitt miraba el móvil.

—Los padres de Hon me han dicho que la última vez que hablaron con él fue cuando les hizo su habitual llamada mensual —me explicó—. Hon siempre llamaba el primer día del mes. Como yo, solo que lo mío es una vez por semana. Mi madre espera mi llamada todos los lunes a las seis.

Lo noté triste, un inusual instante de vulnerabilidad. Lo observé atentamente.

—Mi hermano es Samuel Jacob Blue —solté.