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La observó tranquilamente mientras se hacía con el arma. No era novata. La vio arrodillarse, amartillar el rifle, girarse y disparar una ráfaga a ciegas.
El soldado esquivó las balas y el esfuerzo le hizo sonreír.
Apuntaba muy arriba. Amy se metió rápido por el túnel de la derecha.
Él dobló la esquina a tiempo para verla levantar la vista al montículo cenagoso.
En el techo del túnel se reflejaba la luz que entraba procedente de la entrada principal a la mina y oscilaba con el paso de la gente.
Sintió cómo se le endurecía el semblante, cómo sus ojos se entornaban al fruncir el ceño.
Se agachó, apuntó y disparó. La bala le reventó la rodilla izquierda a Amy, que se tambaleó y cayó.
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Él se acercó y la agarró del tobillo, sin esperar que fuera a defenderse.
Amy le atizó en la sien con la culata del rifle y le hizo ver puntitos rojos por el rabillo de los ojos.
No fue suficiente para detenerlo. El soldado comenzó a caminar nuevamente hacia el interior del túnel arrastrándola a la oscuridad, mientras los gritos desesperados de la joven retumbaban en las paredes.