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—¡Madre mía! —Amy tenía las manos entumecidas, la sangre se le subía a la cabeza y le retumbaba en los oídos—. ¡Madre mía! ¡Madre mía!
Le vinieron a la mente sus propias palabras de ese mismo día: «Decidme que no está en uno de esos pozos». Se le hizo un nudo en la garganta, pero no se dejó vencer por las lágrimas. Lo que fuera que le había pasado a Tori allí abajo no le iba a pasar a ella.
Giró la linterna del casco y se lo puso.
El túnel que tenía delante se sumió en la oscuridad y la luz de la linterna tembló sobre las paredes.
Tuvo una serie de pensamientos fugaces, visiones de lo que ocurriría si uno de los puntales se escurría y el barro se deslizaba por el túnel formando una pared inmensa: la derribaría, le inundaría los pulmones, la enterraría para siempre.
Corrió, deteniéndose en seco cada vez que le parecía ver un agujero en el camino. De pronto, la oscuridad que la precedía se dividió en dos y Amy se vio ante una bifurcación que él no había mencionado.
—¡Capullo! —dijo furiosa—. ¡Puto cabronazo! —Rabiosa, se volvió a mirar a la nada—. ¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar, joder!
Silencio. Ni un ruido, salvo el de su propia respiración frenética.
Amy echó a correr por el túnel de la izquierda. La tierra se elevaba en aquella zona y fue poco a poco avanzando hacia la superficie, hacia su salvación.
Oyó un estallido y notó que el brazo se le iba hacia delante.
No sintió dolor, solo un tirón fuerte y los dos últimos dedos de la mano desaparecieron.
Miró de reojo el sitio que ocupaban antes y siguió corriendo, centrada.
Otro estallido: una bala le mordisqueó la cadera y la hizo caer de lado.
Se giró a mirar, vio un destello y oyó el silbido de otra que le pasó rozando.
Al frente, una forma. Un cajón con un rifle grande en la superficie. Una ofrenda. Se abalanzó sobre él.