Nunca jamás (Harriet Blue 1) 39
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El soldado permaneció al acecho, aguardando en la oscuridad absoluta del túnel a que la traidora recuperara la consciencia.

Sus gafas de visión nocturna le permitían ver, en aquel espacio estrecho, las paredes y el techo escasamente apuntalados de un túnel de exploración alejado de la veta principal de la mina.

Cuando Amy se recuperó del golpe seco que había recibido en la nuca, tanteó con las manos en la oscuridad y se frotó los ojos con el dorso, aterrada, pensando que se había quedado ciega.

No tardó en llegarle el olor húmedo e intenso de la tierra y se dio cuenta de que estaba en lo más profundo de la mina.

Por el calor que hacía, debió deducir que se encontraba lejos de la superficie.

El soldado se movió y Amy se encogió de miedo al oír el crujido de las piedras bajo sus botas.

Tenía la mandíbula desencajada y el pánico le aceleraba la respiración.

El soldado no disfrutaba viéndola tan asustada.

Por respeto al código, debía darle la misma oportunidad que a los otros.

Era un hombre justo, un hombre de principios.

Tratándose de una mujer, la misión de esa noche sería especialmente difícil para él.

Había sido el recuerdo de esas dos mujeres con las que había coincidido en la localidad fronteriza de Torkham lo que lo había atormentado en sueños los primeros meses de su despliegue en Afganistán, no las decenas y decenas de hombres de distintas edades, todos con barba y amplia sonrisa, todos tan iguales que parecían el mismo.

La treta fue buena. La más joven de las mujeres se quedó ante la puerta de aquella casa tosca del margen de la carretera con la que debía de ser su madre, ambas abrazadas a montones de flores de plástico baratas y bolsas repletas de sheer pira .

Aguardaban a que el gentío del interior de la vivienda subiera a los coches que los llevarían a la boda.

La joven vestía una túnica tradicional azul marino y fucsia con ribetes de oro.

Sonrió muy tierna cuando las primeras unidades del convoy se detuvieron para ver salir a la familia de campesinos ataviados con sus mejores galas.

La novia liquidó a seis soldados ella sola con el chaleco bomba cuando se acercó a la ventanilla del conductor del primer vehículo para ofrecerles dulces.

La madre mató a otros dos e inutilizó un tanque que iba en segunda línea.

A las mujeres siempre se les ocurrían las mejores artimañas.

Con un burro tirado en la cuneta, se hacían las desamparadas para atraer a hombres buenos a la muerte.

Huían de manadas de conciudadanos, con las vestiduras rasgadas, fingiéndose violadas, y se arrojaban a los brazos del enemigo.

Enviaban a sus pequeños a pedir agua con los cuerpecitos forrados de dinamita.

El destacamento del soldado masacró finalmente a la familia de la falsa boda, pero hicieron justicia demasiado tarde.

El soldado sacudió la cabeza para deshacerse de aquellos recuerdos sangrientos y le tiró el casco a Amy. Se puso firme, miró al frente y se preparó para darle instrucciones.

—¿Quién anda ahí? —gimoteó ella.

—Si llegas a la superficie antes que yo, te perdono la vida.

—¿De qué cojones me hablas?

—El túnel en el que te encuentras va en dirección este-oeste con rumbo cero siete cero y dos cinco cero, respectivamente —informó, llenando con su voz el pequeño espacio—.

En su tramo menos profundo, se encuentra a uno coma cinco seis kilómetros por debajo del nivel del mar y en el más profundo, a uno coma nueve nueve kilómetros por debajo del nivel del mar.

—¿De qué coño va todo esto? —espetó Amy tambaleándose y aferrándose a las paredes en la oscuridad—. Pero ¿qué cojones...?

—A cuatrocientos ochenta y un metros de distancia por este túnel, rumbo este, te aguarda tu arma —dijo él, volviendo a señalar el túnel que tenía a su espalda como si ella lo viera—. A cuatrocientos ochenta y un metros de distancia por este túnel, rumbo oeste, me aguarda la mía. Luz verde, soldado.

—¡Joooder! —exclamó Amy estremecida. Se agachó, buscó a tientas el casco que tenía a sus pies y lo palpó a ciegas hasta que encontró la linterna encajada en el frontal—. ¡Joder, joder, joder!

—¡Muévete! —bramó el soldado y, dando media vuelta, echó a correr.