Nunca jamás (Harriet Blue 1) 38
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—¡Quieto ahí! —chillé.

—Me rindo. —Gabe Carter se rio—. ¡No dispares!

La luz de la luna se coló entre las nubes y reconocí su figura en la penumbra.

—¡Joder!, ¿de qué coño vas? —dije empujándolo tan fuerte que lo hice tambalearse.

—Perdona, no me he podido resistir. Te he visto cuando subías la loma esa.

—Me he perdido —reconocí—. Del todo.

—Eso me ha parecido. Por suerte para ti, aquí estoy para ayudarte. Te muestro el camino de vuelta por... eeeh —dudó un instante—. ¿Cien pavos?

—Lo que te voy a dar son cien puntos de sutura como no cierres el pico y me lleves al campamento.

—Venga, vamos —dijo cogiéndome del brazo—. Por aquí.

Avanzamos a oscuras, subiendo y bajando pendientes. Me explicó que yo había descendido una pequeña colina y tomado un recodo, probablemente dejándome guiar por las estrellas que iban desplazándose por el cielo.

—¿Y tú qué haces aquí? —le pregunté.

—Me gusta pasear de noche, mirar el cielo... Supongo que así me siento... libre, no sé si me entiendes...

—Creo que sí.

No era consciente de haberme alejado tanto. Me aterrorizaba pensar que mi ensimismamiento me hubiera puesto en peligro, igual que a un nadador al que la corriente lo va apartando de la orilla.

—Esto es parecido al mar —dijo como si me hubiera leído el pensamiento—: a oscuras es difícil calcular la distancia. No hay puntos de referencia. Bueno, salvo que estés entrenado para verlos.

—¿A qué te refieres?

—Mira allí —dijo—. Aquello amarillo que se ve en el horizonte es Venus. Si vas hacia allí, sabes que estás yendo hacia el oeste.

—No distingo nada —contesté parpadeando—. Está muy oscuro.

Noté que posaba sus manos sobre mis hombros y que me levantaba el brazo con una de ellas en línea recta, cogiendo mi dedo índice para señalarme la ubicación del lejano planeta. Sonreí sin que se diera cuenta.

—Hacia allí —dijo—. Lo amarillo.

—Ah, vale.

—Eso es Venus. Y aquello es Saturno. Si vas hacia allí, te diriges al suroeste. El Cuadrado de Pegaso está al norte, allá. Y aquel grupo es la Cruz del Sur.

—Sé qué aspecto tiene la Cruz del Sur: la tenemos en la puñetera bandera —espeté dándole un codazo en el estómago.

—Vale, genio. Pues, ya puedes volver tú sola.

—No, no, no —contesté sonriendo—. Llévame, por favor. Me fastidia interrumpir a un tío que está haciendo un buen trabajo.

Increíblemente contenta, seguí la enorme sombra que caminaba delante.

¿Era posible que me estuviera riendo con un hombre en pleno desierto con la que estaba cayendo en casa?

¿De verdad estaba pensando en el tacto cálido de sus manos sobre mis hombros cuando mi vida entera se hacía pedazos a mi alrededor?

Tras atravesar una cuesta pedregosa se alzaron ante nosotros las luces anaranjadas de la mina, intensas y acogedoras. Se me pasó de golpe el buen humor cuando Linebacker salió de su garita nada más vernos llegar a la puerta.

—Vosotros, venid aquí —gruñó señalándonos con el arma y apuntando después al suelo. Según nos acercábamos a la garita, reparé en la indumentaria de Gabe: llevaba un chándal negro y unas botas gruesas también oscuras—. Habéis salido de la mina —dijo furioso—. ¿Qué excusa tenéis?

—Yo estaba dando un paseo —respondió Gabe— y me he encontrado con la inspect...

—Vuestra infracción no tiene justificación —lo interrumpió el otro—. No contáis con autorización.

—¿Infracción? —bufé—. No te pases, colega. Solo hemos ido a dar un paseo.

—¿No estáis aquí precisamente porque uno de nuestros mineros fue a dar un paseo por el desierto sin permiso?

—No —contesté—. Ahí te equivocas.

—¿No salió a dar un paseo? —preguntó Gabe.

—No. Fue en coche. O lo llevaron. Incluso podría haber ido en avioneta, por improbable que parezca. Pero a pie no.

Linebacker volvió furioso a su puesto y entró dando un portazo mientras murmuraba algo.

Junto a su mesa, vi un rifle negro enorme con una mira telescópica inmensa, apuntando hacia arriba y apoyado en un soporte de seguridad atornillado al suelo.

Una barra de hierro atravesaba el gatillo y la argolla que ceñía el cañón del arma revelaba que no podía retirarse de allí sin un código.

Debía de ser el rifle que usaba para cazar dingos.

—¡Os anoto a los dos! —gruñó Linebacker, que reapareció con un bloc grande de color azul.

—¿Que nos anotas? ¿Para qué, para que nos castiguen sin recreo? ¡Venga ya!

Di media vuelta y me largué. Gabe me siguió.

—Esto va directo al registro de incidencias. ¡Voy a redactar un informe oficial! —nos gritó Linebacker—. ¡Un sumario detallado del tipo de infracción de seguridad y de su frecuencia!

—¡Menudo pringado! —le dije a Gabe—. Un pringado integral.

—Déjalo al pobre, así se siente importante —respondió Gabe—. Se cree al mando de la seguridad de todos. Él es la delgada línea que nos separa del negro abismo.