Nunca jamás (Harriet Blue 1) 37
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Vi un resplandor a lo lejos, en el desierto.

Un destello circular que apareció y desapareció en la oscuridad en un instante.

Me quedé mirando el punto exacto donde lo había visto hasta que se me nubló la vista, pero no volvió a aparecer.

Debían ser los activistas que volvían al campamento después de pasar el día junto a la entrada de la mina.

Eché un vistazo a nuestro barracón, que quedaba a mi espalda, y decidí que no necesitaba la ayuda del teniente Mentiras.

Recorrí el perímetro de la cerca hasta llegar a la puerta de acceso y, controlando las cámaras de seguridad situadas en la parte de arriba mientras salía del recinto, me adentré en la oscuridad.

Cuando era joven solía deambular de noche por ahí.

Era una adolescente sarcástica y temperamental, como casi todos, y estaba muy cansada del ciclo de casas de acogida en el que vivíamos.

Nos enviaban con parejas jóvenes e idealistas de veintitantos que querían hacer algo «distinto» y «atrevido», y decidían amparar a un par de chavales problemáticos durante unos meses.

Recuerdo la dulce Sharon y el guapísimo Dave, de Mosman, cuyos ojos se llenaron de esperanza el día en que Sam llamó a Dave «papá» y yo me deshice en muestras de gratitud hacia Sharon por salvarme de mi «yo» autodestructivo.

Pero las cosas siempre terminaban igual de mal.

Sam pronto comenzó a mirar Dave con odio por encima del libro que leía con los auriculares a todo volumen, y a Sharon comenzó a incomodarle las miradas que me echaba Dave mientras tomaba el sol en la piscina en bikini. De manera que la aparente familia feliz no duró demasiado.

Para no tener que vivir en esa mentira, yo solía escaparme y me pasaba horas caminando de noche. Simulaba que me encerraba en mi cuarto y me escapaba por la ventana. Me gustaba saber que podía huir si lo necesitaba. Podían mandarme, pero no enjaularme.

El azote del viento del desierto me sacó de mis recuerdos y me devolvió al presente.

No me había dado cuenta de cuánto me había alejado del campamento.

Me giré a mirar hacia donde creía que estaba la mina, pero no vi más que negrura.

Debía haber estado caminado cuesta abajo, decidí, y la mina se encontraba oculta tras alguna de aquellas lomas pedregosas.

Di media vuelta y deshice el camino, pero, al cabo de unos diez minutos, seguía sin ver las luces de la mina.

Supuse que me habría desviado. Me detuve en la oscuridad y escuché el aullido del viento, que soplaba del este cuando había salido del campamento, ¿era así?

Unas nubes que se movían muy rápido salpicaban el cielo.

Comencé a sentir la boca sequísima. ¿Dónde estaban los activistas?

¿Me oirían si los llamaba? ¿Quería que me oyeran?

Al salir del dormitorio con la intención de librarme de Whitt un rato, me había metido instintivamente la pistola en la parte trasera de los vaqueros, algo que solía hacer cuando me parecía que todo el mundo estaba en mi contra.

Me alegré de llevarla encima. Mi gratitud aumentó cuando oí pasos acercándose, la suela de una bota haciendo crujir las piedras resbaladizas.

—¿Quién anda ahí? —grité sacando el arma.

—Te veo —susurró una voz.