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Me alejé un rato de Whitt y llegué hasta donde terminaba la mina, observando cómo el inmenso sol rojizo se escondía en el horizonte.
Aunque solo llevábamos allí tres días, tenía la sensación de que habíamos llegado hacía un mes y me molestaba lo poco que habíamos progresado en la investigación de lo sucedido a Danny, Tori y Hon.
Me atormentaba el recuerdo del rostro de Amy cuando por fin se había dejado invadir por la preocupación por la desaparición de su hermana.
Era el semblante de quien se enfrenta a un futuro desprovisto de explicaciones.
«Decidme que no está en uno de esos pozos».
Yo solo tenía claro que había algo siniestro en la muerte de Danny, y dudaba mucho de que Tori y Hon se hubieran marchado por voluntad propia.
La escasa evidencia física de la que disponíamos de momento sobre Danny no parecía indicar que fuera un joven al que se le hubiera ido la cabeza y se hubiera metido solo en el desierto.
Alguien lo había «llevado» hasta allí, en contra de su voluntad, a juzgar por el mensaje de su cuaderno.
¿Habrían sufrido Tori y Hon la misma suerte?
Me senté en los escalones de un barracón vacío, saqué el móvil y busqué en internet la teoría del posible «terrorismo» de los activistas de EarthSoldiers.
Resulta que sí que existía algo llamado «ecoterrorismo»: violencia o amenaza de violencia en nombre de la protección del medio ambiente.
Eché un vistazo a algunos casos de tree spiking , algo así como «pinchar árboles», en la Amazonía en los años sesenta y setenta.
Sin que los vieran, los activistas metían en los troncos de los árboles clavos de hierro para destrozar las sierras de los leñadores.
En algunos casos, aquello había causado graves heridas a los operarios y los programas de tala se habían detenido para protegerlos.
Había montones de grupos acusados de ecoterrorismo por incendiar aserraderos, centrales eléctricas y centros de experimentación animal sin pensar en quién pudiera encontrarse dentro.
Busqué las condenas y eran muchas: Marie Mason, veintidós años en la cárcel por incendiar un laboratorio en el que se experimentaba con la modificación genética de las cosechas; Daniel Gerard McGowan, siete años en la cárcel por incendiar un aserradero...
En la web del FBI decían que a dos organizaciones estadounidenses, Earth Liberation Front y Animal Liberation Front, les gustaba amedrentar y acosar a empleados concretos de empresas a las que se oponían.
Habían enviado cartas a los directivos de algunas compañías amenazando a las familias de sus empleados.
La propia EarthSoldiers contaba con activistas medioambientales y políticos por todo el planeta.
Había miembros de EarthSoldiers encadenándose a herramientas de tala en Tasmania y persiguiendo a los balleneros japoneses en el océano Índico.
Los había acampados en desiertos africanos para impedir la actividad de los cazadores furtivos.
El orgullo de su sitio web era la cobertura «en directo» de su actividad.
En su página, con un solo clic, podía accederse a un vídeo en tiempo real de varias protestas del grupo.
Cuando me disponía a ver las imágenes de la cámara web «operación tormenta del desierto: australia occidental», me llegó un mensaje de un periodista: «Inspectora Blue, soy Tony Gardener, productor de 60 Minutes .
Me gustaría ofrecerle 400.000 dólares por una entrevista en exclusiva sobre Sam. ¡Llámeme!».
Guardé el móvil, irritada.