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Me levanté de un salto y salí del barracón detrás de él, en parte porque me extrañó su reacción, pero también porque agradecía la distracción, cualquier cosa que me ayudara a olvidar lo de Sam.
—¡Eh! —le grité. Whitt ya casi había cruzado la zona de los dormitorios—. ¡Eh!, ¿qué haces?
—Ah, iba a buscarte un café —rio nervioso—. Primero he pensado que podíamos ir los dos, luego que mejor iba yo solo y...
—Corta el rollo, Whitt —dije dándole un empujón en el hombro—. ¿Crees que no me he dado cuenta de que desapareces como un puto ninja cada vez que empiezan las noticias? ¿En qué coño estás metido?
—¿Metido? —resopló—. ¡No estoy metido en nada!
—Anoche te evaporaste justo a tiempo para no ver un reportaje muy mono sobre tu antiguo compañero, el inspector Carmody. —Esa vez le pegué en el pecho—. Le han dado un premio. Lo curioso es que también se lo han dado a otro tío: ¡al que ha sido su compañero durante quince años!
—Un policía puede tener dos compañeros, Blue.
—En mi departamento, no.
—Te estás poniendo muy pesada —dijo, tenso—. No me parece justo. No tienes motivo.
—Bah, solo quiero conocerte mejor, Whitt —respondí—. ¿Por qué no me cuentas algo más de esa lesión lumbar?
—Tienes razón, y ya que lo dices. ¿Por qué no me explicas tú por qué estás aquí?
—espetó—. Aún no lo hemos hablado, ¿no? Cuéntame.
Vamos a hablar largo y tendido de Sam, sea quien sea, y de por qué te está costando tanto contactar con él por teléfono.
Cuéntame por qué no paran de entrarte notificaciones en el móvil durante la noche.
¿Por qué recibes tantas llamadas? ¿Quién te llama?
—Eres gilipollas.
—¿Yo? ¿Yo soy el gilipollas?
—Sí —contesté—. Además de un mentiroso.
—Estás eludiendo mis preguntas, Harriet.
—Cuando tú me contestes, lo haré yo también.
Nos miramos fijamente a la luz menguante del atardecer. Algunos mineros se habían detenido a presenciar la discusión; nos callamos y siguieron su camino, decepcionados de que no hubiéramos llegado a las manos.