Nunca jamás (Harriet Blue 1) 34
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Whitt terminó de hablar por teléfono.

—Bueno —dijo, consultando sus anotaciones—. El pie de Danny nos cuenta unas cuantas cosas que podrían resultarnos muy útiles. —Para empezar, el nivel isotónico intracelular de las muestras de sangre y tejidos era normal.

—En cristiano, por favor —dije, tumbándome en el catre y enterrando la cara en la almohada.

—Los niveles de plasma en sangre eran normales. Cuando sufres deshidratación, descienden. Los suyos no. También eran normales los de electrolitos: el sodio en sangre de Danny era estable cuando murió.

—Ajá...

—Con lo que sería lógico deducir que no anduvo perdido por el desierto, deambulando durante un período de tiempo considerable.

—¿Y si estuvo perdido, pero llevaba agua?

—Ya lo he pensado. Que hubiera llevado agua explicaría los niveles normales de electrolitos, pero escucha esto: cuando los técnicos forenses recogieron el pie, tomaron muestras de la arena de la mina.

La de dentro y alrededor de la mina presenta una concentración elevada de los residuos químicos generados por las máquinas que quedan suspendidos en el aire: carbono, petróleo, etanol...

; la del desierto no contiene esas sustancias.

Vamos, que si Danny hubiera estado mucho tiempo ahí fuera, en la arena de la bota apenas habría restos de esas sustancias, porque sería arena del desierto.

—¿Y no era así? —le dije a la almohada.

—No, no era así. Había una capa fina de arena del desierto, lo justo para indicar que había andado un rato por él, pero no que se adentrara ni que pasara allí horas y horas.

Me giré un poco.

—O sea, que, si no llegó allí andando desde la mina, lo hizo por otro medio y no estuvo mucho allí antes de morir, no lo suficiente para que las botas se le llenaran de arena del desierto.

—Eso parece.

—Entonces, ¿para qué fue? Si no fue andando, iría en coche. ¿Para qué iba a meterse en el desierto en coche?

—Ni idea —contestó Whitt.

—Y, si fue en coche, ¿cómo es que las partidas de búsqueda no encontraron el vehículo? —dije.

—¿Qué vehículo?

—El que fuera. Pongamos que Danny se metió en el desierto solo y murió allí por lo que fuera. ¿Cómo es que el coche no sigue allí?

—Bien pensado. —Whitt hizo unas anotaciones.

—Si fue con alguien y ese alguien se trajo de vuelta el coche, ¿quién coño era y qué le hizo a Danny?

—Eso digo yo —contestó mi compañero, asintiendo con la cabeza.

El refugio suave y oscuro que me proporcionaba la almohada me reconfortaba tanto que pensar en abrir los ojos e incorporarme suponía una amenaza demasiado grande para mi psique.

Hubiera dado todo por esconderme dentro de la almohada y no pensar en Sam, en ese Sam frío e insensible, repleto de arañazos defensivos de mujeres a las que había secuestrado y...

—¿Qué te pasa?

—Nada —contesté—. Estoy cansada.

—Pues no hay tiempo para eso. Vamos al comedor a por un café y luego...

No terminó la frase. En la radio que estaba en el cuarto contiguo se había dejado de escuchar el parloteo y los anuncios, y sonaba la sintonía de las noticias de las seis. Oí crujir el catre de Whitt y, cuando alcé la vista, ya no estaba.