Nunca jamás (Harriet Blue 1) 33
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La araña cangrejo que se había instalado sobre la cabecera de mi cama era como una estrella peluda de color pardo colgando en un cielo de corcho.

Al encender el móvil, me lo encontré atestado de notificaciones sobre Sam.

Lo había tenido en silencio para que nadie oyera los pitidos incesantes que habían empezado con los primeros reportajes de la prensa.

Tenía sesenta y dos llamadas perdidas y un montón de mensajes sin leer de números desconocidos que eran de periodistas de todos los diarios del país.

Me tumbé y los leí mientras Whitt hablaba con los de la Científica de Perth sobre el pie de Danny.

Algunos de los mensajes eran preguntas amables; otros no tanto.

«¿Cómo se siente al saber que su hermano es un asesino en serie?

». «Harriet, ¿podría comentar la propuesta del ministro Boyd de reactivar la pena de muerte para Sam?

». «Inspectora Blue, ¿sufrieron Sam y usted abusos sexuales en algún hogar de acogida?

». «¿Posible motivo de los asesinatos? ¡Por favor, responda! ».

Hubo un número que sí reconocí. Habíamos estado un tiempo viviendo en la casa de Julius Dea.

Su madre nos acogió cuando yo tenía ocho años.

Julius también tenía esa edad, y no le molestaba en absoluto nuestro extraño comportamiento, ni la ansiedad que habíamos desarrollado por la comida, después de convivir forzosamente en hogares de toda Australia con cientos de niños hambrientos; ni los planes de huida que mi hermano y yo hacíamos constantemente...

Julius, Sam y yo nos habíamos hecho buenos amigos, pero luego nos habían llevado a vivir con otra familia.

De niño, él tampoco dormía bien y a menudo venía por las noches a verme.

Yo solía estar desvelada, tumbada en el catre de la trastienda.

Hablábamos de su madre y, cuando se iba, yo me quedaba despierta, imaginando cómo habría sido tener una también.

Ahora, creía que era posible que yo le gustara a Julius.

Seguramente el pobre se había enamorado de la niña que había ido a vivir a su casa con esos extraños relatos de familias de acogida y escuelas en lugares lejanos...

Yo, ajena a todo lo que tuviera que ver con esas cosas del amor por ese entonces, no le hice ni caso.

Nunca me enamoré de nadie durante mi infancia porque sabía que no estaría mucho tiempo en ningún sitio.

«Han traído a Sam aquí para hacerle un examen médico», decía el mensaje de Julius.

Me incorporé en la cama. ¿Cómo se me había podido olvidar?

¡Julius era médico en el Prince of Wales Hospital!

Habrían llevado a Sam allí para someterlo a un examen físico.

Seguramente le habrían hecho fotos, tomado muestras de uñas, sangre, piel, orina...

Si se había barajado la posibilidad de alegar enajenación mental, el abogado de Sam habría pedido probablemente una resonancia y un escáner, además de un examen psicológico.

Contesté a Julius: «¿Qué debo saber? ¿Cómo estaba?

». Me respondió casi de inmediato: «Rasguño grande en el cuello.

Muchas heridas pequeñas en los antebrazos, de arañazos.

Lo bastante antiguas como para cuadrar con la muerte de la última víctima.

Lo siento, Harry». Me temblaban las manos cuando le respondí.

«¿Y él cómo estaba?», repetí. «Frío», escribió Julius.

Solté el móvil y me quedé allí sentada, chascándome los nudillos doloridos.