Nunca jamás (Harriet Blue 1) 32
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—Siempre he desconfiado de los de EarthSoldiers —continuó Gabe—. Creo que son más listos de lo que piensa la gente.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, para empezar, llevan allí ocho meses —dijo señalando al desierto—. Vale, sí, es verdad que algunos se han ido y que han llegado otros, pero, en general, se mantienen ahí. Yo creo que a alguien con dinero y recursos suficientes para sobrevivir en ese hábitat no hay que subestimarlo.

—¿Y por qué no manda la directiva una patrulla de seguridad para asustarlos? —inquirió Whitt.

—Lo han intentado, pero los activistas no tienen un asentamiento fijo, con lo que, cuando Linebacker consigue reunir un equipo que vaya a por ellos, ya no están en el mismo sitio que la última vez.

Conocen el desierto. Saben cómo entrar y salir de la mina, qué máquinas estropear y cuándo van a estar sin vigilancia.

—¡Qué astutos! —dije.

—¡Ni te lo imaginas! —Se inclinó hacia delante—.

Una vez Linebacker preparó una unidad para que fuese a por ellos y consiguió localizarlos en una cueva en pleno desierto.

Sus hombres irrumpieron en la cueva armados y con linternas y, bueno, se les fue un poco la mano.

Llevaban semanas persiguiéndolos; se dejaron llevar por la emoción.

El problema fue que los activistas lo grabaron todo y lo transmitieron en directo por una especie de blog.

—¿Una especie de blog?

—Sí, se llama Operación Tormenta del Desierto.

Graban lo que ocurre en el campamento las veinticuatro horas del día y las imágenes se transmiten en vivo por su página web, donde hay un contador con los días que llevan defendiendo su causa contra la mina.

Cualquier persona del mundo puede entrar y ver lo que están haciendo, ya sea dormir en la arena, protestar delante de la puerta o lo que toque.

—Una forma poderosa de recaudar fondos, supongo —comentó Whitt.

—No sé —dijo Gabe encogiéndose de hombros—.

Lo que sí sé es que la cosa se puso fea cuando las imágenes de Linebacker asaltando el campamento llegaron a YouTube.

A una de las chicas la tiraron al suelo de un empujón y se hizo daño en el tobillo.

Hasta la CNN emitió el vídeo. Amenazaron con cerrar la mina.

La premisa de la directiva ahora es que a los activistas ni se les toca.

Se cerró de golpe la puerta del comedor y entró precisamente Linebacker, el guardia de seguridad fibroso, que fue directo a la zona del café a inspeccionar el suministro menguante.

Aunque Whitt y yo lo observamos con aprensión, Gabe sonrió y levantó el brazo para ofrecerle un cariñoso saludo militar.

—¡Aaron! —lo llamó—. ¡Aaron! Ven un segundo, anda. —Linebacker se acercó de mala gana, sacudiéndose, incómodo, la pechera del uniforme inmaculado con aquellas manos toscas—. Aaron Linbacher, ¿conoces a los inspectores Blue y Whittacker?

—Puf —gruñó el otro con desprecio.

—A los inspectores les gustaría que les hablaras de los de EarthSoldiers.

—¿De los de EarthSoldiers? —Linebacker miró a otro lado, asqueado—. Terroristas. Insurgentes, todos ellos.

—Esa es una acusación un poco fuerte —dijo Whitt—. ¿Se puede llamar realmente «terrorismo» a lo que hacen?

El hombre mayor lanzó una mirada asesina a Whitt y cruzó los brazos sobre el pecho.

—El terrorismo es violencia o amenaza de violencia motivada por una ideología —replicó—. Una conducta cobarde pensada para intimidar.

—Sé lo que es el terrorismo —espetó Whitt sonriente—, solo que no veo violencia ni amenaza de violencia en lo que hacen.

El comentario irritó a Linebacker.

—El 5 de abril de este año se averió en el cuadrante E7 una apisonadora de tres toneladas con la que se estaba allanando una de las calzadas por las que ruedan las máquinas —explicó Linebacker—. Nuestros ingenieros inspeccionaron la máquina y descubrieron que habían saboteado el cable del freno.

—El del freno y el del acelerador en esas máquinas se parecen mucho —terció Gabe—. Igual se liaron.

—¡Esa no es la cuestión! —espetó el otro—.

¡Cometer, por razones ideológicas, una temeridad así que pone en peligro la vida de otros es terrorismo!

Después del incidente, hablé con el grupito de la valla y les conté lo que habían hecho.

Les dije que podría haber muerto alguien. ¿Sabes qué me contestaron? ¿Eh?

—¿Qué? —pregunté.

—Me soltaron: «Cerrad la mina y así no morirá nadie».