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El almuerzo tenía una pinta tan apetecible como el desayuno de la mañana en que habíamos llegado al campamento. Me quedé observando las salchichas que nadaban en un caldo traslúcido y aceitoso, asándose lentamente bajo las lámparas de la vitrina de acero inoxidable.
—¿Cuál es la ración estándar permitida de esos... palitos de carne? —le pregunté a la mujer que atendía.
—Te puedes comer dos salchichas de esas si quieres —me contestó con desgana.
—¿Y de ese engrudo con olor a patata?
La señora puso un brazo peludo en el mostrador.
—¿Te crees que es la primera vez que alguien hace chistes con la comida de aquí, cielo?
—¿Chistes?
Me miró irritada.
Fui hacia la mesa donde ya estaba instalado Whitt con otra de sus delicias culinarias de boy scout : pollo con mantequilla y arroz basmati.
En casa, el pollo con mantequilla era uno de mis platos favoritos, y mi consuelo siempre que perdía un caso, se me escapaba un sospechoso o alguna víctima decidía no declarar contra su agresor.
El olor de mi comida me revolvió el estómago mientras masticaba una salchicha seca.
—Por mucho que mires, no vas a conseguir que esté menos apetecible —dijo Whitt, removiendo el arroz.
—Igual mejora algo el sabor del mío —repliqué.
Se inclinó y me puso un poco de pollo en el plato. Mientras aceptaba agradecida el obsequio, tuve que recordarme que era un espía y un mentiroso, no mi amigo.
—¿Cómo va el caso? —preguntó Gabe Carter, sentándose a mi lado con el plato hasta arriba de comida y el casco manchado de polvo.
—En dos palabras: Blake Korby —contesté yo.
—Lo conozco —dijo Gabe extrañado.
—Minero de ingeniería. El personal de enfermería me acaba de confirmar que tuvieron que tratarlo hace unos meses por unas ampollas producto de unas graves quemaduras por insolación.
Un pajarito nos ha dicho que fue porque no pagó los servicios y las bilbis se lo llevaron al desierto y lo soltaron allí en calzoncillos. Tuvo que regresar a pie.
—Ah, sí, algo he oído —asintió Gabe con la cabeza—. Yo estaba de permiso por entonces, así que no fui testigo directo, pero me han contado que la cosa fue chunga. Aunque no creo que fuese por dinero. Por lo visto se excedió un poco con una de las chicas y quisieron darle un escarmiento.
—Igual habría que investigarlas un poco más —dije.
—No sé... —respondió Gabe, incómodo—. Dudo que eso os vaya a ayudar. Esas chicas no son lo que aparentan.
—¿A qué te refieres?
—A ver, son buena gente. Algunas han pasado circunstancias muy difíciles y, cuando se exceden, es porque es lo que les han enseñado. No las veo capaces de matar a nadie. Ninguna de ellas es tan vengativa.
Yo había aprendido mucho sobre prostitutas durante mi trabajo en Sídney, y Gabe tenía razón, la mitad eran buenas personas atrapadas en una vida que no era la que deseaban. Pero también había otras que eran peligrosas y que, en su desesperación, eran capaces de cualquier cosa por sobrevivir.
—¿Cómo es que las conoces tan bien? —pregunté, y me sorprendió la brusquedad de mi tono—. ¿Haces uso de sus servicios?
—¡No! —rio Gabe—. Yo no. No, gracias. Las conozco de hablar con ellas. Con Beth me tomo una copa de vino y cotilleamos de vez en cuando, pero nada más.
Se me dibujó una sonrisa en la cara, que borré rápidamente.
—Hablas, entonces, de los activistas —dijo Whitt.
A Gabe se le oscureció el semblante.
—Pues hay un buen puñado de sospechosos claros —contestó.