Nunca jamás (Harriet Blue 1) 28
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Amy King entraba en un túnel estrecho de la mina cargada con un cajón de madera. Los túneles se adentraban mucho en la tierra y, según íbamos avanzando, se notaba que cada vez estaban peor construidos.

Era idéntica a su hermana. Pecosa, pelirroja y parecía una cría con la enorme camisa fosforescente y el casco que llevaba.

—¿Amy King?

—Sí, soy yo.

—Soy el inspector Edward Whittacker y esta es la inspectora Harriet Blue.

—¡Vaya, por fin! —Amy dejó el enorme cajón de madera en el suelo—. Ya era hora. ¡Seguro que Tori debe de estar a punto de llegar a México! Llevo días pidiendo que llamen a la poli.

—¿Por qué iba a irse a México? —pregunté.

—Yo qué sé... —suspiró Amy—. Los polis sois vosotros. Ya me diréis. En alguna parte tiene que estar.

—Ya... —Whitt sacó del bolsillo la libreta y el boli—. ¿Por qué no nos lo cuentas todo?

—La vi por última vez en la sala de descanso —contestó Amy—. Estaba bien, tío. Estupenda. La gente no para de decirme que se habrá tirado a algún pozo, que se habrá largado a Sídney o no sé qué historias. Pero yo sé que no ha hecho nada de eso, así que ya lo podéis tachar de la lista.

Seguimos a la chica mientras cambiaba las bombillas del techo que ya no funcionaban por unas nuevas que estaban en el cajón de madera que había traído.

Iba desenroscando las que ya no servían y me las iba dando mientras caminábamos junto a ella.

Llegó un momento que tenía tantas en mi mano que tuve que acercarme al cajón para dejarlas allí.

—Gabe Carter nos ha dicho que la última vez que la vieron ella dijo que se iba a dormir —anuncié.

—Así es.

—¿Y te comentó algo?

—Tuvimos una pelea. Bueno, en realidad me mandó a tomar por culo porque yo llevaba puesto uno de sus tops favoritos, pero fue una chorrada, desde luego no para que huyera al desierto, ni nada de todo eso que dicen por ahí.

—¿Dónde están sus cosas? —pregunté—. Supongo que entrarías en su cuarto y te las guardarías antes de que se las llevaran los demás...

—¡Claro! —espetó Amy—. ¡Lo intenté! Tori trabajaba en la parte oeste de la mina.

No me enteré de su desaparición hasta el día siguiente.

Habíamos discutido por el top la noche del viernes, así que, al día siguiente, el sábado, cuando la busqué y no la encontré, pensé que estaría todavía enfadada y que me estaría evitando, escondiéndose de mí para no hablar del tema.

Pero como el domingo por la mañana seguía sin verla por ningún lado, pregunté por ahí.

Nadie sabía nada. Llevaba desaparecida un día entero.

Cuando fui a buscar sus cosas ya se las habían llevado.

—Parece que aquí todo el mundo está deseando quedarse con las cosas de los demás —dije—. No entiendo por qué, con lo que os pagan no creo que no os podáis comprar lo que necesitéis.

—Porque este sitio es una puñetera isla, tía —respondió Amy—.

Como se te olvide guardar los calcetines en la maleta cuando llegas desde Sídney, Darwin o de donde coño seas, ya la has liado.

¡No hay un solo sitio por aquí para comprarte otros!

Si para conseguir una puta cajetilla de tabaco hay que hacer media hora en coche hasta el pueblo y otra media de vuelta.

—Pero si yo he visto una máquina expendedora en el edificio de administración... —terció Whitt—. ¿Ahí no hay tabaco?

—No. En cuanto ponen tabaco en la máquina, Richie y sus tipos van y lo compran todo y luego lo revenden al doble.

Así que en cuanto aparecen los de la empresa a reponer, vamos todos a comprar.

Aquí las cosas tienen mucho más valor. Ni os imagináis el precio que hay que pagar por unos tampones si te los dejas en casa. ¡A veces hasta tres veces más!

—¡Qué locura! —exclamó Whitt.

—¿Sabes qué cosas se han llevado de Tori? ¿Por casualidad no andará por aquí todavía su bolso o el móvil? —pregunté.

—Ni idea, pero he visto a una de esas zorras asquerosas usando un móvil que se parece mucho al de mi hermana. Pero seguramente le habrá cambiado la SIM y no habrá forma de demostrar que es el suyo.

Whitt se acercó al final del túnel, cogió la caja de madera y se la dio a Amy, evitándome así tener que hacer el tercer viaje cargada con bombillas fundidas. «¿No tenía la espalda fastidiada?», pensé.

—Yo que vosotros vigilaría bien a esas tías —dijo Amy—. ¡Esas malditas desgraciadas!

—Pues a mí me han parecido muy amables —repuse.

—Sí —resopló Amy—, se les da muy bien hacerte creer que te han hecho un favor. Si se han dignado a hablar con vosotros, será para enterarse de lo que sabéis.

—¿Y a ellas qué les importa? —soltó Whitt.

Amy se detuvo apuntándonos con la bombilla que llevaba en la mano y dijo:

—Hace tres o cuatro meses un tío, de los de ingeniería, se folló a una de esas chicas y no pagó.

Oí decir que las bilbis lo agarraron entre todas y se lo llevaron en coche al desierto, lo soltaron allí al amanecer en pelotas, sin zapatos ni nada.

El pobre tío regresó cinco horas después con quemaduras de segundo grado e insolación.

No parecen ser muy simpáticas, ¿no? —añadió meneando la cabeza.