27
De camino al sitio donde íbamos a encontrarnos con la hermana de Tori King, vimos a un grupo de activistas de EarthSoldiers al otro lado de la puerta principal, ondeando su horrenda pancarta. Whitt y yo los vimos acosar a los mineros que pasaban junto a la valla.
—Perdonad... ¡Perdonad...! ¿Qué planes tenéis para dentro de cuatro mil millones de años?
—inquirió una activista, siguiendo por la valla a un par de mineros—.
Porque, cuando activen el uranio que estáis sacando, ¡ese es el tiempo que vamos a tardar en volver a estar a salvo!
—Mientras los perseguía, sostenía en alto una pancarta que rezaba: «fukushima, nunca más».
Era una chica menuda, con una buena mata de rastas gruesas y largas de color púrpura—.
¿Cómo vais a compensar a los pueblos indígenas a los que habéis desplazado con esta mina?
¿Cuánto vale el patrimonio cultural que han perdido? ¡Eh! ¡Que estoy hablando con vosotros!
Llegó otro minero y los activistas abandonaron la cara de odio y se congregaron a su alrededor para hablar con él. Cuando cruzó la puerta, lo detuve.
—¿De qué va esto, tío? ¿Sois amigos?
—¿Amigos? —replicó—. No, no, ¡qué va! Le pedí prestado un mechero a Shamma la última vez que la vi y se lo estaba devolviendo.
—Pensaba que los mineros y los activistas os odiabais —dije—. ¿No os consideran el enemigo?
El minero les echó una mirada a los de EarthSoldiers, que habían empezado a gritar otra vez.
—No es eso —contestó—. A ver, estamos todos igual, ¿no? Atrapados aquí. Aunque no les guste lo que hacemos, a veces nos ayudamos, con hierba, tabaco y eso. Gritan mucho, les fastidia nuestro trabajo en la mina, pero no tienen nada contra nosotros.
—¿La directiva sabe que os lleváis bien? —preguntó Whitt.
—Supongo que no. Procuramos ocultarlo. Aunque lo cierto es que nos causan más problemas que otra cosa.
—¿Qué clase de problemas?
—Bueno, muchas veces organizan redadas nocturnas y se cuelan en el campamento, nos roban piezas de los camiones grandes, algo que tardamos semanas en reemplazar.
Otras veces bloquean los equipos con unas cadenas inmensas.
Te despiertas por la mañana y te encuentras media mina encadenada, y para cortar algunas de esas cadenas hacen falta horas.
Si lo hacen bien nos pueden tener parados el día entero.
—Ya... —comentó—. ¡Qué fastidio!
—A nosotros no nos preocupa. Nos pagan igual, así que, si la mina cierra, nos vamos al pub —dijo riéndose—. Son los jefes los que se cabrean.
—O sea, que lo de que os lleváis bien con los activistas es una especie de secreto entre mineros...
—Yo no diría tanto —contestó el otro, y miró de reojo a los de EarthSoldiers—. A ver, para un rato no están mal, pero la que los dirige está muy zumbada. Son un poco como los dingos. Se puede interactuar con ellos un momento, pero son peligrosos, tío. No te puedes fiar de ellos.
—¿Dónde vive esa gente? —preguntó Whitt—. Imagino que no estarán en el campamento...
—¡Qué va! —respondió el minero—. Viven en el desierto, en el desierto profundo —añadió señalando a lo lejos.
—¿Allá fuera? —murmuré y miré al horizonte.
A la luz del día parecía bastante inocuo, pero yo sabía que, en cuanto caía la noche, un paisaje que podía ocultar a una comunidad entera de personas se convertía en un lugar donde un joven minero, perdido o herido, se enfrentaba a una verdadera lucha por su supervivencia.