Nunca jamás (Harriet Blue 1) 26
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—O sea, ¿que tu madre era una yonqui?

—Cierra la boca, Whitt. Estoy cansada.

—Me ha parecido un poco raro que provocaras de esa forma a un tío tan chungo. No sé..., como si fuera algo personal.

—¡A saber quiénes son los tíos chungos en realidad!

—¿Cómo?

—Nada, olvídalo.

—Esta clase de tipos son de los que utilizan tus secretos en tu contra.

—Probablemente lo haga. Como todos.

—¿Qué quieres decir?

—Que como no te calles, te voy a ahogar con tu propia almohada. Estoy cansada. Duérmete.

El soldado sí sabía qué era lo que quería decir. La había visto cruzar el pub mirando de reojo las pantallas de televisión, con la cara que pone alguien cuyos temas personales están siendo utilizados de carnaza para los carroñeros.

La humillación era una herramienta excelente para el crecimiento personal, una especie de ritual que podía endurecer hasta al soldado más débil.

El recluta joven tenía múltiples ocasiones de decepcionar a su equipo, ya fuera llegando tarde al último punto de control del despliegue o teniendo la cama mal hecha durante una revista en el campamento base.

Su escuadrón había participado en la humillación ritual de reincidentes, de enclenques incapaces de adaptarse: al soldado que no tenía el uniforme en condiciones se le sacaba desnudo al patio del cuartel y se le daba una paliza; al que no iba limpio se le aplicaba una ducha con productos químicos desinfectantes y se le frotaba con una escoba; al que no era capaz de llegar puntual se le marcaba con una quemadura de cigarro por cada minuto que se retrasara.

Si tenía suficiente carácter, el soldado humillado aceptaba el castigo con el orgullo de un hombre al que se le había enseñado algo que jamás olvidaría.

¿Qué aprendería la inspectora Blue con los pecados de su hermano? ¿Qué haría ella cuando completara su ritual?

Eran las 2:27. El soldado se metió con sigilo en el cubículo de los inspectores y, metiéndose entre los dos catres, los observó en la oscuridad.

Harriet tenía el sueño del recluta novato, sin pesadillas, y dormía con su cuerpo enroscado en las sábanas y una mano sobre su pelo corto y moreno.

Se agachó a su lado para registrar su aroma y así poder detectarlo en el viento del desierto.

Olía ya a su nuevo entorno, al que se estaba adaptando como una auténtica guerrera.

El hedor a chamuscado de la mina, de los aceites quemados y del acero del suelo, habían impregnado su pelo, y su piel llevaba el perfume de la tierra, de las arenas tórridas y de las lluvias ya lejanas.

Iba a ser difícil darle caza cuando llegara el momento.

—Sam —susurró ella, y frunció el ceño, que relajó en cuanto se volvió a dormir.

El soldado sonrió de nuevo: le había robado un secreto.

Por el panel de corcho que había junto a la inspectora dormida vio caminar a una araña cangrejo gigante y detenerse a la tenue luz de la luna.

La cogió y la depositó con cuidado sobre la piel desnuda de Blue; luego observó cómo la delicada criatura discurría por el paisaje yermo de su cuello.