25
En la puerta del pub se amontonaban un grupo de jóvenes que no parecían mineros.
Muchos llevaban rastas, iban tatuados y estaban superbronceados.
Por como estaban vestidos podían parecer casi indigentes, si no fuera por el todoterreno con tecnología punta en el que se desplazaban, forrado de equipos de placas solares y aparatos de comunicación por satélite y unas enormes luces antiniebla.
En un lateral del vehículo, se podía ver un grafiti con el nombre de earthsoldiers.
Whitt se había acercado, y yo decidí guardarme lo que había visto sobre el inspector Ishmael Carmody; ya se lo diría en el momento oportuno.
—¿Quiénes serán estos payasos? —dije.
—Son activistas —contestó Richie, cuya pandilla había aparecido de la nada y se habían acercado a nuestro coche. Apoyándose en la puerta del conductor, con los brazos cruzados, continuó—. No te metas con ellos, pajarita. Son unos tíos raros.
Los activistas desplegaron en el lateral del todoterreno una pancarta enorme que decía: «el dinero no vale para nada en un holocausto nuclear», con fotos en blanco y negro de Chernóbil.
Al girarme, vi que Richie se había acercado y que tenía su hombro casi pegado al mío, mientras sus hombres habían rodeado a Whitt.
—Gracias por el consejo, Robin Hood, pero, si vas a seguir hablando, tómate una pastillita de menta —le dije limpiando el aire con la mano.
—¿Tu madre no te enseñó educación, señorita policía? —me soltó.
—Era puta y yonqui. La educación escaseaba.
—¿Ves?, eso era lo que quería oír —contestó Richie—. La mía también era fulana. ¡Ya tenemos algo en común! Cuéntame más.
—¿Qué pasa, tienes ganas de charla? Pues hablemos —terció Whitt, y me sorprendió su súbita rotundidad.
Se acercó de una zancada y se puso entre Richie y yo. El otro sonrió de oreja a oreja. Llevaba dos dientes de oro en la parte inferior de la boca.
—¿Qué le pasa a este maricón? —me dijo señalando a Whitt con el pulgar. La sonrisa se le había esfumado—. Mira, tío, eres gracioso, pero va a ser mejor que te esfumes ahora mismo.
Richie empujó primero; Whitt, después, más fuerte. Yo me aparté y dejé que se pegaran.
—Confío en que no le hagas daño a este pringado, Richie, porque viene conmigo —repliqué.
—Se me pone chula, la pajarita —dijo mirándome—. Como todas las polis, que por maltratar a un puñado de patanes de ciudad ya os creéis unas tías duras. Y si hago esto, ¿qué? —dijo, y agarró a Whitt por la nuca.
Forcejearon y Whitt recibió un buen puñetazo en el estómago.
Cayó al suelo, tosiendo. Richie vino hacia mí, echándose hacia atrás su pelo lacio.
Entró en el cuadrilátero imaginario que yo había dibujado a mi alrededor.
Sacudí los hombros para relajarlos y me chasqué el cuello hacia el lado izquierdo, el que solía tener siempre tenso.
«Manos arriba, cabeza abajo. Respira, tigresa.
Acuérdate de respirar». Levanté las manos, escondí la cabeza detrás de ellas y me puse en posición de combate.
—¡No te lo pierdas! —exclamó Richie riendo—. ¡Si es Rocky!
Mientras canturreaba el famoso tema de la película, me abordó, cometiendo uno a uno todos los errores de principiante: cara sin cubrir, cuerpo erguido, pies muy separados... con las manos abiertas para darme un bofetón. Aunque el peor fue infravalorarme.
Me acerqué, y en cuanto estuve a una buena distancia, le asesté un derechazo en la mandíbula. Con el puño izquierdo bien cerrado me cubrí la nariz, bajando la barbilla hacia el pecho. Retrocedí y me quedé dando pequeños saltos en el sitio, luego me abalancé de nuevo sobre él.
—¿Qué cojon...?
Los dos izquierdazos que le di en la nariz le impidieron terminar la frase.
Me aparté y seguí dando botes mientras él, tambaleándose, caía de espaldas.
La sangre le taponaba la nariz. Ataqué de lado y le di fuerte en las costillas.
«No te pases —me dije—. Tranquila, no le hagas daño.
No es más que un imbécil». Podía matar a aquel tipo de un solo puñetazo.
Debía contenerme. Su cuadrilla lo animaba.
Vino a por mí rabioso, y me lanzó un golpe con tanta fuerza que, de haberme acertado, me habría hecho volar por los aires.
Lo esquivé, me desplacé a la derecha, me acerqué y le di en la barbilla.
Oí cómo le crujían los dientes. Yo estaba de vuelta en el cuadrilátero y había perdido la noción del tiempo y del espacio.
Como cuando entrenaba con Pops, me movía por inercia.
Volvió a atacar. Lo esquivé. Me lanzó un golpe rápido.
Me agaché. Cada vez le daba más fuerte. Sabía que debía controlarme, pero tenía la cabeza en otro sitio.
Pensaba en Sam. «Por favor, dime que no has sido tú, Sam. Dímelo, por favor».
Oí gritos, sentí como varias personas me agarraban por los hombros, devolviéndome a la realidad. Los activistas y los colegas de Richie se habían metido a separarnos. Mi rival estaba en el suelo y la sangre le cubría los ojos y tenía la boca llena de arena.
—¡Zorra asquerosa! —aullaba—. ¡Que alguien sujete a esa zorra asquerosa!
Abriéndome paso entre la multitud, me acerqué hasta Whitt. Había un montón de gente asomada al ventanal del pub.
—Más vale que nos vayamos —le dije—. Creo que por hoy ha sido suficiente.
En su semblante pude ver la decepción de un hombre que ha sido puesto en evidencia por una mujer.
Lo había visto muchas veces a lo largo de mi carrera.
Se sentó al volante del coche y yo me instalé en el asiento del copiloto mientras la cuadrilla de Richie pateaba las puertas y aporreaba las ventanillas.
Cuando arrancamos, vislumbré el titilar de una luz en el desierto, un puntito en la negrura. Intenté calcular a qué distancia estaría, pero íbamos muy rápido. La luz parpadeó y desapareció según nos adentrábamos en la oscuridad de la noche.