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Gabe me sugirió que charlara con las bilbis del campamento, porque a lo mejor habían oído hablar de las desapariciones en sus momentos de intimidad con los mineros, así que salí al porche, donde se agrupaban las prostitutas, dejando atrás la exclusiva sobre mi vida en horario de máxima audiencia.
—Buenas noches, señoras. Inspectora Harry Blue, de la Brigada de Delitos Sexuales... y de la de Personas Desaparecidas, en este momento. Homicidios quizá, la verdad es que ya ni lo sé.
—Aaah, ¡hola! —gritó una de las chicas, una pelirroja de labios carnosos—. ¿Homicidios, has dicho? ¡Qué emocionante! ¿Quién ha muerto?
—Danny Stanton, Jaymee. ¡Jooder! —dijo otra de ellas dándose una palmada en la frente—. ¡Si no se habla de otra cosa en el campamento...! Esta es que vive en su mundo, la pobre.
—¿Quién es Danny Stanton? —preguntó Jaymee extrañada—. ¿Era mono?
—Está muerto, cielo —tercié yo—. Ahora mismo es tan mono como un montón de gusanos. Quiero saber quién lo mató si es que lo mató alguien. ¿Os importa que os haga unas preguntas, chicas?
—¡Pues igual, esta es la primera vez que no me va a importar! —respondió Jaymee—. ¡Qué pasada! Nunca había sido testigo. Pregunta lo que quieras.
—¿Conocíais bien a Danny?
—No —contestó una chica alta y morena. Llevaba en el cuello una cadenita de plata con su nombre escrito en cursiva: Beth .
La vi tan ancha de espaldas y con un rostro tan anguloso que me pregunté si sería trans—.
Stanton era un mojigato de narices. Demasiado joven para ser cliente nuestro.
Lo intentamos igual, ¿eh? Siempre lo intentamos.
—¿Tenía algún enemigo que vosotras sepáis? —Negaron con la cabeza—. ¿Y estos dos? Hon Lu y Tori King —pregunté enseñándoles las fotos.
Jaymee hizo un aspaviento.
—¡Esa es la zorra que me robó el alisador de pelo!
—La zorra que te lo robó soy yo, lerda —espetó otra.
—Ah, vale.
—Oye, estás muy buena para ser poli —me dijo la alta, Beth, acariciándome el brazo—. Te podrías forrar por aquí. ¿Llevas esposas?
—Ahora mismo ya tengo un puesto de trabajo remunerado, gracias, pero, por favor, tenme informada de futuras vacantes —repliqué.
—¡Qué pena! —dijo mientras seguía acariciándome.
—Oye, no tengo ni un solo sospechoso para este caso —continué, apartándole los dedos con las fotos—. ¿A quién más debería investigar? ¿Hay alguien en el campamento que os parezca violento?
—Uy, hay mucha violencia por aquí —suspiró Beth—. Algunos de los mineros son antiguos soldados. Están acostumbrados a resolver los problemas a puñetazos.
—Además, el campamento es un sitio ideal para encontrar trabajo nada más salir de la cárcel —terció otra de las chicas—. Hacen bastante la vista gorda con los antecedentes penales, así que algunos aquí son expresidiarios. No les importa si viene la peor bazofia.
—Son un poco raritos, los expresidiarios —dijo Jaymee—. Les gustan los jueguecitos: yo hago de preso y tú de guardia. ¡Puf! Raro.
—¿Hay alguno que os incomode en particular? Aunque no sea expresidiario —pregunté.
—Bueno, Linebacker... —respondió una—. Lo que le hizo al dingo...
Se quedaron todas pensativas, con el semblante sombrío.
—¿Qué le hizo? —pregunté.
—Aaron Linbacher —me explicó Beth—. Todo el mundo lo llama Linebacker, como se llama a los defensas en fútbol americano, y tiene gracia, porque es bajito y escuchimizado, aunque con muy mala leche. Es el jefe de seguridad del campamento.
—Me parece que ya he tenido un encontronazo con él —reconocí.
—Sí, es un bicho raro —dijo Jaymee.
—Es el responsable de controlar la población de dingos que viven en las proximidades del campamento —continuó Beth—.
La idea es deshacerse de ellos, pero que no sufran.
Un disparo certero que acabe rápido con el tema.
El problema es que muchas veces los mineros les dan comida y los animales se acostumbran y, bueno, Linebacker tiene que matarlos.
Un día estábamos sentadas tranquilamente y oímos un disparo.
Luego vimos aparecer a un pobre dingo arrastrándose por detrás de los baños con las patas traseras reventadas.
Jaymee se encogió.
—Lo había dejado cojo, pero del todo, ¿sabes?
—Sí, ya me hago una idea. Para eso hace falta un arma de gran calibre —dije.
—No sé mucho de armas, pero nos quedamos todas muy impactadas. Luego vimos aparecer a Linebacker riéndose. Miraba al animal sin hacer nada, mientras el pobre bicho se arrastraba y aullaba e intentaba ponerse a salvo —continuó Beth—. Le pedimos que lo rematara, pero se negó. Le parecía divertido.
Busqué con la mirada a Whitt para comentarle la nueva pista, pero aún seguía dentro.
Por el ventanal pude ver que en la tele ya no hablaban de Sam, sino de una noticia local: le estaban dando un premio a un hombre corpulento, con bigote y vestido de policía.
En el destacado de la parte inferior se podía leer: «El inspector Ishmael Carmody y su compañero durante quince años, el inspector Matt Horner, reciben una medalla al valor».
Mientras veía en la tele hacerse pedazos la tapadera de mi compañero, el embustero salió del baño y me sonrió a través del cristal.