Nunca jamás (Harriet Blue 1) 23
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Gabe miró a Richie por el ventanal.

—¿Richie? Es el camello del campamento —contestó.

—¿Tenéis un camello exclusivo para el campamento?

—Bueno, hubo más de uno en el pasado, creo —respondió Gabe—, pero las rivalidades eran complicadas. Que haya uno solo lo hace todo más práctico y menos problemático. Cuando hay más, la cosa se pone chunga.

—¿Y cómo es que la directiva lo permite?

—A ver, siempre va a haber alguien que consuma —replicó encogiéndose de hombros—.

Esto es así. Si no hay alguien que les pase la droga aquí, se la van a traer en avión, y de ese modo es más probable que el campamento pierda mineros por detenciones policiales y que la mina llame la atención más de lo necesario.

—Entonces, ¿la directiva lo aprueba? —preguntó Whitt.

—No es que «lo apruebe», pero tampoco lo impide. Esto ocurre y ya está, y va a seguir ocurriendo, les guste o no. Si coges a un puñado de tíos, los aíslas y no les das absolutamente nada que hacer en su tiempo libre, se van a drogar seguro. Pasa en el ejército, pasa en la cárcel...

—Richie y su cuadrilla nos pararon en la carretera, a la entrada de Bandya —dijo Whitt.

—Ah, sí, lo suelen hacer. La famosa «bienvenida de los forajidos del desierto».

He oído decir que si pillan a algún turista le roban, pero si son personas que vienen al campamento, por lo general, las dejan en paz, aunque les dejan claro que aquí nadie puede venir a meterse con ellos.

Richie debió ver que ibais para la mina...

—No, lo que vio fue que somos polis —repuse yo.

Gabe rio.

—¡Menuda situación!

—Pues sí. ¿Conoces bien a ese tío?

—No, no me relaciono con él. Ya soy mayor para esas mierdas, y tengo demasiada responsabilidad.

Un boletín de noticias interrumpió la emisión del partido y el verde del campo fue reemplazado por el gris de la mesa del estudio del informativo. Whitt dejó la copa, se levantó y se encaminó hacia el baño.

La primera noticia era sobre Sam. Me daba pánico mirar, así que cerré los ojos y escuché: «Esta noche les traemos una exclusiva de Network Ten.

Ha aparecido más información sobre el oscuro pasado de Samuel Jacob Blue —dijo el periodista—.

Hablaremos con una familia que acogió durante bastante tiempo a Blue y a su hermana.

Ellos nos revelarán la traumática infancia que sufrieron ambos al cuidado del estado».

No pude resistirme y abrí los ojos. Vi fotos nuestras de niños jugando en el jardín de alguna de las familias de acogida.

No recordaba por cuántas casas habíamos pasado después de que nos sacaran de esa cueva asquerosa donde vivíamos con nuestra madre.

En pantalla apareció por un segundo una imagen de ella, y a pesar de que intenté reconocerla, lo cierto es que solo conservaba un vago recuerdo de brazos escuálidos y labios incapaces de vocalizar.

Yo tenía tres años cuando nos llevaron los de servicios sociales y Sam, siete. No conocimos a nuestro padre.

El viaje al pasado que experimenté en treinta segundos con esos titulares me dejó helada.

En el pub todo el mundo estaba pendiente de mi historia, de mi vida privada.

Por suerte, no tenían fotos mías recientes y nadie parecía relacionar el apellido conmigo.

Sabía que era cuestión de tiempo que ataran cabos.

Miré a Gabe y vi que no estaba prestando atención a la tele porque estaba mirando a Richie y a su cuadrilla por el ventanal. El sol del atardecer que se filtraba en el interior del local resaltaba el rojo oscuro de su cabello. Sentí un cierto alivio. «Por suerte no sabe quién soy», pensé.