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Cogimos una mesa en un rincón del pub, que estaba atestado de gente, cada uno con su copa de vino.
El establecimiento, uno de los tres edificios que conformaban la localidad de Bandya, estaba bien equipado, con televisores enormes donde se veía el fútbol, sofás cómodos y máquinas expendedoras repletas de chucherías no disponibles en la mina.
Los precios eran de infarto. Me remordía la conciencia gastarme en una copa lo que habría costado una botella en Sídney.
Aunque lo cierto es que la inquietud que sentía no tenía tanto que ver con eso.
Era una especie de nerviosismo en la boca del estómago.
Me sentía vigilada, y esa sensación era probablemente mi instinto natural que me advertía sobre el traidor con el que convivía, el desconocido que se hacía pasar por mi compañero.
Me había desaparecido una caja de antiinflamatorios de mi neceser.
Sabía que la tenía al llegar al campamento.
Al ser una boxeadora veterana con un par de peleas muy duras a mis espaldas, sufría las típicas molestias y los dolores habituales de las articulaciones maltratadas.
Cuando llovía, me mataban las muñecas y los nudillos, y los codos y las rodillas se me inflamaban.
El dolor podía aparecer en cualquier momento.
Las pastillas eran con receta, así que estaba cabreadísima con quien me las hubiera quitado, porque no había forma de poder comprarlas, y menos aquí, en el culo del mundo.
Llegó Gabe Carter, se instaló junto a la barra con unos amigos y se puso a ver el fútbol con una cerveza en la mano. Uno de sus colegas hizo una broma y en el rostro de Gabe se dibujó una sonrisa amable.
—Bueno, vamos a ver... —le dije a Whitt—. Desglosemos todo este asunto de los mineros desaparecidos. —Extendí por la mesa las fotos de Danny, Hon y Tori—. ¿Qué tenemos?
—Si lo que buscamos es un patrón, no hay gran cosa —contestó Whitt—.
Hon era vietnamita, pero los otros dos no, con lo que queda descartado el móvil racial.
No hay patrón de género, ni rango de edad.
Tori tenía diecinueve; Danny, veintiuno; y Hon, treinta y uno.
Tampoco hay semejanzas en su pasado ya que Hon era de familia adinerada, Danny era el típico chico de clase trabajadora y Tori venía de una larga estirpe de estafadores que vivían de los subsidios sociales.
—¿Has investigado a las familias? —pregunté.
—He llamado a la de Danny y a la de Hon esta tarde —contestó Whitt—. Están destrozados, como es lógico. No he encontrado un número para llamar a los padres de Tori. Habrá que pillar a su hermana mañana y sacarle lo que podamos.
—¿Alguna de las familias ha mencionado algo sobre el estado de ánimo de sus hijos la última vez que hablaron?
—Los padres de Hon me han dicho que era bastante reservado, con lo que, aunque tuviera algún problema, no lo habría comentado con ellos.
La hermana de Danny me ha comentado que parecía nervioso, pero que no sabe por qué.
No le mencionó nada en concreto. Le he preguntado qué piensa que podrían significar las palabras del cuaderno... No tiene ni idea.
Gabe se acercó a nuestra mesa, se sentó a mi lado y recolocó las fotos de los mineros desaparecidos para poder verlas mejor. Por el ventanal que teníamos al lado vi a Richie junto a un extremo del edificio con dos de los miembros de su cuadrilla, fumando bajo las luces del porche.
—¿Qué novedades hay, equipo? —preguntó Gabe.
—Lo que hay es deprimente —contesté—. No sabemos cómo murió Danny.
Tampoco si Hon y Tori están muertos. Esperamos un informe de la Científica, que nos llegará de Perth, y los registros del móvil, el correo electrónico y la cuenta bancaria de cada uno, que nos van a mandar de Sídney, pero ahora mismo no tenemos ni cadáveres ni sospechosos.
—Vaya —dijo Gabe.
—Y hablando de posibles sospechosos —dije y, girándome, señalé a Richie por la ventana—. Quiero que nos cuentes lo que sepas de ese tío de ahí fuera.