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El soldado estaba sentado en el compartimento posterior de la camioneta sedán, encajado entre la segunda y la tercera fila de asientos, con las piernas estiradas y las manos en el regazo.
Era fácil recordar las estrategias que había utilizado en los prados de las afueras de Kabul, cuando hacía guardia en el campamento durante las noches sofocantes.
En las películas, los centinelas se paseaban, fumaban, hablaban, pero, en la vida real, un buen soldado se escondía como una serpiente y era igual de letal.
Clavado en el sitio, con las manos pegadas a los muslos y la cabeza alta, se quedaba quieto explorando el horizonte, pendiente hasta del movimiento más insignificante.
No meneaba la cabeza, salvo en caso de necesidad.
Sus brazos permanecían inertes; su respiración, rítmica. Era una estatua.
El sudor le caía por las sienes mientras se mantenía atento a los ruidos del exterior, hasta que pudo escuchar los pasos firmes de los dos inspectores acercándose.
Luego, el coche se movió ligeramente cuando se subieron.
Estaban a menos de un metro de donde él estaba agazapado.
El vehículo se puso en marcha y el soldado cerró los ojos y se concentró en el sonido que hacía la respiración de la inspectora, podía oírlo a pesar del ruido que producían las ruedas.
Al escuchar su voz, el cuerpo del soldado se contrajo, pero no se movió.
Recordó estar tendido en el desierto de Janda, a la sombra de un árbol, aniquilando con su Barrett a jóvenes que descendían por la loma.
A pesar de que unas enormes hormigas negras se escurrían por sus pies y trepaban hasta su nuca, a él no se le movía un músculo.
El don de la quietud también era bueno para la lucha cuerpo a cuerpo.
En las noches en las que recorrían con su escuadrón las calles de Peshawar en misiones de reconocimiento individuales, él había derribado a un montón de enemigos con sus propias manos.
En esas situaciones, en las que se encontraban rodeados y vigilados por todos lados desde las azoteas, era imposible utilizar armas.
La única opción eran las muertes silenciosas.
Él había introducido en su unidad el método del garrote.
Bastaba con pasar una brida de plástico por la cabeza del enemigo y tirar con fuerza, de manera muy rápida, y comprimir la tráquea hasta que el aire, atrapado en los pulmones, saliera en forma de aullido.
La muerte por estrangulación solía ser escandalosa y dramática.
Lo difícil era lograr tumbar al enemigo antes de que saliera corriendo para poder apretarle el cuello con determinación, pero si conseguían hacerlo, y así se lo había transmitido a su comandante, la víctima se centraba más en intentar respirar que en huir.
El soldado escuchó la conversación de los inspectores e imaginó qué ocurriría si saltaba por encima del asiento y le pasaba una brida por el cuello al inspector Whittacker.
¿Qué haría la inspectora Blue? ¿Ayudarlo o tomar el mando del vehículo?
¿Qué vida antepondría? ¿La suya o la de su compañero?
«En tiempos de guerra, las lealtades son curiosamente cambiantes», se dijo el soldado.