Nunca jamás (Harriet Blue 1) 20
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En un armario del edificio de administración se acumulaban montones de objetos abandonados en estantes etiquetados con la fecha de recepción.

La más antigua era de hacía seis semanas, y no tardarían en deshacerse de ellos.

No había nada de Hon. Empecé a sacar cosas de los estantes más recientes, las extendí por el suelo y me puse a clasificarlas.

Detecté patrones en lo que los mineros dejaban en el campamento: las mujeres, ropa interior, camisetas y productos de belleza; los hombres, revistas, material deportivo, calzado...

Había excepciones: un Monopoly que Whitt estuvo un buen rato curioseando, una trompeta y papel de papiroflexia.

Cogí un cuaderno de una estantería fechada dos semanas atrás y lo abrí. No llevaba nombre, pero reconocí la caligrafía cuadrada y extraña de los impresos de instrucción de seguridad que Danny se había dejado en su barracón.

—Esto es de Dany —dije, y me senté. Whitt se acuclilló en el suelo polvoriento, a mi lado, para no ensuciarse los pantalones.

Noté en la yema de los dedos ese cosquilleo de cuando crees haber descubierto algo importante y la adrenalina subiendo por mi garganta.

Todos los polis lo viven en algún momento.

Miran al asesino a los ojos, encuentran el cuchillo ensangrentado...

, y un subidón les corre por las venas y los coloca como una droga.

Las primeras páginas eran anotaciones sobre protocolos de seguridad de los primeros días en el campamento.

Luego había una especie de listas de puntuaciones con iniciales al lado de algo que podrían ser clasificaciones de fútbol.

Había también un dibujo tosco de un minero fumándose un porro y las inevitables páginas de bocetos de mujeres desnudas típicas de cualquier jovencito.

Casi que parecía que Danny apenas había salido de la adolescencia.

Y luego, en la última página, una fila de palabras: «asesino, oscuro, cazador, venganza».