Nunca jamás (Harriet Blue 1) 19
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Echamos un vistazo a los cuartos de Tori y de Hon y encontramos los mismos indicios de saqueo.

En el caso de Tori, que no compartía cuarto con nadie, le habían dado la vuelta a los cajones y estaban tirados en el suelo.

Lo único que quedaba de esas chicas eran algunas cosas sin ningún valor, unos cepillos, fotografías y papeles.

Recogí las fotos y las guardé junto con las de Danny.

Camino del edificio de administración llamé a Pops.

Reduje el paso de manera que Whittacker se me adelantara mientras atravesábamos el parque de maquinarias.

Mientras esperaba que me atendiera el teléfono en Sídney vi a dos jóvenes mineros abrazándose, escondidos entre las enormes excavadoras.

Sus cascos se chocaron al darse un beso.

—Blue... —contestó el comisario.

—No sé a qué clase de infierno me has mandado, Pops, pero esta vez te has superado —le solté.

—Hola para ti también —respondió.

—Aún no tengo claro si es un zoológico o un instituto.

No hay nadie aquí que supere los treinta años.

Se pasan la noche escuchando una música de mierda y no tienen ningún interés en lo que ha pasado con sus compañeros desaparecidos.

De hecho han desvalijado los cuartos de las víctimas.

Todos los hombres van hasta las cejas de porno y de drogas, y duermo tan cerca de mi compañero que podría chocar los cinco con él desde la cama.

—¿Alguna otra queja?

—La comida es un asco. Y estoy viendo... estoy viendo unas mierdas muy raras sobre Sam en las noticias.

En ese momento la chulería desapareció y se me quebró la voz al decir el nombre de mi hermano. Whitt, que caminaba unos metros delante de mí, se volvió para mirarme con disimulo, y yo le di la espalda.

Me había pasado la mañana deseando poder llamar a Sam, imaginando que me diría «No he sido yo, Harry.

Se están equivocando». Ansiaba oír a mi hermano decir aquellas palabras, que se declarara completamente ajeno al monstruo retratado en la portada de los periódicos.

«Dime que no atacaste a esas mujeres, Sam.

Dime que no fuiste tú quien las secuestró, las torturó, las violó.

Dime que no andabas persiguiéndolas, que no eres lo que dicen».

—Tenemos otras tres mujeres jóvenes que han declarado contra tu hermano —dijo Pops—.

Aseguran que hasta ahora no se habían atrevido a decir nada, pero que, al verlo en la portada del periódico, lo han reconocido.

Le acabamos de tomar declaración a la tercera.

Anoche nos llevamos del apartamento de tu hermano algunos objetos de interés.

Se han tomado muestras de ADN tanto de Sam como de las mujeres que lo acusan.

Estamos organizando el material para presentar cargos de manera oficial.

Ahora mismo todo está en trámite. No puedo contarte más.

—¿Quiénes son esas mujeres? ¿Qué es lo que dicen?

—Blue, ya te he dicho que no puedo contarte más.

—Quiero hablar con él —dije—. Y también con su abogado y ver la documentación del caso que ha preparado Nigel. ¿Quién representa a Sam? Dame su número.

—Harriet, en lo que respecta a este caso, eres miembro de la familia del acusado.

—¡Soy su única familia!

—Escúchame. Eres familia y eso significa que no eres poli —dijo Pops—. No puedes exigir hablar con nadie. No puedes pedir ningún dosier. Debemos preservar la integridad de la investigación y eso quiere decir que tienes que hacer lo que hacen todos los civiles.

—¿Hacer? Si no puedo hacer nada. Me tienes aislada en el puto culo del mundo.

—Precisamente. Y me alegro de que así sea.

Porque, si estuvieras aquí, andarías reventando puertas a patadas y liándote a puñetazos con los periodistas —dijo.

Y tenía razón. Luego, agregó con un tono más tierno—: Te llamo en cuanto me permitan que te pongas en contacto con Sam o con su abogado. Te lo prometo, ¿vale?

Pedí el número de teléfono, el correo y el extracto de la cuenta bancaria de Hon, Danny y Tori, y oí al comisario anotar mis peticiones.

Los sonidos que escuchaba de fondo eran los típicos, y los mismos de mi oficina: llamadas telefónicas y susurros.

Si hubiera estado en Sídney, las últimas veinticuatro horas habrían sido de lo más agitadas y eso me llenaba de rabia.

Me había mordido las uñas hasta destrozármelas.

Vi a Whittacker parado en los escalones del edificio de administración, mirando la inmensa grúa que señalaba el centro del campamento, una estructura de catorce pisos de altura capaz de levantar barracones enteros y llevarlos de un lado a otro.

—Una cosa más antes de que cuelgues —le dije al comisario—. ¿Nigel ha mandado a alguien a que me vigile?

—Le he dado a Nigel libertad absoluta en este caso, Blue —contestó—. Sus maniobras de vigilancia son cosa suya.

«O sea, que sí», pensé.