Nunca jamás (Harriet Blue 1) 18
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Gabe nos dejó a la puerta del barracón de Danny Stanton y se fue en una furgoneta.

Yo habría querido hacerle más preguntas sobre la clase de personas que rondaban el campamento sin ser mineros (Richie y su cuadrilla, las bilbis...), pero debía volver a trabajar, tenía un día ocupado y los directivos se negaban a prescindir de él para que nos ayudara.

Lo vi alejarse en la furgo, con la luna trasera rajada y sucia de polvo.

Whitt ya estaba sudando con aquel calor seco y agitaba su camisa para ventilar la zona del pecho que le quedaba demasiado ajustada.

—El Triángulo de las Bermudas de los mineros —dijo, contemplando el horizonte rojizo, solo interrumpido por matas de plantas desérticas espinosas—. No sé dónde me gustaría morir, pero te aseguro que ahí no.

—No está claro que Hon y Tori fueran allí —contesté—. Voy a pedir a Sídney que les investiguen la cuenta bancaria, el móvil y el correo electrónico.

—Buena idea. Que añadan a Danny a la búsqueda, ¿no? A ver con quién se relacionaba en los días previos a su desaparición —propuso Whitt—. Quizá comentara con alguien lo que tenía pensado hacer.

Entramos en el barracón que estaba dividido en tres, como el nuestro.

En los cuartos de la derecha y del centro no había nadie, solo fotos familiares, cuadrantes de trabajo e imágenes de mujeres desnudas pinchadas en los tablones de corcho.

En el cuarto de la izquierda, en cambio, encontramos a un minero tumbado en el catre, leyendo una revista de coches con los auriculares puestos.

Por encima de su cabeza, colgaba un póster de una rubia desnuda, despatarrada y acariciándose sus partes íntimas depiladas.

—¡Qué monada! —dije. El joven minero se incorporó y se quitó bruscamente los auriculares—. ¿Esa es tu hermana? —le pregunté señalando el póster.

—¿Qué? No. ¿Quién coño eres tú?

—Soy la inspectora Harry Blue, de Delitos Sexuales, y este es el inspector Whitt, de Orden y concierto. —Whitt suspiró—. ¿Este es el catre de Danny Stanton? —le dije a la vez que señalaba la cama vacía.

—Lo era.

La cama de Danny era idéntica a la mía. Había fotos en las paredes y una marca grande donde probablemente había habido un póster.

A los pies de la cama vi un mueble de plástico blanco con cajones como el que se facilitaba a todos los mineros.

Lo abrí, estaba casi vacío también. Quedaban algunas cosas sueltas: algunas hojas impresas con instrucciones de seguridad, un lápiz, unas gomas y un envase de desodorante vacío.

—¿Dónde están todas las cosas de Danny? —le pregunté a su compañero de cuarto.

—Ya estaba así cuando llegué —respondió el joven—. Yo no he tocado nada.

Esperé un segundo a ver si el chico cambiaba de actitud. Como parecía que no tenía intenciones de colaborar, me acerqué de una zancada, lo agarré del pelo y lo levanté de la cama.

—¿Dónde... están... todas... sus... cosas?

—¡Harry! —me gritó Whitt cogiéndome del brazo.

—¡Juro que ya no había nada cuando llegué aquí! —lloriqueó el joven—. Si te largas, los demás se pueden quedar con tus cosas. Son las normas. Lo que te dejas aquí, no es de nadie. Cuando se supo que Danny había muerto, limpiaron el cuarto.

—¿Quién?

—¡Todos! —Se retorcía, intentaba zafarse de mí—. ¡Cualquiera! ¡Entra y sale gente de la mina a todas horas! Cuando se vuelven a casa, se dejan ropa, revistas y mierdas y, si vale, la gente se lo lleva.

—¿Tú te llevaste algo?

—¡No! ¡Sí! ¡Joder, sí! Me llevé el iPod —confesó señalando con la mano el dispositivo que tenía en la cama—. Y unas revistas guarras. Y un par de camisetas.

Le tiré aún más del pelo.

—¿Qué más había ahí? ¿Qué se llevaron los demás?

—El móvil y la cartera estaban aquí —jadeó el minero—. Se los llevó alguien. También había algo de dinero y unos libros.

—¿Quién se llevó la cartera y el móvil?

—No lo sé.

Le aplasté el pie con la bota.

—¡Que no lo sé, joder!

—¿Y adónde ha ido a parar el resto de cosas que nadie quiso llevarse? —preguntó Whitt desde el umbral de la puerta.

—Estarán en Objetos Perdidos, supongo.

—¿Dónde está Objetos Perdidos?

—¡En el edificio de administración! ¡Para, que me haces daño!

Lo tiré al suelo de un empujón. Ya no había nada más que hacer allí, así que cogí las fotos de la pared y me las guardé en el bolsillo.

—Deshazte de eso —le dije al joven minero, señalando el póster de la mujer que presidía su cama—. No te conviene estar mirándole el «túnel del amor» a una chica todo el día. Puto grillado.

Quise cerrar de un portazo el barracón, pero Whitt detuvo la puerta.

—¿«El túnel del amor»? —dijo sonriendo.

—Estos tíos son como animales —dije mientras observaba a los mineros que deambulaban de aquí para allá—.

Desaparece un compañero unos días y le desvalijan el cuarto como buitres.

Supongo que harían lo mismo con los de Tori y Hon, con lo que tenemos a tres jóvenes desaparecidos y ni rastro de su estancia aquí.