17
Salimos con Gabe a la luz del día. El campamento era un hervidero de actividad: los mineros pasaban por delante de nosotros camino de la puerta principal, donde se estaban dando instrucciones de seguridad.
—En realidad, Hon Lu desapareció hace dos meses —dijo Gabe—, pero no lo he sabido hasta ahora. Igual que Danny, se fue una noche, sin más.
Me mostró una fotocopia de una foto de un joven asiático sentado a una mesa en lo que parecía la terraza de una cafetería. Una sonrisa tímida se ocultaba bajo una llamativa gorra con la bandera australiana, de esas que regalaban con el periódico en el Día de Australia.
—¿De dónde la has sacado? —le pregunté—. ¿Tienes el original?
—Hice una fotocopia de una que encontré en la pared del cuarto de Hon. Pensé que debía dejarlo todo como estaba. —Se revolvió incómodo—. Ya sabes, por si al final se descubre que es... eh...
—La escena de un crimen.
—Ajá —contestó Gabe, y miró a otro lado.
—¿Por qué has tardado dos meses en darte cuenta de que había desaparecido? —dijo Whitt—. ¿Era uno de tus chicos?
—Sí, era de los míos. Casi todos los miembros de mi equipo son de la construcción, pero también tengo unos cuantos de almacenes. Hon estaba a cargo de los almacenes de comida. Pregunté por él la mañana en que debía haberse presentado a trabajar y sus compañeros me dijeron que había desertado.
—¿Y por qué iban a decir algo así si no era verdad? —preguntó Whitt.
—Por aquí circulan los rumores a la velocidad del rayo. Puede que alguien diera por supuesto que se había largado y se corriera la voz.
—Al ver que no se presentaba a trabajar, ¿comprobaste si lo que decían los otros era cierto?
—Activé los avisos de búsqueda en el campamento. El sistema de avisos es para toda la zona, incluidas las minas. A veces esos chicos se emborrachan o se colocan en otro barracón y se quedan dormidos en el suelo; pensé que quizá estuviera tirado en algún lado esperando a que lo encontraran.
—¿Hon era de esos? ¿Ya había llegado tarde al trabajo en alguna ocasión por ese motivo?
—No, pero hay una primera vez para todo, imagino.
—¿Qué pasó con los avisos?
—Nada. Ni rastro de él. Alguien dijo que lo había visto ir al pueblo la noche anterior. Algunos van todas las noches. Se juntan varios y van y vuelven.
—¿Preguntasteis en el hotel del pueblo si se había alojado allí? —dijo Whitt.
—Sí, y allí no estuvo.
—¿Y luego qué? —quise saber.
—Me olvidé del asunto. Sé que fue una torpeza, pero estoy tan acostumbrado a que la gente se largue... —contestó Gabe contemplando el desierto rojizo con los ojos entornados y las manos en los bolsillos—. Esos jóvenes vienen a trabajar un par de semanas o meses y luego se esfuman de repente.
—¿Y no hay forma de localizarlos?
—Es como en cualquier otro trabajo: la obligación de la empresa de velar por sus trabajadores termina en cuanto abandonan el recinto de la mina. La directiva me lo dice a todas horas: si no están en la mina, no son problema tuyo.
—Ya —espeté—. Qué majos, ¿no?
—Bueno, solo les importa el rendimiento, como a casi todos los empresarios —dijo Gabe encogiéndose de hombros—.
Localizar a los mineros lleva mucho tiempo.
Los llamas y no lo cogen. Les mandas un correo.
Hablas con su mujer o su novia y no tienen ni idea de adónde han ido.
Te entra el pánico. Contactas con la policía, con sus padres, con sus amigos...
, y luego, cuando llevas cuarenta y ocho horas removiendo cielo y tierra, te enteras de que están en Darwin, en Fremantle o en cualquier otro puñetero sitio.
«Uf, es que me he hartado del trabajo, jefe.
No es para mí. Me he encontrado a unos antiguos colegas aquí en Freo y he estado emborrachándome con ellos, pero pronto vuelvo a casa». Las mineras son aún peor.
—¿Y eso? —preguntó Whitt.
—Los chicos, cuando se sienten solos, beben; las chicas buscan un tío que les haga compañía. Cuando rompen con el novio de aquí, del campamento, se van corriendo a casa sin decirle una palabra a nadie.
—Entonces, ¿cuándo tuviste la certeza de que Hon había desaparecido? —pregunté.
—Les creí a los chicos cuando me dijeron que se había hartado y se había vuelto a casa.
No llamé a nadie para comprobarlo; lo saqué de la nómina y reasigné su puesto y su catre.
Luego, dos meses después, me llamaron sus padres para decirme que estaban preocupados porque hablaban con su hijo cada mes y que aún no los había llamado, que no sabían nada de él.
Intenté localizarlo por el móvil, pero lo tenía apagado.
—¿Y dices que hay un tercer desaparecido?
—Sí. —Gabe me entregó otra foto, la de una jovencita menuda, pecosa y pelirroja—.
Tori King. Diecinueve años. Su hermana Amy está también en el campamento y lleva tres días dándole la tabarra a su capataz con lo de Tori.
Dice que ella jamás se habría ido sin decírselo.
El capataz hizo lo mismo que yo al ver que no se presentaba a trabajar: la buscó, no la encontró y no le dio mayor importancia.
Yo no me enteré de la desaparición de Tori hasta que empecé a preguntar a otros capataces.
—¿Qué le pasó a la chica? —preguntó Whitt sosteniendo una fotografía donde se la podía ver a la sombra de un barracón.
—Desapareció del campamento, no sé más. Fue al pueblo ese día, pero a las cuatro de la tarde volvió aquí y ninguna de las cámaras de seguridad de las puertas del recinto registró su salida.
—¿Dónde la vieron por última vez en el campamento?
—En la sala de descanso. Les dijo a los demás que se iba a la cama, salió a la oscuridad y se acabó. Ya no volvieron a saber más de ella.