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—¿ Fly-in fly-out ? —pregunté.
—FIFO, lo llaman —dijo Gabe—. Casi todos los turnos, o «tandas», son de tres semanas en el campamento y una en casa.
Apenas hay trabajadores fijos. Sale más barato organizar la mina así: que los mineros vengan en avión de las principales ciudades del país en vez de instalarlos aquí y crear una localidad minera en condiciones.
En la mina todo es temporal. Cuando se agotan los recursos, se traslada el campamento y punto.
—¿Y qué dijeron en el programa que perjudicara tanto a la mina? —quiso saber Whitt.
Asentimos con la cabeza.
—¿Qué crees tú que le ha pasado? —pregunté.
Whitt había sacado una libreta y estaba anotando lo que decía Gabe.
—No sé. No tengo ni la más remota idea. Por aquí hay muchos que piensan que se suicidó, pero yo no lo veo claro. —Se encogió de hombros—. Era un cabra loca.
—¿Hay muchos suicidios en el campamento?
—La vida aquí se presta a eso —contestó Gabe—.
El aislamiento, la soledad... Algunos de los chicos que he tenido a mi cargo me han confesado que se convierte en un círculo vicioso del que no saben salir.
Aquí les pagan muy bien, siempre hay trabajo y, si no quieren, no hace falta que gasten un solo dólar mientras están fuera de casa: el alojamiento, la comida, los uniformes...
, todo está pagado. Muchos se presentan al puesto sin ninguna experiencia.
Son chavales que no han terminado el instituto.
—Eché un vistazo alrededor. Tenía razón: buena parte de los mineros sentados a nuestro alrededor eran aún lo bastante jóvenes como para tener acné.
Uno que estaba cerca llevaba una ortodoncia completa—.
Algunos ya tienen familia propia —prosiguió Gabe— y, cuando ven la cuenta bancaria después del primer ciclo, se vuelven locos.
Se compran casas y coches grandes, y sus novias se empiezan a ilusionar y a tener bebés.
Al cabo de unos meses, los chicos se cansan y quieren dejarlo, pero sus familias los necesitan.
Tienen que hacer frente a unas hipotecas y unos plazos de pago del coche desorbitados.
Sus padres están orgullosísimos de su éxito.
Si se marchan de aquí, se enfrentan al doble de trabajo por un tercio del sueldo.
—Mucha presión —resumí.
—¡Ya te digo! —coincidió Gabe—. Además, no le cuentan a nadie lo perdidos que se sienten, claro, porque no quieren parecer unos niñatos. A veces todo eso se les hace un mundo.
Whitt alargó la mano, cogió el periódico y le dio la vuelta mientras Gabe hablaba, de forma que lo que quedaba a la vista era la contraportada, una página de deportes. Lo hizo rápido, con la intención de que nadie lo notara. Pero yo lo noté.
—La directiva de la mina no quería que se investigara lo de Danny —prosiguió Gabe—.
Yo no paraba de exponerles mi preocupación y ellos siempre me contestaban que se habría largado, que se habría vuelto majara y se hubiera adentrado en el desierto.
Es verdad que a alguno se le ha ido la pinza alguna vez.
Si se saltan unos cuantos viajes de vuelta a casa, les entra la claustrofobia. El aislamiento los desequilibra.
—¿Danny se saltó algún viaje a casa? —preguntó Whitt.
—No.
—¿Te dio la impresión de que el aislamiento lo estuviera afectando?
—No —repitió—. A mí no me lo pareció. Yo lo veía normal, contento. Soy como un padre o un hermano mayor para esos chicos. Enseguida noto si pasa algo. No paraba de decirles a los jefes que había que investigarlo, pero no conseguí convencerlos.
—¿Y qué ha cambiado?
—Que hemos perdido a otros dos mineros —contestó Gabe.