Nunca jamás (Harriet Blue 1) 15
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El comedor estaba formado por tres barracones unidos, atestados de mesas y sillas plegables.

Había grupos de mineros sentados aquí y allá, encorvados sobre el desayuno caliente que se servía en platos de plástico.

Fui directa a donde estaban los sobres de café y agarré un puñado, algunos de azúcar también, y los eché en el vaso. Con eso tendría un buen chute matinal.

Mientras abría un sobre de leche, noté una presencia a mi lado: un tipo bajito y fibroso de gesto duro y ojos pequeños.

Parecía que le habían quedado permanentemente entornados por aguantar, quizá durante años, el sol del desierto.

Una mano ajada me arrebató el recipiente y volvió a dejarlo de golpe en su sitio, pegado a la pared.

—¡La ración de café es de dos sobres al día! —me espetó malhumorado.

—¿Perdona? —repliqué.

En la chapa identificadora ponía linbacher. Su uniforme era distinto al de los mineros: no llevaba ni mono fosforescente ni botas cubiertas de polvo. Vestía una camisa blanca con pliegues planchados en la pechera. Supuse que era una especie de guardia de seguridad.

—Que la ración de café es... de... dos... sobres... al... día —repitió despacio, como si hablara con una cría—. ¿Eres corta o qué?

—No, es que...

—El personal de la mina tiene una ración diaria de dos sobres de café, dos de azúcar y dos de leche.

Tú estás «de visita», así que ni siquiera te correspondería una ración.

Estás provocando un déficit y, aun así, aquí andas, cogiendo lo que te apetece.

En este campamento recibimos víveres cada treinta días exactos.

Si todo el mundo coge lo que le da la gana, nos quedamos sin comida. ¿Es eso lo que quieres? ¿Eh?

—Sí, es lo que quiero —contesté hastiada—. Quiero que nos quedemos sin comida.

—No te hagas la listilla.

—Mira, tío, no estamos en Marte —le dije—. ¿No podéis ir a Bandya a por café si se acaba?

—¡No se trata de eso!

Se le empezaron a hinchar las venas de las sienes, así que decidí no seguir con la discusión. Como le diera un ataque por mi culpa, igual en el campamento no tenían raciones de medicinas suficientes para atenderlo. Sorbí el café todo lo fuerte que pude y lo dejé escupiendo su indignación.

La oferta de desayuno era del todo carcelaria.

Reconocí los huevos hechos con polvos rehidratados y las rebanadas de pan finas que había visto en mis visitas a la prisión de Long Bay para conseguir pistas en casos de violación.

Los tomates confitados nadaban en un agua tibia y, apiladas detrás de las bandejas de autoservicio, vi latas de alubias del tamaño de barriles de cerveza.

Linbacher me observó detenidamente mientras yo exploraba las opciones con mi triste plato de plástico en la mano.

Encontré a Whitt sentado a una mesa cerca de las ventanas, destapando un envase de granola gourmet con higos secos. Hasta tenía su propia leche pasteurizada en un minitetrabrik.

—Lo tuyo es increíble, Whitt.

—Evita la desesperación con preparación —me contestó.

—Apuesto a que esa frase la llevas tatuada en el culo.

Un minero se acercó a la larga mesa y dejó apoyado un diario de Perth. Alguien debía haber traído unos cuantos del pueblo. En la portada se podía ver una foto de Sam en una fiesta navideña de empresa con su sonrisa triste. De titular habían puesto solo una palabra: «monstruo».

Whitt empezó a tamborilear los dedos en la mesa. Antes de que me diera tiempo a descubrir por mi cuenta el origen de su inquietud, un hombre fornido vestido con uniforme de minero apareció a mi lado.

—¿Harriet y Edward?

—Los mismos —dije.

Me levanté y le tendí la mano al barbudo. Me dedicó una sonrisa amplia y amable. Tendría cuarenta y pocos, y era guapo, con esa especie de encanto bonachón de los granjeros y la gente del desierto.

—Soy Gabe Carter —se presentó—. Es a mi chico a quien buscáis.

—¿A tu chico? —preguntó Whitt.

—Bueno, ya sabéis, a veces tienes esa sensación —aclaró Gabe.

Se sentó a mi lado y dejó el casco blanco encima de la mesa—.

Yo era el capataz de Danny Stanton. Tengo a veinte chavales a mi cargo en la mina.

Trabajan para mí y me cuentan sus problemas, personales y de lo que sea.

Lo que necesiten. Soy su hombre de confianza.

Y voy a tener que ser el vuestro mientras estéis en el campamento.

—¿Y eso? —pregunté intrigada.

—Bueno. —Rio, y luego se puso serio—. Porque nadie os quiere aquí.