Nunca jamás (Harriet Blue 1) 14
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Había sido una noche ruidosa: ronquidos y toses al otro lado del panel de corcho, música de los otros barracones...

Pensaba que una ducha caliente me ayudaría a dormir, pero la experiencia me había dejado alterada y furiosa con quien fuera que me hubiera estado vacilando en la oscuridad.

Había pasado la madrugada viendo destellos de luz por el techo, donde una araña cangrejo del tamaño de mi mano permanecía inmóvil como una piedra justo encima de mi cama.

Whitt dormía de espaldas a mí y el cuello de su pijama azul marino asomaba por encima de la manta.

A las siete, me levanté de la cama. Iba solo en bragas y Whitt se atragantó al verme y se tapó los ojos.

—¡Hala!

—Son tetas. Ve acostumbrándote, compañero de cuarto —le dije.

Camino del comedor, donde íbamos a desayunar con nuestro contacto en la mina, Whitt me preguntó, con sutileza, si me pasaba algo.

Me había comportado de una manera muy desagradable con él, pero lo que estaba ocurriendo en Sídney con mi hermano no me dejaba pensar.

Me costaba muchísimo hablarlo. Esa mañana me la había pasado tirada en la cama, en silencio, leyendo las noticias en el móvil en busca de alguna novedad sobre Sam.

Whitt se había puesto a planchar las camisas que esos desgraciados de la carretera le habían tirado por el suelo.

Dos chicas habían informado de incidentes distintos y acusado a Sam de asaltarlas en el carril para bicicletas, no directamente en el área del río Georges, sino en la zona residencial de los alrededores.

Una de ellas decía que le había metido un palo en los radios de la rueda y la había arrastrado a los matorrales, mientras ella sangraba y gritaba.

Solo se atrevía a contarlo ahora que ya habían encontrado al culpable. Tenía dieciséis años.

—Ayer, cuando hablabas por teléfono, me pareció que la cosa no pintaba bien —dijo Whitt mientras nos dirigíamos al comedor—. ¿Te puedo ayudar en algo?

—No.

—¿Sam es algún amigo o...?

Me detuve. Por primera vez se me pasó por la cabeza que Whitt podía ser un infiltrado, enviado por el equipo de Nigel en Sídney para espiarme y averiguar si yo había estado al tanto desde el principio de los supuestos delitos de Sam.

A fin de cuentas, ¿cómo podía no haberme dado cuenta?

En teoría, yo conocía todos los rasgos de un depredador sexual.

Se supone que era experta en detectar a hombres con comportamientos peligrosos.

A lo mejor esperaban que intimara con Whitt y le confesara que lo sabía, pero que no podía delatar a la única familia que me quedaba.

Lo tenía allí plantado, mirándome. Tan considerado, tan cariñoso. Su interpretación resultaba convincente.

—¿De dónde dices que vienes? —pregunté—. ¿Con quién sueles trabajar?

—De Perth —contestó, volviéndose de pronto y reanudando la marcha.

—¿Y tu compañero?

—Ishmael... Carmody.

—¿En qué departamento estabas antes? ¿Quién es tu jefe?

—Vale, lo pillo —me resopló—. Era simple curiosidad.

—Hazme el favor de guardarte la curiosidad para ti, Whitt. ¿Entendido?

—Sin problema —respondió con un saludo militar.

Lo seguí por el campamento, viendo cómo caminaba delante de mí. Aquel interés suyo no era más que una treta, me dije. Por muy caballeroso que Edward Whittacker pareciera, yo sabía que no podía fiarme de él.