Nunca jamás (Harriet Blue 1) 13
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La guerra psicológica era casi tan esencial para el éxito como la física.

El soldado lo había aprendido durante la instrucción, al ver a los débiles caer a su alrededor y comprobar cómo se desmoronaba su ánimo con el peso del deber.

Una mente fuerte podía soportar la necesidad de comida, de comodidad o de alivio del dolor...

Hacía falta una mentalidad mecánica para funcionar de forma mecánica.

El miedo y la rabia eran las peores enfermedades.

En Afganistán, cuando atravesaban los pequeños pueblos de la provincia de Nangarhar, camino del oeste, su comandante le había ordenado más de una vez acceder por la noche a una población y secuestrar a alguna joven.

Luego, debía arrastrarla hasta el medio del desierto, dejándola allí descalza y con la ropa hecha jirones.

Ellas volvían llorando a sus casas, aterrorizadas, y el pueblo entero se enteraba del suceso.

«Desplumar gallinas», lo llamaban. Nunca violaban a esas chicas, de ningún modo se iban a arriesgar a que alguien de su sangre creciera en medio de la porquería en la que vivía aquella gente.

Pero el susto que esas mujeres se llevaban servía para que los hombres del pueblo enfurecieran y también los de las poblaciones vecinas.

Un soldado rabioso se vuelve tonto, descuidado y chapucero. Lo ciega la emoción.

La inspectora parecía tener la fortaleza mental de una adversaria digna, se dijo el soldado, pero aún no la había observado lo suficiente. El miedo era la prueba más potente y, desde el instante en que le había puesto los ojos encima, había querido atemorizarla.

En el baño solo estaba ella. El soldado dejó que el vapor de la ducha inundara el barracón y entró.

Los laterales del cubículo donde ella se duchaba llegaban justo hasta la parte superior de sus pechos.

La observó un buen rato mientras ella permanecía con la cara bajo el chorro de agua, suspirando hondo, como si estuviera a punto de echarse a llorar.

En realidad, parecía como si quisiera provocarse el llanto.

Era evidente que le costaba. El soldado conocía esa sensación, lo aterrador que podía resultar el dejar caer la máscara.

Se preguntó qué preocuparía a la inspectora y cómo podría averiguarlo. Un secreto era un arma extraordinaria.

Se acercó con cuidado a la pila de cosas que ella había dejado en el banco y se acuclilló.

Curioseó en su móvil: las webs que había visitado, las fotos, lamentablemente, poquísimas.

Se fijó en las medicinas que había: vitaminas y diclofenaco.

Le dio la vuelta a la caja: para la inflamación de las articulaciones. Se la guardó en la chaqueta.

La inspectora se había puesto champú en el pelo, que era de color oscuro y lo llevaba corto.

Estaba frente a él, con los ojos cerrados mientras se masajeaba el cuero cabelludo con los dedos.

La vio hacer pucheros y estudió su cuerpo desnudo, el jabón que le corría por el vientre plano y las piernas fuertes.

Cuando se dio la vuelta, él le pasó un dedo por la coletilla de pelo mojado que le caía por la nuca.

Ella hizo un aspaviento y él se escondió detrás de la puerta del cubículo.

La oyó quitarse el agua de los ojos, escupir.

Nada a la vista. Al soldado se le había tensado el cuerpo entero de la emoción.

Por el hueco de la puerta del cubículo, la vio alargar la mano para coger el acondicionador.

Cuando ella volvió a cerrar los ojos, él se levantó despacio.

Luego apretó el puño y aporreó la puerta del cubículo.

—¡Joder! —exclamó la inspectora, retorciéndose.

En los segundos que tardó en abrir de golpe la puerta, él aprovechó el vapor que llenaba el baño para resguardarse en la oscuridad del lateral del barracón.

La oyó cerrar la ducha, abrir la puerta de un empujón y bajar los escalones tambaleándose hasta pisar el suelo, donde los pies se le pringaron de arena—.

¿Quién ha sido? ¿Quién anda ahí? —bramó—. ¡No te escondas, cabronazo!

¡Menudo vocabulario!

El soldado se agazapó en la oscuridad, observó los músculos bien torneados de los hombros en movimiento de la inspectora, su cuello fino. ¿Estaba temblando? Sería una buena recluta, decidió. La entrenaría para que muriera bien.