Nunca jamás (Harriet Blue 1) 12
10%

12

El campamento era una gran monstruosidad de acero en el centro de una planicie rocosa.

Un vertedero de maquinaria aparatosa iluminado por lámparas de sodio, cuya luz se reflejaba en las nubes bajas.

Había ajetreo: los obreros, vestidos con monos de color azul marino y naranja fluorescente, recorrían las calzadas ya cerca de la medianoche, algunos con el café humeante en vasos de cartón.

Las excavadoras rodaban despacio, alumbrando con sus faros intermitentes una maraña de módulos prefabricados etiquetados con letreros de cartón.

Me giré al ver pasar a un grupo de jovencitas que reían como bobas.

—¿Quiénes son? —le pregunté a Whitt.

—Las bilbis —contestó y, al ver que yo no decía nada, añadió—. El bilbi es un ratoncillo monísimo que vive en el desierto australiano —explicó.

—¿Prostitutas? ¿En el culo del mundo?

—Tres semanas son mucho tiempo para algunos tíos —dijo—. Les pagan bien, mucho mejor que en la ciudad.

No me apetecía saber cuánto más que yo ganaban las chicas del campamento. Whitt detuvo el coche delante de uno de los prefabricados, junto a la valla del recinto.

—Este es nuestro barracón —comentó mirando el papel que nos habían dado en el control de seguridad.

—Bilbis, barracones... ¡Qué maravilla, Whitt!

Estaba a punto de empujar la puerta del módulo de hojalata cuando un hombre peludo y corpulento, envuelto en una toalla, la abrió de golpe desde dentro.

Pasó por mi lado, mirándome extrañado. Nada más entrar me topé con una especie de panel de corcho con ruedas, como el que Nigel Spader había estado usando para montar el caso contra mi hermano.

Los paneles formaban un pasillo largo y dividían la pequeña vivienda en tres cuartitos.

—A la izquierda —dijo Whitt a mi espalda.

Mi cuarto era más pequeño que una celda de prisión estándar. En él había dos catres, a unos treinta centímetros el uno del otro, que ocupaban casi todo el espacio disponible.

—¿Esto es para los dos? —pregunté—. ¿Compartimos cuarto?

—Supongo. —Tenía a Whitt pegado a mí en el minúsculo pasillo de la entrada a nuestro cubículo—. Compañeros de trabajo y de cuarto, ¿eh?

Me puse mala de pensarlo. Creía que tendría un sitio para mí sola donde poder llorar en privado por lo de Sam.

Cuando lloraba, algo que ocurría como una vez al año, jamás lo hacía más de un minuto y siempre en soledad absoluta.

En aquella ocasión, me hacía mucha falta.

Busqué el tabaco entre mis bolsas y de pronto, el panel divisorio se tambaleó, alguien se estaba moviendo en la cama al otro lado.

Di un paseo por el campamento para despejarme y localicé las duchas más próximas que teníamos.

Me asomé y pude escuchar a algunos hombres cantar en medio del vaho.

Vi más bilbis sentadas con unos mineros en la puerta de un barracón, fumando, mientras ellos les metían mano por debajo de las minifaldas vaqueras.

Al pasar por una zona vallada repleta de excavadoras, reparé en un minero de pelo largo que estaba sentado dentro de la cabina de uno de los vehículos.

Le dio unos golpecitos a un tubito de plástico y luego se echó algo en el dorso de la mano con lo que se hizo una raya que después esnifó.

Parpadeó unas cuantas veces y, tras recolocarse el casco, arrancó la máquina y la sacó del aparcamiento.

Cuando completé la ronda por la zona de alojamientos, ya iba por el tercer cigarro.

Aunque hacían turnos tanto de día como de noche, había música en casi todos los barracones, y carcajadas, y móviles, y un tufo a marihuana que salía por las ventanas.

Las miradas de los hombres que me escudriñaron al pasar por su lado eran amenazadoras, endurecidas por el agotamiento y las noches de soledad, que transcurrían una tras otra en pleno desierto, mientras soñaban con volver a casa.

Me propuse que por la mañana intentaría averiguar todo lo posible sobre el tal Richie y su pandilla, aunque por aquí también había maldad de sobra que investigar.