Nunca jamás (Harriet Blue 1) 11
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—¿Y este qué querrá? —dijo Whitt, deteniendo el vehículo.

Me desperté sobresaltada.

A lo lejos, en la carretera desierta, vi un sedán con el capó levantado y las luces del habitáculo encendidas. Junto a él había una figura larguirucha agitando los brazos.

—¿Dónde estamos?

—Acabamos de cruzar Bandya —contestó Whitt—. Parece que ese tío ha tenido una avería.

Cuando llegamos junto a su coche, los faros le iluminaron la parte inferior de la cara. Llevaba una gorra oscura calada hasta las cejas. Metió la cabeza casi entera por mi ventanilla. Le olía el aliento a tabaco.

—¿Qué pasa? —preguntó Whitt.

—No pasa nada, colega —contestó el tipo mostrando una amplia sonrisa repleta de dientes—. Bajad del coche.

De la penumbra aparecieron seis hombres más y nos rodearon. El alto abrió de un tirón mi puerta y se dispuso a desabrocharme el cinturón de seguridad.

—¡Eh! —le grité.

Tardé segundos en ponerme a la defensiva. En el cuadrilátero, el comisario me había atizado en la cara, las costillas y el estómago muchas veces, así que había desarrollado una especie de resorte defensivo. «¡Despierta, tigresa!», me decía Pope.

En un instante, el hombre despertó a la tigresa.

Cuando me sacaba del coche por las muñecas, aproveché el impulso para soltarle un cabezazo en la cara.

Se echó hacia atrás y yo lo enganché con una pierna por las rodillas, empujándole en el pecho con ambas manos, con lo que caímos los dos al suelo.

La reacción de los presentes fue de sorpresa y alegría.

Alguien me agarró de los brazos y me apartó del tipo, pero antes le metí un derechazo en la oreja.

—¿Estás bien, Richie?

—¡Joder! —El tal Richie se puso de pie tocándose el labio ensangrentado—. ¡No lo he visto venir!

Los otros rieron. Me tiraron de un empujón contra el coche, al lado de Whitt.

Una mano me aplastó la cabeza con fuerza contra el techo hirviendo del vehículo.

Whitt me miraba. No lo vi asustado, más bien intrigado.

¿Serían aquellos tipos los responsables de lo que le había ocurrido a Danny?

¿Habríamos topado ya con la respuesta a nuestras preguntas, antes de llegar siquiera al campamento?

Yo estaba a punto de berrear que éramos policías, pero la cara de Whitt me hizo morderme la lengua. Quizá pudiéramos enterarnos de algo.

—¿Adónde vais? —preguntó Richie agarrándome de la cabeza y obligándome a mirarlo—. ¿Cómo te llamas, guapa?

—Harriet Blue —contestó otro. Tenían mi cartera. Oí cómo sacaban del asiento de atrás las bolsas de basura con mis cosas—. De Sídney.

—Estás muy lejos de casa, pajarita —dijo Richie, recostándose en el coche a mi lado, con los brazos cruzados—. ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Este memo es tu novio?

—Aparta, pringado —gruñí.

—Uyyy... —repuso Richie sonriente—, si es una chica mala.

—Si me llegan a decir que había jabalíes por la zona, me habría traído el arco y las flechas.

—Pero si ya me has disparado una, nena, directa al corazón —replicó Richie, agarrándose el pecho con una sonrisa boba. El grupo profirió un gemido de aprobación—. La pajarita y su novio trajeado han venido a vernos desde Sídney. ¡Qué regalo!

—Lo cierto es que yo soy de Perth —terció Whitt.

—Pues no podéis pasar por aquí sin pagar peaje.

Estas carreteras son nuestras y no son gratuitas.

—Los otros habían encontrado el equipaje de Whitt en el maletero.

Oí cómo lo tiraban al suelo—. Les puedo decir a mis chicos que se cobren con vuestras cosas o lo arreglamos entre tú y yo —dijo Richie chupeteándose el labio ensangrentado.

—¡Puaj! —gritó uno—. ¡Llevan fotos de pies de muertos!

El compañero de Richie rodeó el coche con el dosier de Danny y las fotos de la Científica en la mano.

—¡Mira esto! —dijo otro, mostrándoles mi pistola de reglamento y mi placa policial.

De pronto, me vi libre.

—Uyuyuy —espetó Richie.

—Sí, uyuyuy, cabronazo —repliqué, apartando de un empujón a mi captor.

Me dieron ganas de reventarle la cara, pero sabía que detener a aquella panda por asaltarnos en pleno desierto no me iba a ayudar a averiguar si habían sido ellos los asesinos de Danny Stanton.

Había que verlos en su salsa, que me llevaran hasta alguna pista.

Whitt le arrebató mi pistola al que la había encontrado.

Empezaron a recular todos hacia el vehículo.

—¿Qué decías de un peaje? —pregunté acercándome a Richie, que no dejaba de sonreír.

—Oye, que esta noche os podemos hacer un descuento por funcionarios. Entrada gratis y acceso a todas las áreas.

—¡Qué majo, tío!

—Así soy yo: un caballero.

—Subid al coche y largaos —le dije a la vez que cerraba de un golpe el capó del coche—. ¡Huid, pringados!

Los vimos hacer un cambio de sentido en la carretera. Nos quedamos a oscuras con todas nuestras cosas desparramadas por el suelo.

—¡Qué suerte! No hemos llegado aún y ya tenemos los primeros sospechosos —espetó Whitt con desenfado.

Mientras se alejaban en medio de la noche, Richie me hizo un gesto con la mano: como si me apuntara con una pistola.