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—Pasa un par de páginas —me dijo Whitt.
Lo hice y me encontré una foto de un pie en descomposición, hecha por los técnicos forenses.
—¡Ostras! —exclamé, acercándome la foto a la escasa luz del interior del vehículo—. No salgas nunca de casa sin los dos pies, Whitt, porque no llegarás lejos.
—Lo cierto es que el pie lo encontraron en el campamento —dijo él—.
Tres días después de que desapareciera Danny, un par de mineros vieron a un dingo que arrastraba una bota con puntera de acero.
Intentaba sacar algo que había dentro. El campamento está plagado de esos animales que andan buscando restos de comida, con lo que al principio no les llamó la atención.
Pero luego, vieron que dentro de la bota había un pie.
Es el de Danny. O era de Danny. Bueno, lo que sea.
Escudriñé la foto. Le habían seccionado el pie por la articulación del tobillo. La fotografía era de tan buena calidad que pude ver las fibras de un tejido blanco adheridas a la piel peluda a la altura de una incisión dentada: la marca del calcetín.
—Los de la Científica de Perth dicen que perdió el pie a posteriori , por el ataque de los depredadores de la zona.
—O sea, que el crío ya había muerto cuando los dingos empezaron a despedazarlo.
—Sin duda.
—Pues no creo que un dingo arrastre una bota muy lejos —dije—. El cadáver debía estar cerca del campamento, ¿no?
—No —contestó Whitt—. Eso es lo curioso. Aún no han encontrado el cadáver. Los responsables de la mina y la policía de Perth estuvieron dos días organizando partidas de búsqueda aérea y terrestre. Nada. Ni rastro.
—No tiene sentido.
Whitt se encogió de hombros.
—No te encojas de hombros, Whitt. Quiero respuestas.
—No puedo darte ninguna —dijo—. Aún no he llegado al campamento siquiera.
Me recosté en el asiento y estudié la foto del pie de Danny.
¿Por qué se adentraría el chaval en el desierto?
Si lo que quería era largarse sin permiso, ¿por qué no buscó a alguien que lo acercara al pueblo?
Y si se metió en el desierto, se perdió y murió, quizá deshidratado intentando encontrar el camino de vuelta, ¿por qué el pie no presentaba ninguna ampolla de las que suelen aparecer por el sudor y el roce del tobillo con la bota?
Miré fijamente la fotografía hasta que me quedé dormida con la cabeza apoyada en la ventanilla.
Anochecía y podía sentir el calor del sol que se estaba poniendo en el horizonte sobre mis párpados.
El comisario tenía razón: de pronto, y por suerte, tenía mi cabeza ocupada en otra cosa, aunque solo había cambiado una preocupación por otra.