Nunca jamás (Harriet Blue 1) 9
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Llamé primero al comisario, sentada en el asiento de atrás del vehículo, para decirle que había llegado y preguntarle si se sabía algo más sobre Sam.

No había noticias de mi hermano. Después llamé a un contacto que tenía en los federales y, como esa vía también me falló, lo intenté con unos periodistas de confianza con la esperanza de que tuvieran algún dato.

Nada. Un silencio absoluto envolvía el caso de mi hermano.

Cuando me cansé de llamar a sus amigos y vecinos, solo para oírlos reaccionar con la misma sorpresa y el mismo espanto que había experimentado yo, Whittacker ya nos había sacado de la ciudad e íbamos por la autopista.

—¿Va todo bien? —preguntó.

—Tú céntrate en conducir, Whitt, y déjame esto a mí.

—Lo cierto es que prefiero que me llames Edward —repuso.

—Usas mucho esa expresión...

En el retrovisor, lo vi fruncir el ceño.

Apoyé la cabeza sobre la ventanilla y me dediqué a mirar el monótono paisaje desértico.

No podía dejar de imaginar a mi hermano en la cárcel.

Después de un rato, pasé por el hueco entre los asientos y me senté delante, al lado de Whitt.

Encontré en el suelo su dosier del caso, más grueso que el mío.

—Recuérdame por qué tengo que trabajar con alguien —le dije—. Yo no había pedido un compañero.

—Me hice daño en la espalda hace un mes, una hernia en la zona lumbar, y me mandan hacer tareas ligeras. Yo estaba en la Brigada de Estupefacientes, pero ahí hay que tirar muchas puertas a patadas, como te podrás imaginar. —Sonrió.

—Resúmeme el caso, Whitt. ¿Adónde vamos?

—Adonde el viento da la vuelta.

—Pero si venimos de allí —contesté, señalando con el pulgar la autopista y el pueblito levantado en medio de un abismo arenoso que acabábamos de dejar atrás.

—Uy, qué va, aún hay sitios mucho más dejados de la mano de Dios.

Ahora mismo estamos en las afueras del Gran Desierto de Victoria, que es tan grande como California y está prácticamente deshabitado.

La mina de uranio de Bandya está justo en el centro.

Aún nos quedan otras cinco horas así —añadió señalando aquel páramo.

—¿Cinco horas? ¡Madre del amor hermoso! —exclamé estirándome en el asiento.

—Andamos detrás de un tal Daniel Stanton, de veintiún años.

Abrí el dosier y encontré una foto de un joven bronceado, de pelo rubio greñudo, y una sonrisa inmensa y contagiosa. En la foto, abrazaba a un labrador negro.

—Muy mono. ¿Qué ha hecho?

—Morirse.

—Uf, qué cagada —suspiré.

—El gerente de su división en Bandya denunció la desaparición de Stanton hace unos once días —contestó Whitt—. Al principio no le dieron importancia, porque desaparecen tíos de la mina cada dos por tres, o eso me dijo su jefe.

—Ah, ¿sí?

—A ver, luego suelen reaparecer. A las minas llegan obreros de todas partes del país. Como están muy apartadas trabajan y viven allí tres semanas y vuelven a casa una semana. Se apuntan muchos jóvenes porque pagan bien.

—¿Cuánto?

—¿Seguro que lo quieres saber?

—Las preguntas las hago yo, inspector Whittacker.

—Los puestos de menor categoría cobran tres veces lo que nosotros como inspectores de policía —contestó. Me quedé muda, mirando boquiabierta a mi nuevo compañero—. Sí —confirmó riendo.

—¿Y por qué coño desaparecen?

—Bueno, por algo pagan tan bien. El trabajo es duro y peligroso, y se pasan tres semanas atrapados en medio del desierto, lejos de sus familias.

Muchos terminan cansándose y piden un permiso y ya no vuelven.

A veces se van sin decir nada. Hacen autostop hasta el pueblo y se marchan a casa.

Por lo visto, es un trabajo que, al cabo de un tiempo, termina agotando hasta a los tíos más duros.

—¿Y qué le pasó a Danny Stanton? ¿Se largó sin más?

—Si fue así, cogió el camino equivocado —contesta Whitt, mirándome de reojo—, porque se adentró en el desierto.