Nunca jamás (Harriet Blue 1) 8
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Ignoraba quién había sido el genio de la policía municipal de Sídney que me había hecho el equipaje, pero al parecer no había sido capaz de encontrar mis maletas en el armario de mi diminuto apartamento de Woolloomooloo, así que salí del control del aeropuerto de Kalgoorlie arrastrando tres bolsas de basura negras donde habían metido mis cosas.

Por lo que pude ver bajo la tenue luz del aparcamiento de la empresa de alquiler de coches, algunas de las cosas que había pedido estaban allí, junto con otras que no sabía por qué las habían traído, como, por ejemplo, el mando a distancia de la tele que sobresalía entre los artículos pringados de polvo para la detección de huellas latentes.

El aturdimiento en que me había sumido la detención de mi hermano se había incrementado con las copas de vino que me había bebido en el avión.

Mi destreza de movimientos estaba un poco tocada, y caí en la cuenta de que llevaba un rato plantada delante del mostrador de alquiler de coches, como ida, al escuchar el chasquido de los dedos del empleado intentando devolverme a la realidad.

—¿Señorita? ¡Eh, señorita! —Lo miré extrañada, alargué la mano y tiré sin querer un cestillo de lápices que había al borde del mostrador. Los lápices se esparcieron por el teclado—. Veo que está despierta —dijo con un suspiro dramático mientras recogía los lápices.

—Estoy despierta.

—¿Nombre?

—Blue.

Tecleó algo, lo imprimió y me dio un impreso larguísimo para rellenar y las llaves de un coche.

—Blue y Whittacker. Tienen asignado el Camry rojo.

—¿Quién es Whittacker?

—Yo —contestó alguien a mi espalda. Al volverme vi a un hombre delgado y de espaldas anchas que depositaba con cuidado en el suelo dos maletas Armani de piel con patitas doradas. Luego me tendió una mano de dedos largos. —Edward —dijo—. Tú debes ser Harriet...

—Harry. ¿Eres el chófer? —pregunté.

—Lo cierto es que no... Soy tu compañero —contestó sonriente.