7
Me había fumado dos cigarrillos en los últimos diez años, los dos a la puerta de la sala del tanatorio donde velaban el cadáver de un compañero caído en acto de servicio.
Y ahora estaba terminando de fumarme el tercero en el callejón de detrás de la comisaría.
Me encendí el cuarto, le di una buena calada y exhalé el humo al aire gélido de la mañana.
A pesar del frío, tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.
Intenté llamar a mi hermano tres veces. No me lo cogió.
Asomó el comisario por la salida de incendios. Con un gesto, le indiqué que no me apetecía hablar. Además, tampoco estaba segura de poder hacerlo. El hombre se quedó allí, observándome mientras fumaba. Me temblaban las manos.
—Esa... esa rata..., esa escoria humana de Nigel Spader me las va a pagar —dije—. Aunque sea lo último que haga, me voy a asegurar de que...
—He supervisado la operación —me interrumpió el comisario—. No podía contártelo porque habrías alertado a Sam. Te hemos dejado seguir como si nada. Nigel y su equipo han hecho un gran trabajo. Llevan casi tres semanas detrás de tu hermano.
Miré a mi jefe, mi entrenador, mi amigo.
—Ya decía yo que te veía cansado —espeté con desdén—. ¿Te cuesta conciliar el sueño, jefe?
—Pues sí —respondió él—. De hecho, no duermo.
Llevo sin pegar ojo desde la mañana en que la Brigada de Homicidios me trasladó sus sospechas.
No me gustaba tener que mentirte, Blue —dijo, arrastrando con su zapato un trozo de asfalto hasta la alcantarilla.
Lo vi muy envejecido bajo la luz de los rascacielos que nos rodeaban.
—¿Dónde está mi hermano?
—Han ido a buscarlo esta mañana —contestó—. Lo están interrogando los federales en la comisaría de Parramatta.
—Tengo que ir a verlo.
—A estas alturas, no podrás ni acercarte a él. —El comisario me agarró por los hombros antes de que pudiera acceder a la salida de incendios—. Está detenido. Como no colabore, puede que ni siquiera le autoricen las visitas hasta dentro de una semana, incluso dos.
—Sam no ha sido —dije—. Os habéis equivocado. Nigel se ha equivocado. Tengo que estar presente para aclarar todo esto.
—No, ni hablar —me replicó—. Tienes que hacer la maleta y largarte de aquí.
—¿Y abandonarlo?
—Harry, Sam está a punto de convertirse en uno de los agresores sexuales más sádicos desde el asesino de mochileros.
Tanto si piensas que ha sido él como si no, ahora mismo tú eres el enemigo público número dos.
Como te pille la prensa, te van a comer viva.
—Saqué otro cigarrillo de la cajetilla que le había robado a Nigel de su mesa.
La cabeza me iba a mil—. Quedándote aquí no le vas a hacer ningún favor.
Si llegas a gritarle a las cámaras como lo has hecho en la sala de investigación, vas a parecer una chiflada.
—¡Me importa una mierda lo que parezca!
—Pues no debería —repuso el comisario—. El país entero lo vería en las noticias, y la gente está enfadada.
Si no pueden ir contra Sam, van a querer atacarte a ti.
Piénsalo. Se lo vas a poner a huevo, joder.
La hermana del asesino es una poli con malas pulgas, a menudo violenta, y habla como un camionero.
Para colmo, trabaja en la Brigada de Delitos Sexuales y, milagrosamente, ha conseguido mantenerse ajena del todo a las actividades del agresor sexual en las barbacoas familiares.
Se sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y me lo dio.
Era la copia impresa de un itinerario de vuelo.
Luego cogió una carpeta que llevaba debajo del brazo y me la puso en las manos.
La abrí y vi que era el dosier de un caso, pero no conseguí prestarle atención más de unos segundos.
Me dieron náuseas por el miedo, la incertidumbre.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Es el caso de una muerte en extrañas circunstancias en un campamento minero en el desierto, cerca de Kalgoorlie —contestó el comisario.
—Yo soy de Delitos Sexuales, Pops, no personal de limpieza.
—Me da igual lo que seas. Te vas. He tirado de contactos en Perth. El caso es una chorrada, pero la zona está tan aislada que será el escondite perfecto.
—¡No me apetece ir al puto Kalgoorlie! ¿Se te va la pinza?
—No tienes elección, inspectora. Aunque tú no sepas lo que te conviene ahora mismo, yo sí.
Te lo ordeno, que para eso soy tu superior.
Si no vas, haré que te encierren para interrogarte.
Le diré al juez que quiero averiguar si sabías algo de los asesinatos y no te voy a soltar hasta que nos libremos de este marrón.
¿Es eso lo que quieres? —Intenté escabullirme, pero el comisario volvió a agarrarme del brazo—.
Mírame —me dijo. No le hice caso—. No vas a poder ayudar a tu hermano, Blue. Se acabó.