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Solté una carcajada en su cara.
—Muy bueno, Pops —dije, y me levanté, arrastrando ruidosamente la silla por las baldosas—. Me gustan las bromas, pero ando muy liada y no tengo tiempo para tonterías. Me cuesta creer que te hayas prestado para esto. Buen trabajo, amigo, pero venga, abre la puerta.
—No es una broma, Harriet. Siéntate.
Volví a reír. Es lo que hago cuando estoy nerviosa: río como una tonta.
—Tengo casos pendientes.
—Están llevando a cabo un análisis forense de tu apartamento y de tu coche en relación con el caso de las Tres del río Georges —dijo el comisario, y me plantó delante una carpeta marrón gruesa repleta de papeles, fotos, impresos amarillos de declaraciones de testigos y formularios rosas de la Científica.
Conocía bien aquella carpeta. Había visto a los de Homicidios pasearla por comisaría, llevarla de aquí para allá, de mano en mano, una biblia de los horrores.
Tres universitarias preciosas, todas morenas, todas halladas en la misma franja cenagosa del río Georges.
Sus muertes, que habían ocurrido con una diferencia de treinta días, habían sido violentas y muy cruentas.
La pesadilla de cualquier madre. Mi pesadilla.
Yo había querido que me asignaran el caso, aunque solo fuera como asesora, por la violencia sexual que habían sufrido.
Me interesaba de verdad. Pero se lo habían dado al ladrón de plazas de aparcamiento, el inspector Nigel Spader, y su equipo de sabuesos de Homicidios.
Me había pasado semanas sentada ante mi escritorio indignada por estar al otro lado de la puerta cerrada de la sala de investigación, hasta que por fin se me había pasado la rabia.
Me dejé caer de nuevo en la silla.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Es el protocolo, Blue —contestó cariñoso el comisario, cubriéndome una mano con la suya—. Solo se están asegurando de que no lo sabías.
—¿Perdona? ¿Qué dices?
—Hemos encontrado al asesino del río Georges —respondió mirándome a los ojos—. Es tu hermano, Blue. Es Sam.