Nunca jamás (Harriet Blue 1) 4
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Fue el comisario Morris quien me llamó a la sala de interrogatorios. Estaba sentado a la izquierda de la mesa, en una de las sillas de los inspectores, y me hizo una seña para que me instalara a la derecha, en la de los sospechosos.

—¿Qué? —dije—. ¿De qué va todo esto, Pops? Tengo cosas que hacer.

Estaba serio. No lo veía así desde la última vez que había pegado a Nigel, de Homicidios, por ocupar mi plaza de aparcamiento. El comisario se había visto obligado a reprenderme, por escrito, y no le había hecho ninguna gracia.

—Siéntate, inspectora Blue —me dijo.

«¡La hostia! —pensé—. Mal rollo». Sé que me he metido en un buen lío cuando el comisario me llama por mi cargo oficial. Lo cierto es que casi siempre que coincidimos es lejos de los concurridos pasillos de la Central de Policía de Sídney en Surry Hills.

Yo tenía veintiún años cuando empecé a trabajar en la Brigada de Delitos Sexuales.

Fue mi primer caso después de pasarme dos años patrullando las calles, así que me mudé a las oficinas de la policía municipal de Sídney algo más que aterrada por mi nuevo cargo y por la responsabilidad que implicaba.

Me habían dicho que hacía cinco años que no había una mujer en el departamento.

Iba a tener que ser yo quien les enseñara cómo manejar a las mujeres en situaciones delicadas.

El departamento estaba roto; había que recomponerlo, y rápido.

Durante esas primeras semanas, el comisario me saludó sin ganas unas cuantas veces en la sala de descanso, nada más, y yo me pasé un montón de noches en vela rumiando su evidente falta de confianza en mí, preguntándome cómo podía demostrarle que se equivocaba.

Tras un primer mes marcado por un par de casos horribles de violación y tres o cuatro agresiones graves, me apunté a clases particulares de boxeo en un gimnasio cercano a mi apartamento.

Por lo que había visto, deduje que no era mala idea que, en aquella ciudad, una mujer supiera dar un buen golpe en caso de necesidad.

Aguardé en la puerta de la secretaría del gimnasio esa noche, convencida de que la chica joven y musculosa que se vendaba los nudillos junto a las taquillas era mi entrenadora.

Pero fue el comisario Morris, con una camiseta de tirantes gris muy sudada, quien me dio un toque en el hombro y me pidió que subiera al cuadrilátero.

En el ring, mi jefe me llamaba Blue; en comisaría, me gruñía.

Allí, en la sala de interrogatorios, no existían el afecto y la confianza que Blue y Pops compartían en el gimnasio. La mirada del comisario era fría. Sentí parte de aquel antiguo terror de mis primeros días en el puesto.

—¿Qué pasa, Pops? —pregunté.

Cogió el bloc de declaraciones y un lápiz que había al lado de la grabadora de interrogatorios y me los pasó por encima de la mesa.

—Haz una lista de las cosas que vas a necesitar de tu apartamento durante tu ausencia. Podrían ser semanas —dijo—. Artículos de aseo, ropa..., todo eso.

—¿Adónde voy?

—Lo más lejos que puedas —suspiró él.

—Pero ¿qué dices? —contesté—. ¿Por qué no puedo ir a mi casa a buscar mis cosas?

—Porque ahora mismo tu apartamento está plagado de técnicos forenses. Una patrulla ha cortado la calle y te han confiscado el coche. Inspectora Blue —sentenció Pops—. No irás a tu casa.