Capítulo 30 La resaca
ELENA
Toda borrachera tiene su resaca, y la de la adrenalina es la peor de todas.
Al levantar la cabeza, la veo.
Está tumbada en su propia cama, del otro lado de la frontera, encogida de lado, abrazada con una fuerza desesperada a su almohada.
Patricia de Castro está llorando.
No es un llanto escandaloso; es ese llanto silencioso, reprimido y constante de los que han sido educados para no molestar.
El temblor sordo de sus hombros y el sonido intermitente de su respiración entrecortada rompen la quietud del cuarto.
La taza azul de la TARDIS sigue sobre mi mesa de noche, brillando bajo la penumbra como un monumento a una victoria que ha durado demasiado poco.
Me levanto de la cama sin hacer ruido y me siento en el borde de su colchón, sin invadir del todo el espacio que está usando para no deshacerse.
—Patri —murmuro, apoyando una mano suave en su espalda— ¿quieres hablar?
No responde. Escucho su balbuceo sordo, de pronto más intenso y contenido a la vez. Dejo mi mano en su espalda y me quedo en silencio.
Cuando parece que respira más suave, vuelvo a preguntar.
—Patri, ¿qué pasa?
Patri suelta un suspiro que suena a rendición y se gira despacio, quedando bocarriba. Tiene los ojos hinchados, ribeteados de un rojo vivo, y las mejillas cruzadas por regueros de lágrimas secas. Me mira con una lucidez espantosa, una desesperación desnuda que me encoge el estómago.
—Ayer fui una ilusa, Elena. Estaba borracha de... de lo que pasó aquí dentro, de tus ensayos, de la sensación de que podía decidir. Pero esta mañana me he despertado y he mirado el extracto de mi cuenta corriente. He mirado las cartas de la fundación.
Se incorpora a medias, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama, apretando la almohada contra el pecho como si fuera un escudo contra el mundo exterior.
—Decirles que no es un paso, sí, es muy bonito para una novela o para tus obras de teatro —continúa, y su tono destila una amargura implacable—.
Pero el dinero lo tienen ellos. Las cuentas de Santa Clara las paga mi padre.
Mi matrícula de Económicas la paga mi padre.
Si el mes que viene decide que no me ingresa la asignación, o si decide rescindir el contrato del colegio mayor de forma unilateral desde su despacho, yo no tengo nada.
Sus palabras caen en mitad de la 214 con la fuerza de una verdad contable.
Me acerco más a ella, subiendo las piernas al colchón hasta quedar sentada de frente, rompiendo cualquier distancia.
—Tienes razón —digo—.
—¿Entonces? —susurra—. ¿De qué ha servido lo de ayer?
—De todo —le aprieto los dedos con firmeza—. Ha servido para demostrarles que tienen que usar la fuerza para moverte.
Patri me mira sin entender.
—Antes te movías sola porque pensabas que era tu obligación. Ayer obligaste a tu padre a decir «no te estamos pidiendo permiso». Tuvieron que enseñar los dientes, Patri.
—Sí —dice.
—Tuvieron que demostrar que solo les queda el dinero para controlarte porque tu mente ya no les pertenece. Y esa es una posición mucho más débil para ellos de lo que crees.
Patri se queda en silencio, procesando mis palabras a través de la bruma del llanto. Su respiración se va compasando poco a poco. Le cojo las manos, que vuelven a estar heladas, y le miro a los ojos.
—Me da miedo.
—Ya lo sé.
—No sé cómo se vive con este miedo, Elena —murmura, bajando la vista hacia nuestras manos entrelazadas—. Siento que estoy caminando por la cuerda floja cada segundo.
—Pues entonces no lo convertimos en una épica —respondo—. Lo convertimos en una lista.
Eso le arranca una exhalación mínima. Casi una risa. Casi nada. Pero algo.
—Una lista —repite.
—Una lista fea, aburrida y útil. Tu especialidad.
Me mira con los ojos hinchados.
—Qué imbécil eres.
Patri baja la vista hacia sus manos.
—No quiero que me salves.
La frase me atraviesa más de lo que esperaba. Me obligo a asentir, asumiendo mi lugar.
—Bien. Porque no puedo.
El silencio que sigue no es cómodo, pero es limpio.
—Puedo quedarme —añado—. Puedo ayudarte a pensar. Puedo acompañarte si quieres preguntar cosas. Puedo recordarte que no estás loca por querer decidir. Pero no puedo vivir tu vida por ti, Patri.
Sus dedos se aflojan alrededor de la almohada.
—No sé si voy a poder.
—Hoy no tienes que poder con todo.
—¿Y mañana?
—Mañana vemos qué parte toca.
Patri respira temblando. Luego suelta la almohada despacio, como si estuviera dejando en la cama una parte muy cansada de sí misma.
—Vale —susurra.
No es una victoria. No todavía. Pero es la primera vez desde que me he despertado que su voz no suena como si ya hubiera perdido.
Patri se inclina hacia mí muy despacio, como si incluso ese gesto tuviera que pedir permiso a alguna parte antigua de su cabeza. Cuando apoya la frente en mi hombro, no la abrazo con fuerza heroica ni le prometo nada que no pueda cumplir. Solo la rodeo. Lo justo para que sepa que estoy.
La taza azul de la TARDIS sigue sobre mi mesa de noche, absurda y brillante en mitad de la penumbra. Ayer parecía un trofeo. Esta mañana parece otra cosa. Una prueba pequeña. No de que Patri sea libre. Todavía no. Pero sí de que una parte de ella ha empezado a moverse hacia donde quiere estar.
Y quizá eso no baste para enfrentarnos a sus padres, ni al dinero, ni a los contratos. Pero basta para levantarnos de la cama. Basta para abrir un cuaderno. Basta para empezar la lista.