Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 29 La taza azul
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Capítulo 29 La taza azul

ELENA

Llevo tres horas midiendo con los pasos el espacio exacto que separa mi escritorio de la ventana.

He barrido los trozos de barro de la taza rota, he intentado leer un acto de Lorca, he ordenado mis libretos por orden alfabético y los he vuelto a desordenar.

No sirve de nada. Mi cabeza sigue colgada del reloj de la pared, calculando el tiempo que se tarda en almorzar en el comedor del Wellington bajo el escrutinio de los señores De Castro.

Me quedo quieta en mitad del cuarto, obligando a mis manos a meterse en los bolsillos de la sudadera para no delatar la sarta de nervios que me recorre los dedos. No quiero asaltarla. No quiero ser la inspectora de aduanas que le exige un informe de daños antes de que pueda quitarse los zapatos.

Patri entra despacio. Viene con la americana azul marino colgada del brazo y el pelo un poco alborotado por el viento de Moncloa, pero lo primero que busco es su línea de flotación: la barbilla.

Está alta. Sus hombros no traen la curva de la derrota ni la rigidez del pánico seco con el que se marchó a las doce.

Trae los ojos cansados, sí, con el desgaste obvio de quien ha sostenido un pulso de alta intensidad, pero hay una calma nueva en su forma de pisar el suelo del cuarto.

En la mano izquierda trae una bolsa de papel pequeña.

Cierra la puerta a sus espaldas, apoya la espalda contra la madera y me mira en silencio. La distancia neutral de la habitación se llena de una expectación densa pero extrañamente limpia.

—He roto tu taza esta mañana —dice, rompiendo el hielo con una voz que suena baja, madura y firme.

—Era una taza horrorosa —respondo, esbozando esa media sonrisa perezosa que utilizo para decirle que estoy aquí, que el suelo no se ha roto.

—Ya —Patri da un paso hacia delante, acortando el espacio entre las dos, y me tiende la bolsa de papel—. Pero era tuya.

La miro, confundida, y cojo la bolsa. Meto la mano en el interior y mis dedos tropiezan con el relieve frío de la cerámica nueva. Cuando la saco a la luz de la tarde, me quedo completamente muda.

Es una taza azul brillante. Una réplica exacta de la cabina de policía de Doctor Who. La TARDIS.

Me quedo mirando las ventanas blancas dibujadas sobre el fondo azul, procesando la información a una velocidad que me marea.

Levanto los ojos de la cerámica, sintiendo una calidez tan brutal en la garganta que me cuesta articular palabra.

—¿Has ido al Wellington a negociar con el director general y has vuelto con esto? —murmuro, y la ironía me sale un poco agrietada por la emoción.

—Te prometí que el dique no se iba a romper, Elena —responde ella, y la limpieza de su sonrisa me desarma por completo—. Les he dicho que me quedo en Santa Clara. No voy a solicitar ningún traslado.

Dejo la taza sobre mi mesa de noche con un movimiento rápido, sin importarme si queda alineada o no, y doy el paso definitivo que nos separa. Le cojo la cara entre las manos, sintiendo la tibieza de su piel bajo mis palmas, y la miro fijamente a esos ojos grises que ya no buscan un escondite.

Anoche la besé para salvarla del miedo. Anoche fui su búnker. Pero ahora... ahora es completamente distinto.

La beso.

Es un beso sereno, lento, cargado de una profundidad que nos ancla al suelo de la 214 con una fuerza invencible.

No hay urgencia de trinchera ni el temblor de la desobediencia; es una afirmación pura, un pacto sellado a labio abierto bajo la luz de la tarde de Madrid.

Patri me rodea la cintura con los brazos, pegándose a mí con una firmeza elegida, respondiendo al beso con una madurez que me corta el pulso.

Sus labios se mueven contra los míos con una calma preciosa, saboreando la victoria de su primer «no» real ante el mundo de fuera.