Epílogo Más grande por dentro
PATRI
Un año después, la puerta de mi habitación no tiene crucifijo encima.
Tiene una grieta en la madera, un póster torcido de una película de Miyazaki y una pegatina pequeña, azul, con la forma de una cabina de policía británica que Elena pegó ahí una tarde de septiembre diciendo que toda casa decente necesitaba una salida de emergencia hacia otra dimensión.
Nuestro piso no huele a cera, ni a incienso frío, ni a lavanda institucional.
Huele a café recalentado, a humedad antigua en las paredes, a detergente barato, a la pintura que Álex deja abierta aunque jure que no ha sido él, a los apuntes subrayados de Lucía invadiendo la mesa del salón y a las tostadas que Elena siempre quema porque considera que vigilar el pan es una forma de opresión doméstica.
Mi padre cumplió su amenaza. En enero del curso pasado, cuando se dio cuenta de que mi firma no iba a llegar nunca al documento de traslado, cerró el grifo de forma unilateral.
Dejó de pagar Santa Clara y de ingresar la asignación.
Pensó que el frío de Madrid en invierno me haría recular en menos de dos semanas.
Se equivocó.
El traslado lo solicité yo, pero a la universidad pública.
Sigo estudiando Administración y Dirección de Empresas, pero las aulas huelen a tiza y la gente no compite por ver quién tiene el apellido más sonoro en el dintel de su casa.
Al principio fue durísimo; compaginar los apuntes con los horarios de trabajo me dejaba las ojeras marcadas hasta el pómulo y una fatiga en los tendones que no se me quitaba ni durmiendo diez horas.
Pero en mitad de ese proceso, descubrí algo que mi familia nunca entendió: que la vida no es un balance de pérdidas y ganancias que se pueda auditar desde un despacho.
Descubrí que se puede tener vida más allá de las notas.
Doy clases particulares tres tardes por semana a dos alumnos de bachillerato que odian la economía casi tanto como Elena, y los sábados por la mañana trabajo como monitora en un club deportivo enseñando pádel a niños de diez años.
Pago mi parte del alquiler. No siempre a tiempo. No siempre sin hacer números tres veces. Pero la pago yo.
La primera vez que hice una transferencia desde una cuenta que mi padre no revisaba, me quedé mirando la pantalla del móvil durante casi un minuto entero. No lloré. No hice ninguna escena. Solo pensé que la libertad, a veces, no llega envuelta en una revelación luminosa.
A veces llega como un recibo de alquiler.
En la mesa del salón tengo abierto mi cuaderno de tinta azul. Ya no se llama Contabilidad I. La carpeta sigue existiendo, pero ahora guarda facturas, contratos de clases particulares y recibos del supermercado. Mis ciudades han dejado de esconderse debajo de balances.
Hace seis meses abrí una cuenta de Instagram para subir algunos dibujos.
Al principio solo subía los dibujos a tinta azul de mis ciudades imposibles, los muros neogóticos y las ventanas abiertas que trazaba en los márgenes de los apuntes.
Luego, casi sin darme cuenta, las líneas empezaron a necesitar palabras.
Las ciudades empezaron a poblarse de historias sobre chicas que aprenden a decir «no» en mitad de comedores de lujo y que descubren la libertad en una cama estrecha de dos metros.
Hoy tengo el primer capítulo de mi novela parpadeando en un documento de Word. Ya no son notas al margen; es una estructura real, elegida y construida por mí.
—Patri, que ya son las diez. Vas a llegar tarde y los niños no perdonan.
La voz de Elena me llega envuelta en el tono perezoso de los sábados por la mañana.
Aparece por la puerta de la cocina arrastrando los pies, con los ojos entrecerrados por el sueño y el pelo oscuro completamente alborotado.
Se apoya en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, y me mira con esa sonrisa diminuta que todavía consigue que el pulso se me acelere exactamente igual que el primer día.
—Estoy cerrando el documento, ya voy —digo, apagando la pantalla del portátil y levantándome de la silla.
Elena da un paso hacia mí, acortando la distancia con esa familiaridad perfecta que da el haber compartido trescientos sesenta y cinco días de sábanas desordenadas, listas útiles y cuentas compartidas. Me rodea la cintura con los brazos, pegando su cuerpo templado al mío en mitad de la cocina.
Ya no hay prisa, ya no hay búnkeres contra el miedo, ya no hay que mirar por encima del hombro en el comedor de un colegio mayor por si Inés o Marta están vigilando.
Nos queremos a la luz del día, con los bordes limpios y las puertas abiertas de par en par.
—¿Cómo va el capítulo de hoy? —pregunta, apoyando la barbilla en mi hombro, mirando la taza azul que descansa sobre la encimera.
—Bien —le sonrío, girándome un poco para besarle la frente, la punta de la nariz y detenerme en sus labios con un beso pausado, dulce, que sabe a café y a la certeza de estar exactamente donde quiero estar—. La protagonista ha decidido que no va a huir más.
Elena se inclina y me besa en la comisura de la boca, rápido, doméstico, lleno de pan quemado y café barato.
—Estoy orgullosa de ti —murmura.
No lo dice como quien entrega un premio. Lo dice como quien reconoce un camino.
Miro alrededor: Lucía con cara de sueño mirando el móvil y con un café en la mano. Álex cocinando una tortilla antes de irse a un ensayo. La luz pobre de la mañana entrando por una ventana que no da a ningún claustro.
Durante mucho tiempo pensé que mi vida empezaría cuando consiguiera abrir la tercera puerta.
Ahora sé que estaba equivocada. La puerta no se abre una vez. Se abre cada mañana. Cada vez que digo no. Cada vez que pago mi parte. Cada vez que dibujo sin esconder el papel. Cada vez que Elena me mira como si entendiera una frase que yo todavía no he terminado de escribir.
Camino hacia la puerta del piso, colgándome la mochila de un hombro. Álex protesta desde la cocina porque alguien se ha terminado la leche y Lucía le grita desde el pasillo que la compró ella con su dinero. El ruido es constante, caótico y maravillosamente imperfecto.
Antes de cerrar la puerta tras de mí para salir a las calles de Madrid, miro hacia atrás una última vez.
Elena me saluda con la mano desde la barra de la cocina, sosteniendo la taza azul.
Sonrío, sabiendo que el invierno que viene volverá a ser difícil y que los de Castro nunca entenderán el valor de este piso compartido, pero mientras bajo los escalones de dos en dos, siento que mi mundo ya no cabe en sus despachos.
Soy bastante más grande por dentro. Y por fin he aprendido a vivir fuera del escondite.