Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 27 La cama equivocada
87%

Capítulo 27 La cama equivocada

ELENA

Patricia de Castro está completamente metida en mi cama.

Tiene la cabeza apoyada casi en mi hombro, el pelo oscuro desparramado por la almohada y una mano cerrada en un puño suave contra mi sudadera. Su respiración es un ritmo limpio, pausado y silencioso.

Me quedo quieta, disfrutando del peso de su cuerpo contra el mío, pero una idea fría empieza a abrirse paso entre la niebla del sueño.

La quiero. Me di cuenta anteayer con el sabor de la tormenta en los labios, y lo confirmé anoche cuando me dejó sostener sus miedos en mitad de la oscuridad.

Pero verla aquí, refugiada bajo mi manta desordenada porque el mensaje de su padre la ha hecho entrar en pánico, me enciende una alarma.

No quiero ser su búnker de emergencia. No quiero convertirme en el sitio donde Patri huye a esconderse cada vez que el mundo de fuera aprieta las tuercas.

Si esto va a funcionar, si de verdad vamos a abrir esa puerta de su dibujo, no puedo ser solo su escondite.

Un sutil cambio en su respiración me saca de mis pensamientos. Patri se mueve. Sus pestañas aletean un par de veces antes de abrir los ojos grises, cegados por la claridad de la mañana.

Tarda exactamente dos segundos en procesar dónde está. En cuanto se da cuenta de que sus piernas están enredadas con las mías en la cama equivocada, todo su cuerpo se pone rígido como un poste. Es el protocolo De Castro reiniciándose a velocidad de vértigo.

—Buenos días, invasora institucional —murmuro con la voz todavía ronca por el sueño, sin soltarla para que no salte del colchón.

Patri parpadea, mirándome con una mezcla de desconcierto y una timidez que me derrite el pecho.

—Me... me he quedado dormida —dice, como si estuviera justificando un retraso en una junta de accionistas.

—Lo noté —esbozo una media sonrisa, ladeando la cabeza—. Roncas con acento de colegio privado. Una cosa muy distinguida, no te preocupes.

—Yo no ronco, Elena —responde de inmediato, indignándose de esa forma tan suya que rebaja la tensión del cuarto en un segundo.

Intenta incorporarse deprisa, un poco torpe por la falta de espacio, y estira el brazo hacia mi mesa de noche para buscar su teléfono. Al hacerlo, la manga de su sudadera engancha mi taza de cerámica. El ruido del barro rompiéndose contra el suelo resuena como un disparo en la quietud de la 214.

Patri se queda congelada, con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera cometido un crimen internacional.

—Lo siento. De verdad, Elena, lo siento muchísimo —se disculpa atropelladamente, agachándose de inmediato para recoger los trozos con un pánico ridículo.

—Oye, oye, para —le cojo la muñeca con suavidad, obligándola a mirarme—. Déjalo. Es una taza fea. No le tenía ningún aprecio especial. Luego lo recojo.

Ella traga saliva, asintiendo despacio, pero sus ojos ya se han desviado hacia la pantalla de su móvil.

—Es hoy —dice en un susurro, mirando las letras como si fueran una sentencia—. A las doce viene el coche. No sé qué voy a hacer, Elena. Si voy allí...

Se calla, pero sé perfectamente lo que piensa. Teme que la inercia de toda su vida sea más fuerte que las pocas horas de libertad que ha ganado en este cuarto. Se muere de miedo de volver del hotel con las maletas medio hechas para el segundo cuatrimestre.

—Puedes ir. O puedes no ir —digo, manteniendo la voz firme, despojada de cualquier tono de súplica—. Pero decidas lo que decidas, Patri, que sea una decisión tuya. No una evacuación organizada por tu padre.

—Si voy, van a intentar convencerme —responde, con la vista fija en sus propias manos—. Mi padre no grita, Elena. Negocia. Te acorrala con datos, con el coste de oportunidad, con lo que es 'lógico' para el apellido. Sabe perfectamente qué resortes tocar para que me sienta culpable.

—Pues ve al hotel sabiendo eso.

—¿Y si no sé decir que no? —me mira, y por primera vez veo el desamparo absoluto de una niña que nunca ha tenido derecho a réplica.

Me siento del todo en el colchón, cruzándome de piernas. Mi cerebro de teatro se activa de golpe. Si Patri necesita herramientas para enfrentarse a la mejor función de su vida, yo se las voy a dar.

—Entonces practícalo aquí —sentencio.

Patri me mira, confundida.

—¿Cómo?

—Un ensayo general —me aclaro la garganta, enderezo la espalda y cambio radicalmente la postura.

Adopto esa expresión gélida, corporativa y falsamente amable que he visto en las fotos de prensa de su padre.

Imposto la voz, bajándola un octavo hasta que suena como la de un señor financiero acostumbrado a mandar—.

Patricia, tu madre y yo creemos que el entorno de Madrid estás bajando tu rendimiento.

Patri se queda petrificada. La imitación es lo bastante certera como para que sus defensas automáticas se disparen.

—Yo... lo pensaré —balbucea, bajando la cabeza por instinto.

—Suspendida —le doy un toque suave en la frente con los dedos—. Otra vez. Si le dices que lo vas a pensar, ya has perdido. Te va a poner tres gráficos sobre la mesa y te va a desmontar. Vamos, de Castro, arriba esa barbilla. Otra vez.

Me coloco de nuevo en el personaje, mirándola con una frialdad ejecutiva implacable.

—No estamos pidiendo tu opinión, Patricia. Probablemente trasladarte a otro colegio mayor es lo mejor para tu futuro.

Patri respira hondo. Veo cómo sus puños se aprietan sobre la manta de mi cama, cómo sus ojos grises buscan esa fuerza oculta que utiliza cuando dibuja sus ciudades imposibles en mitad de la noche.

—No quiero trasladarme —dice, y aunque su voz tiembla un poco, la frase sale limpia.

—Mejor —le sonrío, espoleándola—. Pero todavía suena a que estás pidiendo permiso. Él no te va a dar permiso, Patri. Tienes que decírselo como si fuera un hecho consumado. Como si estuvieras cerrando un balance que ya está cuadrado. Último intento.

Me cruzo de brazos, clavándole una mirada de auditoría general.

Patri se yergue del todo en mi colchón. La timidez desaparece, la duda se evapora y por primera vez veo en su rostro la determinación absoluta de alguien que está dispuesta a defender su propio territorio. Mira directamente a mis ojos, sin pestañear.

—No voy a trasladarme —sentencia. Su voz suena firme, madura, con un peso específico que hace que el aire de la habitación cambie de golpe.

Me quedo mirándola, y la sonrisa de orgullo que me nace en los labios es tan grande que me cuesta disimularla. El capítulo acaba de subir de nivel en tres palabras. Patri lo ha dicho por primera vez en voz alta, fuera de su cabeza, y el mundo no se ha destruido.

—Sobresaliente, de Castro —murmuro, regresando a mi propia voz y estirando la mano para acariciarle la nuca—. Ahora ve al Wellington y dile exactamente eso al director general.