Capítulo 26 El peso del aire
PATRI
Tengo los apuntes de Derecho Mercantil abiertos por la página cuarenta y dos, pero llevo media hora leyendo el mismo párrafo sobre las sociedades de responsabilidad limitada sin procesar una sola palabra. En mi cabeza solo se reproduce en bucle la voz ronca de Elena esta mañana en el comedor.
—Patri.
La voz de Inés me llega en un susurro áspero desde el otro lado de la mesa de madera encerada. Levanto la vista despacio, manteniendo la espalda recta por puro reflejo condicionado. Inés ha dejado el bolígrafo sobre el cuaderno y me está mirando con el ceño fruncido, fijeza que no me gusta nada.
—¿Qué? —pregunto, bajando el tono.
—Te pasa algo —sentencia ella, cruzándose de brazos—. Desde ayer estás en otra galaxia. Has subrayado el mismo título tres veces con el fluorescente amarillo y esta mañana en el comedor nos has dado esquinazo.
—Solo estaba cansada, Inés. La tormenta no me dejó dormir bien.
—Ya. Bueno.
Antes de que pueda articular una respuesta lo bastante corporativa y fría para disipar sus dudas, el teléfono móvil, colocado boca abajo sobre la mesa, vibra contra la madera. El sonido es breve, un zumbido seco que corta el aire.
Le doy la vuelta al aparato. En la pantalla bloqueada aparece el nombre que temía encontrar. Mi padre.
Papá: Patricia, tu madre y yo hemos estado revisando tu rendimiento y el entorno de San Griselmo.
No nos convence que hayas rechazado el seminario ni algunos cambios que estamos percibiendo en tu forma de organizarte.
El sábado almorzaremos en el Wellington y hablaremos con calma.
Lleva el expediente actualizado y una lista realista de tus horarios.
También quiero valorar contigo si Santa Clara sigue siendo la mejor opción para el segundo cuatrimestre.
Me quedo mirando el mensaje sin poder respirar, sintiendo cómo el suelo desaparece bajo mis pies. La puerta que anoche dibujé a tinta azul empieza a sentirse como una fantasía ridícula de una niña mimada.
—Tengo que irme a la habitación —le digo a Inés, levantándome de golpe y recogiendo mis carpetas con movimientos mecánicos, demasiado rápidos para mi estándar habitual.
—Pero Patri, si todavía queda una hora para que cierren la biblioteca...
—No me encuentro bien —la corto, sin mirarla—. Nos vemos en la cena.
La habitación 214 está a oscuras cuando entro, salvo por la luz grisácea del crepúsculo de Madrid que se filtra por la ventana.
Elena no está. Su lado del cuarto está en el caos habitual: la colcha un poco deshecha, una taza de té a medio terminar en su mesa y su chaqueta vaquera colgada del respaldo de la silla.
Dejo las carpetas en mi escritorio, me quito los zapatos y me siento en el borde de mi cama, encogiéndome con las rodillas pegadas al pecho.
El mensaje de mi padre sigue quemándome en el bolsillo.
Siento una opresión tan brutal en el esternón que me cuesta ensanchar los pulmones.
El miedo seco ha vuelto, el terror a defraudar, a ser descubierta, a que todo este refugio que acabo de descubrir se desintegre bajo el peso de mi apellido.
La puerta de la habitación se abre con un crujido suave.
Elena entra, tirando la mochila al suelo con su descuido habitual. Se frena en seco al verme allí sentada, a oscuras, en esa postura de defensa.
Cruza el espacio entre las dos camas con pasos lentos y se arrodilla frente a mí, imitando la postura que yo adopté la noche anterior. Sus ojos oscuros me buscan en la penumbra.
—¿Qué te pasa, Patri? —pregunta, y su voz es un bálsamo bajo y templado en mitad de mi tormenta.
Le tiendo el teléfono con la mano temblorosa, mostrándole el mensaje de mi padre.
Elena lo lee despacio. Veo cómo la línea de su mandíbula se tensa, cómo procesa la amenaza invisible que esas líneas representan para nosotras.
Luego, deja el móvil sobre el colchón y me coge las manos entre las suyas. Están heladas.
—Mírame, Patri. —Elena me aprieta los dedos con fuerza, obligándome a bajar la vista hacia ella—. Mírame.
Sostengo su mirada gris, que en esta luz parece casi negra.
—No se va a acabar nada —dice con una rotundidad implacable, sin un ápice de duda—. Tu padre puede mandar todos los chóferes que quiera y tus amigas pueden mirar con lupa cada bandeja del comedor, pero es tu vida, ¿vale?
No puedo más. El peso del día, la presión en la biblioteca y el pánico a perder esta rendija de libertad me desbordan por completo. Me deslizo del borde del colchón hasta quedar sentada en el suelo, frente a ella, y me refugio en su pecho.
Elena me rodea con los brazos de inmediato, pegándome a su cuerpo con una firmeza protectora que me hace soltar todo el aire contenido.
Me hundo en el olor a lluvia de su sudadera, en el calor vivo de su piel.
No lloro, porque los de Castro no lloramos en público, pero tiemblo contra ella con la vulnerabilidad de quien se está entregando por completo.
—Ven —murmura Elena contra mi pelo.
Se levanta con cuidado, tirando de mí hacia su cama.
Es la primera vez que cruzo la frontera para meterme en sus sábanas desordenadas.
Nos tumbamos de lado, de frente, en el colchón estrecho de su lado del cuarto.
El espacio es tan pequeño que nuestros cuerpos quedan completamente encajados, las piernas entrelazadas bajo la manta y nuestras respiraciones mezclándose en la distancia microscópica que nos separa.
Elena estira la mano y me acaricia el pelo, apartándome los mechones de la cara con una delicadeza infinita, como si fuera de cristal.
—Estás a salvo aquí dentro, de Castro —susurra.
Y entonces me besa.
Sus labios se mueven contra los míos con una suavidad que me desarma, reclamando cada rincón de mi boca como si estuviera borrando con su tacto las líneas del mensaje de mi padre.
Le respondo con la misma intensidad, aferrándome a sus hombros, metiendo los dedos en su pelo oscuro, desesperada por llenarme de ella para vaciar el miedo.
—Elena... —suelto su nombre en un suspiro, apretándome más contra su pecho.
—Dime —murmura contra mi piel, sin dejar de acariciarme la cintura por debajo de la sudadera.
—No quiero volver a mi lado de la habitación esta noche.
Elena se separa lo justo para mirarme a los ojos. Hay una seriedad profunda en su rostro, una ternura tan limpia que me asusta más que cualquier amenaza de mi padre.
—Pues no vuelvas —responde, acomodando la manta sobre nuestros hombros y atrayéndome de nuevo hacia ella, colocando mi cabeza justo en el hueco de su cuello.
Nos quedamos así, abrazadas en mitad de la penumbra de la 214, mientras la llovizna de Madrid vuelve a golpear el cristal con suavidad. Escucho el latido rítmico y fuerte de su corazón bajo mi oído, un metrónomo perfecto que va compasando el mío poco a poco.
La gravedad del exterior sigue ahí fuera, esperando su momento para aplastarnos. Pero esta noche, durmiendo bajo su misma manta, pegada a la calidez de su cuerpo, el aire ya no pesa tanto.