Capítulo 25 La gravedad de los cuerpos
ELENA
El patio interior de la Facultad de Humanidades huele a tabaco de liar, a café recalentado de máquina y a esa humedad persistente que se queda pegada a los muros de piedra vieja cuando Madrid decide no dejar de llover.
Estoy sentada en uno de los bancos de piedra astillada, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra el relieve frío de la pared.
—Elena, si sigues mirando al infinito con cara de estar resolviendo el misterio de la Santísima Trinidad, voy a empezar a preocuparme seriamente por tu salud mental.
La voz de Álex me arranca del bucle con la fuerza de un frenazo de emergencia.
Levanto la cabeza. Está de pie frente a mí, con una carpeta de cartón llena de libretos de teatro bajo el brazo y una chaqueta de pana marrón que ha visto tiempos decididamente mejores.
Me mira con los ojos entornados, fijos tras sus gafas de montura.
—Solo pensaba —digo, forzando una neutralidad que no me creo ni yo.
—Ya, claro. Y yo soy el próximo director del Centro Dramático Nacional —Álex se deja caer a mi lado en el banco de piedra con un suspiro dramático, soltando la carpeta sobre sus rodillas—.
Llevas quince minutos metida en un monolito de silencio.
Te he llamado tres veces desde la escalera y ni te has inmutado.
Tú no eres así, Elena. Tú eres la que se queja del precio del cruasán, la que critica el montaje de los de tercero y la que siempre tiene una réplica rápida en la punta de la lengua.
Ahora mismo tienes la mirada de alguien a quien le ha pasado un camión por encima. O algo peor.
Me guardo las manos en los bolsillos de la sudadera, encogiéndome de hombros. Álex me conoce demasiado bien.
—No me ha pasado ningún camión —murmuro, mirando hacia los arcos del patio donde un grupo de estudiantes discute a gritos sobre un examen de Literatura Medieval—. Es solo... esta universidad tan carca. Las paredes de ese sitio a veces se me hacen un poco estrechas.
Álex suelta una risa seca, desprovista de malicia, y se recoloca las gafas con el dedo índice.
—No me vendas esa moto, que yo también conozco San Griselmo. A ti las paredes te importan exactamente tres cominos. Tú te saltas las horas de llegada, te ríes del capellán en su cara y manejas el comedor como si fuera el patio de tu casa. A ti no te ahoga el edificio. Te ahoga alguien.
Me pongo tensa de inmediato, sintiendo cómo el instinto de protección que he estado cultivando estas últimas semanas se activa de golpe.
—Venga, Elena, por favor. Que soy gay, no ciego —Álex me da un toque suave con la carpeta en el brazo—. Llevas semanas volviendo a los ensayos con la cabeza en otra parte. Y hoy, de repente, entras en la facultad con una cara de boba que no te aguanta nadie.
—Ha pasado, Álex —confieso al fin, bajando la voz hasta dejarla en un susurro que la llovizna casi sepulta.
Álex parpadea, asimilando mis palabras. El silencio se prolonga entre los dos durante unos segundos largos, rotos solo por el murmullo lejano de la cafetería de la facultad.
—¿El qué ha pasado? —pregunta, aunque por la forma en que se le abren los ojos sé que ya ha deducido la respuesta.
—Todo. Nos besamos. Con mi compañera de cuarto. En la habitación.
Álex suelta un silbido bajo, conteniendo el aliento. Se pasa una mano por el pelo, mirando hacia el suelo del patio como si estuviera recolocando los personajes de una obra que de repente ha cambiado de género en mitad del segundo acto.
—Madre mía —murmura, con una mezcla de asombro y preocupación genuina—. Patricia de Castro. Te has ido a buscar la complicación más absoluta del campus, Elena.
—Yo no he buscado nada —le replico, y esta vez mi voz sale con una firmeza que lo hace mirarme de inmediato—. Pasó. Y no es como tú crees, Álex. No es la muñeca de porcelana que todo el mundo ve en las aulas de Económicas. Si la vieras... si vieras todo lo que tiene esa chica.
Siento una urgencia casi física de defender a Patri. De hacerle entender a Álex, y al resto del universo, que lo que hay entre nosotras no es un capricho universitario, ni una fase de rebeldía de una niña rica, ni una conquista divertida para mí.
Álex me observa en silencio, analizando la intensidad de mis gestos, la forma en que me brillan los ojos cuando hablo de ella. Su rostro se suaviza, perdiendo toda la ironía habitual.
—Sé que te importa, Elena. Lo veo —dice, apoyando una mano en mi hombro—.
Pero ten cuidado. No dudo de que tenga ese mundo interior del que hablas, ni de que te quiera ahí dentro.
El problema es el exterior. Esa chica tiene una gravedad propia, una gravedad familiar, social y económica que la arrastra hacia un sitio muy concreto.
Todo eso es real y pesa toneladas. Si decides quedarte ahí, en mitad de su órbita, vas a tener que aprender a lidiar con esa fuerza de atracción.
Y no quiero que te rompas cuando el mundo de fuera empiece a empujar para devolverla a su sitio.
Las palabras de Álex me caen encima como una ducha de agua fría, devolviéndome la lucidez que el microgesto del comedor me había quitado.
Tiene razón. El peligro del después no es que Patri se arrepienta; el peligro es que el entorno de Santa Clara es una apisonadora diseñada para triturar cualquier cosa que no encaje en sus moldes perfectos.
Lo que acabamos de inaugurar no es una historia de amor secreta y cómoda; es una guerra de guerrillas contra la realidad de su vida.
—No me voy a romper —digo, sosteniendo su mirada con una fijeza absoluta—. Y tampoco voy a dejar que la rompan a ella. Si tengo que ser el dique para que su órbita no la aplaste, lo seré.
Álex me mira durante un instante infinito, buscando un rastro de duda en mi cara. Al no encontrarlo, suspira y retira la mano de mi hombro, esbozando una sonrisa resignada pero profundamente leal.
—Eres una cabezota de manual, Elena. Una romántica trágica disfrazada de cínica de Humanidades —coge su carpeta de libretos y se pone de pie, sacudiéndose el polvo de la pana—. Vámonos a clase, anda.
—No me voy a romper —digo, sosteniendo su mirada—. O al menos no pienso hacerlo por anticipado.
Álex me observa en silencio.
—Y tampoco puedo salvarla yo sola, ya lo sé —añado, aunque admitirlo me escuece—. Patri va a tener que elegir. Lo está haciendo, creo. A su manera. Despacio. Fatal. Con una elegancia absurda y muchísimo miedo.
—Eso suena más razonable.
—Odio cuando sueno razonable.
—Te queda rarísimo —dice él, levantándose del banco—. Pero te sienta mejor que hacerte la mártir de una familia rica que no es la tuya.
Le lanzo una mirada asesina.
—Qué manera más desagradable de preocuparte por mí.
—Es mi don.
Me levanto del banco de piedra, acomodándome la mochila en el hombro. Caminamos juntos hacia el pasillo que conduce al aula 10.
Sé que el invierno va a ser largo y que la gravedad de su mundo va a intentar arrastrarnos hacia el fondo en cada esquina. Pero mientras caminamos por el pasillo oscuro de la facultad, solo puedo pensar en la rendija azul de su dibujo y en la forma en que Patri ha pronunciado mi nombre esta mañana.