Capítulo 24 Fuera de la 214
PATRI
El comedor de Santa Clara a las nueve de la mañana es una caja de resonancia insoportable.
Estoy sentada en nuestra mesa habitual, la que está cerca de los ventanales que dan al jardín interior, rodeada por Inés, Marta y las demás.
Frente a mí tengo una taza de café negro que ya se ha quedado tibia y una tostada intacta.
Llevo la camisa blanca perfectamente planchada y tengo la postura recta como siempre.
Sin embargo, me noto distinta. Todavía recuerdo mis dedos en la mejilla encendida de Elena.
Anoche le entregué mi mayor secreto. Le confesé que dibujo para escapar de los muros de mi propia vida, le hablé de mis ciudades invisibles y dejé que me abrazara hasta que el miedo se convirtió en una tregua.
—Patri, ¿te estás enterando de lo que te digo? —la voz de Inés me saca de mi monólogo interno. Está removiendo su té con energía, mirándome con una mezcla de curiosidad y ligera impaciencia—. Te estaba preguntando si has visto el correo del decanato.
—Sí, lo he visto —respondo de inmediato, forzando a mi voz a adoptar ese tono plano, eficiente y analítico que todas esperan de mí—. Tengo los documentos preparados en una carpeta. Solo me falta el sello de la secretaría de alumnos.
—Es que eres una máquina, Patri —comenta Carmen con una risa, untando una magdalena en la leche—. Yo todavía no sé ni dónde tengo el resguardo de la matrícula.
Sonrío de forma automática, pero mis ojos, de manera inevitable, se desvían hacia la puerta de entrada del comedor.
Entonces, el corazón me da un vuelco limpio en mitad del pecho.
Siento que el pánico empieza a arañarme la garganta.
Si la miro, si dejo que alguien note una conexión entre las dos, el castillo de naipes se va a caer.
Pero anoche le prometí a Elena que no dejaría que mi miedo decidiera por mí. Ya no. Y fingir que es una extraña, que lo que pasó entre nosotras en la penumbra de la 214 no existe bajo la luz del día, se siente como una traición que no estoy dispuesta a cometer.
Elena se da la vuelta con un vaso de zumo en la mano. Sus ojos oscuros barren el comedor de forma casual, sin buscar desesperadamente, hasta que chocan contra los míos.
Me quedo completamente rígida en la silla.
Es el momento de la verdad. Sostengo su fijeza a través del espacio ruidoso del comedor, ignorando las voces de las chicas que siguen hablando a mi alrededor sobre profesores y apuntes.
Es un segundo eterno. Elena nota mi resistencia, ve que no me escondo, y una chispa de sorpresa limpia cruza sus ojos antes de que una sonrisa diminuta, esa media sonrisa suya que muerde pero protege, asome en la comisura de su boca.
Es un reconocimiento mudo. Un «estamos juntas en esto» que me devuelve el aire a los pulmones.
—Bueno, nos vamos ya para el aula magna, que si no nos quitan los sitios de delante —dice Inés, levantándose de la silla y colgándose el bolso del hombro—. Patri, ¿vienes con nosotras?
Miro a Inés. Luego, miro de reojo hacia la salida del comedor, por donde Elena empieza a caminar despacio, con el vaso de café en la mano.
Normalmente, me levantaría y seguiría al grupo. Sería lo fácil. Lo seguro. Tomo una respiración honda, sintiendo el peso de mi propia voz en el pecho.
—Id yendo vosotras —digo, manteniendo una calma que me asombra a mí misma—. Luego os alcanzo en la facultad. Tengo que revisar un par de cosas antes de salir.
Inés se frena un instante, mirándome con el ceño ligeramente fruncido. En el microcosmos de Santa Clara, que Patricia de Castro rompa el protocolo del grupo para quedarse sola en una mesa es casi un acontecimiento histórico.
—¿Segura? —pregunta—. Quedan apenas quince minutos para que empiece la clase.
—Sí, segura. No tardo nada —le aseguro, ofreciéndole una sonrisa tranquila que no admite réplica.
Inés se encoge de hombros y se da la vuelta, arrastrando al resto de las chicas hacia la salida. Elena también camina hacia la salida, pero al pasar junto a mi mesa, ralentiza el paso de forma deliberada.
—Que tengas un buen día en Económicas, Patri —dice, y por primera vez pronuncia mi nombre de pila en público.
—Buen día en Humanidades —le respondo.
El comedor sigue siendo el de siempre, pero ahora sé que, aunque tengamos que vivir de puertas hacia fuera, el territorio que hemos ganado juntas en la 214 no se disuelve al cruzar el dintel. Sigue aquí, intacto, en la rendija de una puerta que ya nadie va a poder cerrar.