Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 23 A tinta azul
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Capítulo 23 A tinta azul

ELENA

Me levanto de la cama despacio, con el cuerpo extrañamente ligero a pesar de las pocas horas de sueño que arrastro. Cruzo la habitación hasta detenerme frente a su escritorio. El cuaderno está cerrado, pero justo al lado, bajo la luz apagada del flexo, descansa una hoja suelta.

Me inclino ligeramente, apoyando las manos en mis rodillas, sin atreverme a tocar el papel. Ha dibujado una puerta. Me maravilla cada veta de la madera antigua, cada relieve del arco neogótico, cada sombra proyectada en el suelo, definida con líneas finas, firmes, casi arquitectónicas.

Pero lo que me hace contener el aliento es la rendija. La puerta no está cerrada a cal y canto; está sutilmente entreabierta, dejando un espacio en blanco, un umbral ciego que invita a mirar hacia el otro lado.

Sonrío para mis adentros, enderezándome.

Besar a Patricia de Castro sigue pareciendo un milagro peligroso, un salto al vacío sin red, pero ver ese dibujo sobre la madera limpia de su mesa es la prueba física de que el salto es real.

No se está arrepintiendo. Está asustada, sí, con el pánico lógico de quien acaba de desobedecer las órdenes dinásticas de su padre por teléfono, pero se ha quedado.

Tres horas más tarde, el campus de San Griselmo bulle con el ritmo frenético de un miércoles cualquiera de finales de octubre.

Al entrar en mi facultad, me detengo frente al tablón de anuncios principal.

Hay un concierto de rock y también veo el anuncio de un certamen de ilustración. Pienso en Patri.

Me quedo completamente inmóvil en mitad del pasillo, con la mochila colgada de un hombro mientras un estudiante me empuja sin querer al pasar a mi lado.

No le presto atención. Mis ojos van de una línea a otra del texto, y en mi cabeza no aparecen las ilustraciones abstractas que suelen presentar los de Bellas Artes.

Aparecen los márgenes de los apuntes de macroeconomía de Patri.

Aparecen esas ciudades minuciosas, enterradas bajo capas de niebla a bolígrafo, que ella dibuja cuando quiere buscar su refugio.

Me acerco a la mesa de conserjería, pido un folleto informativo del certamen que tienen en un taco sobre el mostrador y lo doblo cuidadosamente en tres partes antes de meterlo en el bolsillo interior de mi mochila.

La noche cae sobre Madrid con una calma densa.

En la 214, el flexo de Patri es la única fuente de luz real, recortando su silueta contra la pared blanca.

Está sentada con la espalda completamente recta, la punta del bolígrafo suspendida sobre un gráfico de oferta y demanda, concentrada en recuperar el tiempo que la tormenta de ayer le ha robado a sus asignaturas.

Yo estoy tumbada en mi cama, con los cascos puestos pero sin música, observando el ritmo de su respiración.

Me incorporo despacio, dejando los auriculares sobre la colcha, y camino hacia mi escritorio. Saco el folleto doblado de la mochila. El papel está un poco arrugado por las esquinas.

—He visto una cosa hoy en Humanidades —suelto, rompiendo el silencio con una calculada naturalidad.

El bolígrafo de Patri se detiene en mitad de una curva. Veo cómo los músculos de su cuello se tensan de esa forma tan suya.

—¿Una cosa? —pregunta, manteniendo la vista en los apuntes.

—Sí. Un concurso de ilustración de la facultad y la revista del campus —digo, apoyándome en el borde de mi mesa y cruzándome de brazos—.

—¿Estás sugiriendo lo que creo que estás sugiriendo, Elena? —su tono es directo, defensivo, pero detecto la rapidez con la que su pulso se ha acelerado por la forma en que aprieta las manos sobre sus rodillas.

—Yo no sugiero nada, de Castro. Solo describo la realidad —doy un paso hacia delante, acortando el espacio neutral—. Es un certamen de dibujo e ilustración arquitectónica. Y resulta que tú tienes una puerta ahí abajo que está pidiendo a gritos que la miren.

Patri se pone rígida. La mención al dibujo levanta un muro invisible entre las dos. Su mandíbula se tensa y desvía la mirada hacia la ventana, donde los reflejos de las luces se distorsionan por las gotas de lluvia.

—No dibujo para eso —sentencia, y su voz suena inusualmente cortante, desprovista de la vulnerabilidad de la noche anterior.

—¿Para qué, Patri?

—Para que lo vea gente —responde, volviéndose hacia mí con una seriedad que me encoge el pecho—.

Lo que hay en mis cuadernos... son solo líneas.

Es mi forma de ordenar el ruido cuando todo lo demás va demasiado rápido.

No es arte, no es una carrera y, desde luego, no es algo que deba estar expuesto en un tablón para que los de tu facultad le pongan una nota o una crítica. No voy a presentarme.

—Vale —digo, suavizando la voz hasta dejarla en un tono tranquilo, casi un arrullo en mitad de la noche—. Lo que tú quieras, Patri. De todas formas lo que haces me parece precioso.

—Gracias—murmura.

Nos quedamos calladas, en silencio.

—Lo digo en serio —continúo, dando un paso lento hacia el centro del cuarto, deteniéndome justo donde la luz de su flexo empieza a mezclarse con la penumbra—.

Me da exactamente igual el concurso, el decanato de Humanidades y la opinión de los que escriben en la revista.

Olvídate de todo eso. Lo que me encanta es lo que haces tú.

Me fascina ver esa parte de ti que no cotiza en bolsa, que no sigue un plan de negocio ni un protocolo familiar.

Es ver cómo funciona tu cabeza cuando te permites respirar.

Y me encantaría saber más. Me encantaría que me contaras qué hay detrás de esa puerta.

Patri deja caer el bolígrafo sobre el escritorio con un ruido sordo. Se gira por completo en la silla, mirándome de frente, desarmada bajo la iluminación ambarina de su lámpara. Veo cómo juega nerviosa con el puño de su sudadera gris, un gesto inusual en ella que delata la grieta en su control.

—No son solo puertas, Elena —confiesa al fin, y su voz es tan baja que el repiqueteo de la llovizna exterior casi la sepulta—. Son... refugios. Desde pequeña, cuando las cenas familiares se volvían demasiado asfixiantes, yo abría un libro. ¿Conoces Las ciudades invisibles de Italo Calvino?

Asiento en silencio, conteniendo la respiración, fascinada por el hilo de intimidad que está tejiendo en el aire de la habitación.

—Me obsesioné con ese libro —continúa Patri, con una chispa oculta brillando en sus ojos—.

Con la idea de las ciudades imposibles. Lugares donde las leyes de la física y las expectativas de los hombres no significan nada.

Empecé a dibujarlas en los márgenes de mis apuntes de matemáticas para no volverme loca.

Dibujo puertas porque necesito recordar que siempre hay un umbral por el que escapar, aunque solo sea a tinta azul.

Contigo... —se detiene, tragando saliva, mirándome con una honestidad que me corta el pulso—.

Contigo siento que no necesito dibujar la puerta para poder salir del cuarto.

Una oleada de calor me recorre el pecho, una mezcla tan intensa de ternura y alivio que me obliga a sonreír para no desbordarme por completo. La miro, procesando la belleza de su confesión, y la tensión acumulada durante todo el día se disuelve en una risa suave.

—Lo sabía —digo, ladeando la cabeza con esa media sonrisa que sé que la desarma—.

Sabía que detrás de esas camisas impecables, tus apuntes ordenados por colores y tu cara de Excel con apellido compuesto...

en el fondo no eras una normie, de Castro.

Eres una maldita romántica de la literatura italiana.

Patri suelta una risa limpia, la primera risa verdadera y desinhibida que le escucho desde que empezó el semestre.

Se levanta de la silla de un impulso, rompiendo la última barrera física que nos separa en mitad de la 214.

No hay la urgencia de la noche anterior; es un movimiento fluido, dictado por una gravedad natural que nos empuja a encontrarnos en el centro del cuarto.

Nos abrazamos.

Es un abrazo hondo, un anclaje absoluto en mitad de la tormenta que sabemos que nos espera fuera de estos muros.

No hay beso esta vez, ni lo necesitamos para confirmar nada.

Siento el impacto de su pecho contra el mío, la firmeza de sus brazos rodeándome la cintura con una fuerza insospechada y la calidez de su respiración hundiéndose en el hueco de mi cuello.

Me pego a ella, cerrando los ojos, sabiendo que este abrazo no cierra ninguna tensión, sino que abre un refugio privado, un pacto silencioso de resistencia mutua.

Nos separamos un milímetro, lo justo para sostenernos la mirada, pero sus manos no regresan a sus costados.

Patri levanta la mano derecha con una lentitud reverente y me acaricia la mejilla, rozando con la yema de sus dedos la línea de mi pómulo antes de apartar un mechón de pelo oscuro detrás de mi oreja.

Su tacto es increíblemente suave, tibio, un contraste absoluto con la rigidez matemática que finge ante el mundo.

—Gracias por el folleto, Elena —murmura, sin apartar los dedos de mi piel.

—Gracias a ti por no subirte a ese tren —le respondo en un susurro, disfrutando de la paz frágil pero invencible que acabamos de construir en mitad de la noche.