Capítulo 22 La mañana siguiente
PATRI
Me despierto antes de que suene la alarma del móvil, con la luz plomiza filtrándose por la persiana mal bajada y dibujando líneas horizontales sobre el techo.
Me quedo inmóvil, con las sábanas subidas hasta la barbilla, atrapada en esa fracción de segundo en la que el cerebro todavía no ha recolocado las piezas del mundo real.
Luego, la memoria de la noche anterior me golpea en el centro del pecho con fuerza. Me giro despacio, conteniendo el aliento, como si el menor ruido pudiera romper el hechizo.
Elena duerme de lado, con un brazo metido debajo de la almohada y el pelo oscuro desparramado de mala manera sobre el colchón. Su respiración es pausada, profunda, ajena al torbellino de cálculos que acaba de activarse en mi cabeza.
Miro la habitación. Todo parece exactamente igual que ayer por la mañana. El crucifijo de madera sigue presidiendo el dintel de la puerta con su rigidez habitual. Los manuales de Microeconomía y las carpetas de anillas están perfectamente alineados en mi estantería.
Pero nada es igual. El espacio de un metro que separa nuestras camas ya no es una frontera neutral; es un territorio sagrado que anoche crucé descalza.
Siento una mezcla caótica de sensaciones que me marea. Hay una ternura tibia, persistente, que me sube por la garganta al recordar el tacto de su nuca bajo mis dedos, la suavidad inesperada de sus labios y la forma en que su voz ronca me quitó el peso del mundo de encima.
Pero inmediatamente después, como un reflejo condicionado por años de disciplina, aparece el miedo.
Un miedo seco, punzante. Una vergüenza física que me tiñe las mejillas de rojo bajo las sábanas al pensar en lo desarmada que me mostré, en el tono de mi voz diciendo no sé hacerlo bien.
Y por encima de todo, el terror. El terror absoluto a cruzarme con ella bajo la luz del día, a tener que mirarla a los ojos delante de las demás en el comedor, a que alguien en los pasillos de Santa Clara pueda leer en mi cara todo lo que está pasando aquí dentro.
El colchón de enfrente cruje. Elena se remueve, estira las piernas con un gemido sordo y abre los ojos despacio, parpadeando contra la claridad grisácea del cuarto. Se pasa una mano por la cara, despejándose, y luego gira la cabeza hacia mi lado.
Me quedo helada, con los dedos apretando el edredón, esperando el comentario sagaz, la broma oportuna o el avance que me obligue a ponerme la máscara a toda prisa.
Pero Elena, con esa inteligencia intuitiva que me desarma, no presiona.
Se limita a mirarme fijamente desde su almohada, con los ojos oscuros todavía entornados por el sueño, sosteniendo la gravedad del momento sin añadirle peso extra.
—Buenos días, de Castro —dice, y su voz de recién despierta, más baja y rota de lo habitual, me raspa la piel como una caricia física.
—Buenos días —respondo.
La frase es la misma de todas las mañanas, pero hoy pesa una tonelada. Ambas sabemos que en esas dos palabras está el eco de nuestras bocas encontrándose en la oscuridad, la confirmación mutua de que lo de anoche no fue un delirio provocado por el cansancio o la lluvia.
Me levanto de la cama con movimientos automáticos, buscando refugio en la rutina para no volverme loca. Me pongo las zapatillas, cojo la toalla y me encamino hacia el escritorio para recoger mis cosas de aseo. Al llegar a la mesa, me freno.
En mitad de la superficie limpia, junto al flexo, está la hoja en la que anoche me puse a dibujar tras colgar el teléfono a mi padre.
El bolígrafo azul había trazado una puerta monumental, neogótica, con las vetas de la madera antigua marcadas con una precisión obsesiva.
Pero la puerta no está cerrada, como en mis bocetos anteriores.
Está entreabierta, dejando una rendija de espacio en blanco entre la hoja y el marco.
Cojo mis cosas y salgo al pasillo de Santa Clara hacia los baños comunes, sintiendo el frío del corredor en las piernas pero llevando en el pecho una certidumbre extraña, luminosa y terrible: la puerta está abierta, y por mucho que me asuste, ya no tengo ninguna intención de volverla a cerrar.