Capítulo 21 Después de cruzar
ELENA
Patri sigue arrodillada en el borde de mi colchón, tan cerca que el calor que desprende su cuerpo me llega a ráfagas.
Tiene los labios ligeramente partidos, húmedos, y las pestañas le tiemblan contra las mejillas mientras intenta recuperar un ritmo de respiración que la gravedad le ha robado.
Sus manos, firmemente apoyadas en la estructura de madera de mi cama, tienen los nudillos blancos por la presión. Está temblando.
Yo no me muevo. Ni siquiera me atrevo a apartar la mano derecha, que todavía descansa cerca de su nuca, rozando apenas los mechones rebeldes que se han escapado de su peinado perfecto.
Sé exactamente lo que se supone que hace la gente en las películas después de un momento así.
Se abrazan, se hunden en las sábanas, se prometen el cielo o se confiesan verdades absolutas que borran el resto del universo.
Pero esto no es una película. Esto es la habitación de un colegio mayor católico en mitad de Madrid, la chica que tengo a milímetros de la boca es Patricia de Castro, y la realidad no se ha esfumado; simplemente ha bajado la voz para dejarnos hablar.
La observo con una furgoneta de advertencias frenando en mi cabeza.
Conozco a Patri. Sé que su primer impulso cuando el mundo se desordena es buscar un contable, un manual de protocolo o una salida de emergencia.
Si ahora me lanzo a reclamarla, si le pongo una etiqueta de propiedad a lo que acaba de pasar, o si simplemente estiro la mano para pedirle otro beso, voy a activar sus alarmas de incendios.
Apoyo el peso del cuerpo sobre mi codo izquierdo, bajando la mano de su nuca con una lentitud deliberada, rozando apenas la solapa de su abrigo húmedo donde todavía cuelgan mis auriculares negros.
—Para no saber hacerlo bien —murmuro, quebrando el silencio con una voz que me sale más ronca de lo habitual, pero manteniendo ese tono bajo, casi confidencial—, no ha estado nada mal, de Castro.
El uso de su apellido y el matiz de mi ironía habitual actúan como un cable a tierra.
Veo cómo la tensión de sus hombros cede un milímetro.
Patri baja la cabeza, escondiendo una línea de la boca que casi, por una fracción de segundo, se curva hacia arriba en una sonrisa vulnerable, diminuta, que me guardo en el fondo de los ojos como un tesoro robado.
—No seas boba —responde ella en un susurro, pero no se aparta. Se queda ahí, fija en el borde de mi cama, mirando el espacio vacío que ha dejado mi mano sobre la colcha.
Estiro dos dedos, solo dos, y toco el dorso de su mano derecha, la que sigue aferrada a la madera.
No intento entrelazar nuestros dedos. No la presiono.
Solo coloco la calidez de mi piel sobre la suya, ofreciéndole un punto de apoyo que ella puede rechazar si lo necesita.
Patri no retira la mano. Al contrario, relaja los dedos rígidos bajo mi contacto, dejando que el calor común empiece a templar el frío que ha traído de la calle.
—Elena —dice mi nombre despacio, como si estuviera probando el peso de las sílabas en este nuevo escenario—. No sé qué significa esto.
Sostengo su mirada, sintiendo una punzada de ternura tan aguda en el pecho que casi me cuesta respirar.
Sé lo que le gustaría oír a su parte lógica: una definición, un contrato, un plan de viabilidad a tres meses para que pueda archivarlo en su cabeza.
Pero darle eso sería mentirle. Tampoco yo sé qué somos ahora, ni cómo se gestiona un nosotras dentro del campus de San Griselmo.
—Significa que me has besado, Patri —le digo, suavizando el tono hasta que mis palabras son solo para ella—.
Significa que has decidido no subirte a ese tren y que estás aquí, descalza, en mi lado de la habitación.
De momento, con eso ya tenemos bastante.
No necesitas resolver todo el semestre esta noche.
Patri asimila mis palabras en silencio. Veo el proceso en el movimiento de sus ojos, en la forma en que su respiración se va compasando poco a poco con la mía. La palabra bastante parece flotar entre las dos como un salvavidas.
Pasan los minutos y la lluvia vuelve a arreciar al otro lado del cristal de la 214, un repiqueteo rítmico, denso, que envuelve el cuarto en una burbuja de aislamiento perfecta.
Ninguna de las dos dice nada más. No hace falta.
El gesto más íntimo que puedo ofrecerle ahora mismo es precisamente ese: no pedirle nada más.
Dejar que el suelo que ha elegido pisar sea un lugar seguro, no una trampa donde firmar compromisos que todavía la hacen temblar.
Finalmente, Patri da un paso hacia atrás, bajándose del borde de mi colchón con una lentitud casi litúrgica.
—Buenas noches, Elena —murmura, retrocediendo hacia su lado de la habitación sin romper el contacto visual hasta el último momento.
—Buenas noches, Patri.
La escucho meterse en su cama, el crujido familiar de sus sábanas perfectas, el clic de su flexo al apagarse. La penumbra vuelve a reinar en la 214, pero la oscuridad ya no es fría ni está llena de reproches mudos como las noches anteriores.
Me quedo mirando el techo, con el sabor de su boca todavía grabado en la piel, sabiendo que el invierno en Madrid va a ser largo, pero que por primera vez, las dos estamos durmiendo bajo el mismo cielo.